TRIBUNA
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El día que decidí no comprar nada

Ahora que se acerca la Navidad, vale la pena pensar qué ha hecho el consumismo con nosotros, cuándo nos transformó la posesión de la mercancía en rehenes de sus encantos hasta reducir el raciocinio a mero impulso

NICOLÁS AZNÁREZ

Hace poco, en una de esas conversaciones de café y brasero, me enteré de que la primera vez que entró una lavadora en mi familia mi abuelo tardó en instalársela a mi abuela —y lo expreso así porque la máquina siempre apuntó a un dueño femenino— dos semanas, sin importarle que ella tuviese entretanto que amasar la ropa con jabón en la pila, en un cuartucho helado cubierto con un techo de uralita. Desde la perspectiva del hombre —quien, por otra parte, era una excelente persona—, no corría prisa aquella tarea; en la de la mujer joven con la casa a cuestas y un puesto de pescado que atender en el mercado de abastos que era mi abuela, aquel aparato significaba una mejora de su calidad de vida impostergable, como procedió a quejarse años antes de que yo naciera. Y es que hay cosas que han llenado nuestras agotadas existencias de respiro, acotando el cansancio y donándonos un tiempo precioso; otras han permitido preservar comida o medicamentos y evitar así un número no despreciable de tragedias, como el frigorífico; sin embargo, en el capitalismo frenetizado y voraz actual, la mayoría de los objetos que compramos esconden una menguante funcionalidad y, cuando son realmente útiles, la obsolescencia programada los interrumpe, actualiza la carencia que primeramente generó la adquisición y, como en un bucle infinito, los desecha a los pocos usos. Ahora que se acercan las fiestas navideñas, las ciudades proyectan la ostentación de sus luces y se impone la obligación de dar y recibir cosas absolutamente prescindibles, vale la pena pensar qué ha hecho el consumismo con nosotros, en qué momento nos transformó la posesión de la mercancía en rehenes de sus encantos hasta el punto de reducir el raciocinio a mero impulso.

Cuenta la escritora Carmen Martín Gaite en Usos amorosos de la postguerra española (1987) cómo, en los años que siguieron a la contienda, las costumbres sexoafectivas de todos pero, especialmente, de las mujeres, transcurrieron paralelas a la evolución económica del régimen: así, si en un primer momento la autarquía significó castidad y represión, conforme la sociedad de consumo fue penetrando el franquismo se relajaron también los cuerpos oprimidos, más libres para el goce. Con la llegada del turismo, los primeros coches, la televisión, la moralidad de la época pareció estirarse como un chicle, permitiendo más licencias lúbricas, como si el disfrute y el capitalismo cada vez más devorador se amalgamasen en un solo concepto. Recientemente, el economista francés Frédéric Lordon quiso explicarlo desde el ecologismo, matizando que el error “es haber tomado el deseo de mercancías por deseo a secas” y haber creído que, sin dichas mercancías, “el deseo desertaría el mundo (y se llevaría consigo el color y la luz)” (El capitalismo o el planeta, 2022). Luz y color —sobre nuestras calles encendidas con electricidad carísima—; anatomías que persiguen el deleite y, movidas por la inmediatez, acuden al deslizamiento de la tarjeta de crédito tal como un chute que calma la adicción; confusión pulsátil destinada a nutrir el expolio de un planeta que se queda sin recursos naturales para tanto capricho. La otra cara de la moneda, por supuesto, es la insatisfacción perpetua que genera esa vida de usar y tirar, la apuesta falaz por la compra como casi único camino hacia la felicidad nunca lograda, como se ha analizado desde la filosofía, la psicología y otras ciencias.

En el delirio contemporáneo, advierten numerosos estudios, la acumulación de fruslerías que pronto se transformarán en basura obedece parcialmente a una profunda soledad y no alivia ese sentimiento de vacío; sabemos que los ricos, responsables en mayor medida de la gran debacle medioambiental, suelen ser bastante desgraciados a pesar de sus fortunas —o a causa de ellas—; el feminismo ha denunciado en no pocas ocasiones una manipulación comercial que estereotipa a las mujeres mientras las azuza hacia un ideal imposible concretizado en la moda, los cosméticos, la fantasía de una perfección que acaba degradando; los niños que crecen entre montones de juguetes desarrollan menos creatividad e inteligencia que aquellos que lo hacen con un número más moderado. Al margen de la emergencia climática, se puede esgrimir un sinfín de argumentos por los cuales dejar de comprar o, al menos, frenar el ritmo, aportaría un bienestar personal incuestionable no solo a los consumidores, sino a aquellas personas constantemente explotadas que, en países donde no abundan los derechos, fabrican nuestras bagatelas. Por el lado de la producción, se debería exigir el fin de la caducidad temprana, del desperdicio y del diseño ideado con la intención explícita de que el objeto no pueda reciclarse, pero lo que está claro es que hay algo del acto de la adquisición en sí, junto a la parafernalia que lo acompaña —la atracción del marketing, los eslóganes prometedores del paraíso, ir de tiendas como rutina—, que se ha apoderado de nuestra capacidad de gozar más allá de su marco, enjaulándonos la imaginación y provocando, como diría Byung-Chul Han, la desaparición de los (antiguos) rituales. Si, según el filósofo alemán, el porno ha sustituido al cortejo y el móvil al rosario, la fiebre consumista ha venido prácticamente a construirnos como ciudadanía, y a socializarnos en un ansia por lucir —marcas, viajes— que responde más a intereses empresariales que a necesidades vitales, que volatiliza el regocijo creado al segundo de alcanzarlo.

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Canalizar el deseo hacia otra parte me parece, por lo tanto, no solo perentorio en los múltiples frentes que tiene abiertos la política institucional —transición ecológica y energética, crisis de salud mental, reducción de la desigualdad—, sino también crucial como estrategia comunal de supervivencia, desde abajo, con quienes amamos y nos aman independientemente de los adornos y regalos vacuos. Por eso, en esas conversaciones de café y brasero, o de cerveza y tapa, me he dedicado, además de a bendecir la lavadora de mi abuela, a contar que no quiero obsequios inútiles, que prefiero que nos celebremos de manera diferente —una comida, la visita conjunta a una galería de arte—, que no pienso gastar dinero en demostrar afecto o, como mínimo, no en cosas materiales. Me he dedicado, asimismo, a explicar que desde el día que decidí no poseer más que lo estrictamente necesario vivo un pelín más libre, menos agobiada, sin molestia de ninguna privación, aunque sí consciente de que la mudanza de sentido común debe sobrepasar la frontera de mi propia voluntad. Me he dedicado, mucho, a escuchar el alegato contrario y entender la violencia simbólica que se cierne contra quienes no pueden permitirse estar al día con las demandas adquisitivas del turbocapitalismo y se sienten excluidos; a diferenciar entre el lugar donde la riqueza hace más falta —sanidad, vivienda, transporte público— y donde tendría que escasear —en paraísos fiscales, los bolsillos de consejeros delegados, los beneficios obscenos de las grandes empresas—.

Al final, hay toda una urdimbre de justicia social y fiscal que debería acompañar este cambio de paradigma, pero hay también algo latiendo adentro, una suerte de respeto o ética natural, de relajación de las ataduras forzadas que podría tornarnos increíblemente felices si lo sabemos manejar y, más que coartarlo, catapultaría el deseo hacia confines hoy insospechados.

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