Relaciones imprevistas
László Barabási cree que las matemáticas de la teoría de cuerdas son ideales para describir los árboles de dendritas que forman nuestras neuronas


Normalmente no me atrevería a escribir sobre esto, pero la realidad que emana de la Casa Blanca, o de lo que queda de ella después de tirar el ala Este para hacer un salón de baile de Luis XIV, es tan exótica, tan angustiosa y taciturna, que incluso las áreas más impenetrables de la ciencia brillan en comparación como planetas en el cielo del ocaso. Así que, si quieres descansar un rato del sueño espeso de lo inverosímil, acompáñame en este viaje por las arquitecturas que están trazando las mentes más brillantes de nuestro tiempo. Tal vez te abran el apetito después de un año de náuseas.
Los físicos tienen fama de gente soberbia, pero lo cierto es que llevan un siglo azorados por lo que en su disciplina se considera un pecado mortal: que no parece haber una física, sino dos. En la escala de los átomos y más abajo rigen los extraños códigos de la mecánica cuántica, donde una partícula puede estar en dos sitios a la vez y los gatos están vivos y muertos al mismo tiempo. Pero las cosas más grandes, como las manzanas, los planetas y el universo entero, obedecen a una legislación distinta, una donde la materia le dice al espacio cómo curvarse y el espacio le dice a la materia cómo moverse, un mundo parsimonioso y elegante por donde nuestra intuición puede navegar sin sobresaltos. Lo llamamos relatividad general, pero eso es lo de menos.
Tanto la mecánica cuántica como la relatividad general son teorías extremadamente exitosas que, cada una a su escala de tamaño, predicen la realidad con un montón de decimales. Pero son incompatibles entre sí. Esto no es solo el principal problema al que se enfrenta la física desde hace un siglo, sino también un enigma filosófico desconcertante. ¿Cómo pueden dos teorías correctas ser incompatibles? Además, ¿en qué momento tenemos que saltar de una física a la otra? Un átomo y todo lo que tiene dentro —electrones, quarks y demás— son física cuántica, vale, pero ¿y dos átomos? ¿Y 200 átomos? ¿Cuándo tenemos que dejar un libro en la estantería y sacar el otro? Todo esto es francamente embarazoso, ¿no crees?
Durante el último medio siglo, gran parte del joven talento físico se ha sentido atraído por una posible solución llamada teoría de cuerdas. Postula que las partículas, como el electrón o el fotón, no son puntos, sino líneas, como minúsculas cuerdas de guitarra. La misma cuerda vibra de una forma y eso es el fotón, vibra de otra y eso es el electrón. Lo que llamamos partículas serían distintas notas musicales producidas por la misma cuerda, un átomo sería un acorde y el universo una sinfonía. Precioso. Para los físicos, el gran atractivo de esta teoría es que disipa la incompatibilidad entre las dos físicas. (Las ecuaciones de la relatividad se deshacen cuando se aplican a un punto, pero no cuando se aplican a una cuerda). Por desgracia, las matemáticas de la teoría de cuerdas requieren que el mundo tenga 11 dimensiones, y no han logrado hacer una predicción que pueda someterse a prueba experimental. Los físicos críticos dicen por eso que la teoría de cuerdas no es una ciencia, sino una filosofía. Y una bien extraña, cabría añadir.
Acaba de surgir, sin embargo, un giro inesperado de guion. El físico Albert-László Barabási, uno de los científicos más originales y creativos de nuestro tiempo, cree que las matemáticas de la teoría de cuerdas son ideales para describir los árboles de dendritas que forman nuestras neuronas. Lo acaba de publicar en Nature, y tienes el paper en abierto a tu entera disposición. Si decides leerlo, remángate y cancela todos tus compromisos para el fin de semana. La relación imprevista entre la relatividad, la mecánica cuántica y la consciencia es droga dura, pero la Casa Blanca es aún peor.
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