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BLOGS Coordinado por JUAN CARLOS GALINDO

Jack el Destripador sigue de moda

El misterio sobre quién era y cuántas fueron sus víctimas ha alimentado una inabarcable bibliografía de la que ahora nos llegan, en forma de estudio histórico y de mapa ilustrado, dos de sus mejores ejemplos

Fotograma de la película 'Jack el Destripador' (1959).
Fotograma de la película 'Jack el Destripador' (1959).

Sobre ningún asesino en la historia se ha escrito tanto como sobre Jack el Destripador. Tampoco de manera tan descabellada o conspiranoica. ¿A cuántas mujeres mató realmente? ¿Quién era? ¿Hubo un solo asesino? Son preguntas que dan para mucho, sobre todo en ese oscuro Whitechapel del Londres de finales del siglo XIX. Por eso es de celebrar que, entre la montaña de libros que se publican al año sobre el asunto, lleguen ahora a las librerías españolas dos ejemplos más que notables.

El primero de ellos es un mapa, un pequeño cofre del tesoro. ¿Un mapa? Bueno, eso y mucho más. Es a lo que se dedican los locos de Aventuras literarias. El Madrid de Galdós, el Londres de Jane Austen, la Granada de Lorca... y mi predilecto, del que tengo dos copias una para la pared y otra para consultar el reverso, el Londres de Sherlock Holmes. Trabajos minuciosos y eruditos del que este Jack el Destripador. Mapa negro. Londres, 1888 es uno de los mejores si no el mejor ejemplo.

Nada más abrirlo nos encontramos con el desplegable en el que cuentan la historia del arte del Baritsu, el sistema de defensa con bastón utilizado por Sherlock Holmes. Solo que, como explican, no es un método japonés ni se llama así. Todo es un error de Watson. Ay. Muy de la época, pero solo para entrar en calor. Tenemos después un mapa arquitectónico del gran Londres construido tras el incendio de 1666. Pero la verdadera historia está en el desplegable de 100x70 centímetros y en el cuaderno de las víctimas. Hay vienen detallados los sospechosos (casi 40 oficiales), las teorías más locas, el análisis del número de víctimas según el investigador en cuestión, los métodos utilizados en las autopsias. Un momento, ¿número de víctimas? Sí, porque ahí empieza el lío. Según el canon, son cinco, de las que hablaremos luego. Quedan dudas de si hay otras después e incluso alguna entre medias (algunos autores sitúan a otras víctimas en septiembre de 1888 como parte de la misma serie de asesinatos, ocurridos entre agosto y noviembre) y, por ejemplo, Michael Arntfield y Marcel Danesi incluyen hasta seis más en su, por otro lado, canónico Murder in Plain English, sin olvidarnos de diversos torsos sin identificar al cien por cien.

¿Culpables? Hagan sus apuestas. Los autores no entran a analizar, solo describen las teorías existentes, cargadas en muchos casos de homofobia, antisemitismo y clasisimo, todo un cóctel de la Inglaterra victoriana. Las fantasías del pueblo, las leyendas urbanas y el negocio hacen el resto.

Jack el Destripador sigue de moda

Las víctimas

Es ahí donde hay que dirigir la mirada, no ya para encontrar al asesino, quién sabe, sino para dignificarlas. Y es lo que hace con sobriedad y un trabajo de investigación apabullante detrás la historiadora Hallie Rubenhold en Las cinco mujeres (Rocaeditorial). ¿Quiénes fueron realmente Polly Nichols, Annie Eliza Smith, Elisabeth Ericsson, Kate Eddowes y Mary Jane Kelly? La historiografía y el periodismo se han limitado a repetir lo que se dijo en la época, sustentado en rumores, exageraciones e invenciones de “hombres enfadados de mediana edad”, como los describe la autora. Pero Rubenhold mira en la vida de cada una de las víctimas y las reconstruye. Y nos cuenta el cruel sistema de asilos de la Inglaterra de la época, la lacra del alcoholismo, la misoginia imperante o cómo una mujer sola se hundía socialmente. Sin eso, no se puede entender a las víctimas de Jack el Destripador ni la impunidad con la que actuó el asesino.

Pero, además, pone el foco en las mujeres, en personajes fascinantes como Elisabeth Stride y su doble vida, su doble nacionalidad, cómo se construye una biografía que es un relato para intentar huir de la depravación. O cómo el marido de Polly la quiso a pesar de la separación y se hundió para siempre tras su muerte. Y cómo Annie Chapman trabajaba en lo que podía para costearse el alcoholismo pero no era prostituta. Porque, sorpresa, solo Mary Jane Kelly, de la que menos sabemos, ejercía la prostitución de manera habitual. Lo demás, son invenciones de la prensa, que rellenaba huecos  biográficos con total impunidad. Al igual que ocurría con Läetitia o el fin de los hombres, de Ivan Jablonka (Anagrama), la autora se olvida del asesino, construye el caso de cada una con lo poco que hay, sin atravesar nunca las líneas rojas, con pulso férreo. Una obra necesaria para saber más sobre uno de los asesinos más célebres de la historia pero sin fantasías sangrientas ni mitificaciones innecesarias.

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