El pegamento de la ultraderecha
La educación sigue siendo el único escudo para frenar la marea de emociones y liturgias que está marcando el curso de la política actual


El avance de la extrema derecha se sostiene sobre todo en la demonización del inmigrante y en cultivar los miedos de unas poblaciones frágiles a que vengan los de fuera y se los terminen merendando. Pero esos temores no llegarían tan lejos sin el efecto distorsionador de las redes sociales. Los móviles, que han permitido que cientos de miles de personas que habitaban en los márgenes del sistema se incorporen a cualquier tipo de disputa o debate público, están repletos de mensajes emocionales, breves y entretenidos, llenos de guiños y de chanzas, que facilitan la identificación con una causa o con un mensaje, que explotan cualquier debilidad o ansiedad, que hacen piña.
Y estos nuevos cómplices conectados por los dispositivos electrónicos, estas flamantes comunidades de entusiastas, también votan. Ante quienes pueden acudir a las urnas espoleados por el ruido de sus entrañas, se consideró desde siempre que el mejor antídoto es la educación, cultivar el espíritu crítico, distanciarse del rebaño. Es el cuidado de esta formación, la de los más jóvenes y la de los habitualmente marginados, lo que está hoy en crisis en todas las sociedades. Como si se hubiera preferido, antes que el conocimiento y tener criterio propio, el entretenimiento y el calor de la tribu. Este viraje, si es que se trata de un viraje y las cosas no han sido siempre así, se sostiene en una profunda desconfianza en el sistema. Sálvese quien pueda, esa es la única fórmula que tiene hoy recorrido.
En el IX Informe Foessa, que elabora esta fundación vinculada a Cáritas y que se presentó el miércoles, y donde se muestra hasta qué punto la desigualdad en España se ha convertido en algo estructural, hay también referencias a la arraigada desconfianza que tienen los segmentos más precarios de la población en que la educación pueda servirles para salir del agujero. La conclusión del estudio apunta a que “la integración social depende más de la posición de partida y la herencia que del mérito propio”. Es una manera de decir que son muchos los que piensan que no hay nada que hacer, que el esfuerzo no sirve, que los méritos no se reconocen, que la educación es una patraña. En ese contexto, las redes sociales dan consuelo, facilitan que unos y otros puedan reconocerse, permiten establecer vínculos y compartir determinados ceremoniales, sugieren que existe un horizonte en el que se pueda ser grande de nuevo (el mensaje más manoseado por los publicistas de los nacionalpopulismos).
La cosa viene de lejos. El historiador George L. Mosse ya mostró cómo durante el siglo XIX el nacionalismo alemán fue construyéndose y consiguió seducir a las masas con la invención de la nueva política, esa que se alimenta de los símbolos y engorda las emociones. Clubes de gimnasia, organizaciones de excursionistas, monumentos nacionales, festejos públicos, canciones: de lo que se trataba era de crear comunidades que se creyeran especiales bajo el paraguas de la nación y cultivaran su distinción frente a los otros. Ahora los móviles orquestan estos objetivos. Ante esa deriva cuidadosamente fabricada, “los socialdemócratas sentían que la conciencia no debía despertarse mediante un enfoque litúrgico sino a través de la educación de los trabajadores”, escribe Mosse en La nacionalización de las masas (Marcial Pons). Esa es la batalla que parece hoy perdida, la de formar a quienes tienen menos recursos, y es la que toca librar para fortalecer la democracia y evitar que se derrumbe.
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