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Esa derecha ‘despiadada’ que rechaza los impuestos

El progresismo no puede conformarse con sólo prometer ayudas del Estado o acabar pareciendo un voto de privilegiados con conciencia de justicia colectiva

Una sede de la Agencia Tributaria, en abril durante la pasada campaña de declaración del IRPF.
Una sede de la Agencia Tributaria, en abril durante la pasada campaña de declaración del IRPF.Marta Fernández (Europa Press)

La izquierda sospecha que algo anda mal, que tan popular no será su lucha contra la desigualdad. La prueba es que Pedro Sánchez ha dejado de hablar de vulnerables en sus discursos para referirse a las clases medias y trabajadoras. El giro llega ante un caldo de cultivo sobre que la izquierda sólo reparte ayudas entre los muy pobres, pero no crea riqueza para sacar a las clases medias de su precarización. Y eso explica por qué esa derecha despiadada para muchos crece en simpatía entre amplios estratos sociales, pese a su mantra liberal.

Lo sugirió la primera ministra británica, Liz Truss: “El debate económico de los últimos 20 años ha estado dominado por la distribución de la riqueza, y el resultado ha sido un crecimiento relativamente lento”. La premier no advirtió que su anuncio de masivas bajadas de impuestos desplomaría la libra a la semana, o que el Banco de Inglaterra tendría que intervenir. El liberalismo puro tampoco frena el auge de las bolsas de pobreza persistentes, por lo que hasta el Reino Unido ha tenido que inyectar dinero para aliviar la factura energética de los hogares.

Sin embargo, la izquierda se engañaría si cree que Truss habla a cuatro ricos, o que esto va de unas cuantas malas personas. Se equivocaría si asume que ello sólo cala en el Madrid de Isabel Díaz Ayuso o en el electoralismo de otros barones del Partido Popular. Una parte de las clases medias precarizadas se siente seducida por la pulsión liberal, por el alivio de las cargas impositivas o por el hambre de crecimiento. No les basta con que la Unión Europea apoye por ahora un relato sobre la justicia social, permitiendo gravar a los bancos y las eléctricas.

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De un lado, ese sentimiento se aprecia en algunos trabajadores medios que no están tan empobrecidos como para recibir el ingreso mínimo vital ni tampoco cobran el salario mínimo. En cambio, sufren igualmente una situación muy depauperada desde hace décadas. No se reconocen como “vulnerables”, aunque el riesgo de exclusión social vaya en aumento. Sin embargo, su miedo es acabar siendo el de más abajo, el que recibe las ayudas o que se suma a las colas del hambre.

Esos ciudadanos tampoco identifican qué propuestas tiene la izquierda para crear riqueza, y no solo para repartirla. Es la sutil brecha entre ser ya pobre o tener pánico al empobrecimiento. La crisis de inflación obliga al Gobierno a extender las ayudas a los ciudadanos con un elevado gasto social. Ahora bien, ya era común antes de la pandemia o de la guerra que esos ciudadanos se preguntaran cómo piensa la izquierda fomentar la iniciativa privada, el desarrollo empresarial o atraer inversiones.

Así pues, la izquierda no debe autocomplacerse creyendo que todos sus problemas de adhesión ciudadana se solucionarán en adelante apelando solo al discurso de la desigualdad. La redistribución sirve para sufragar mejores servicios públicos y fomentar un sistema más justo. En 2021, los más ricos acumularon el 45,6% de la riqueza mundial. Pero ya hay quien se pregunta cómo un impuesto a las grandes fortunas mejorará su salario a largo plazo si la economía española sigue sin generar valor añadido para elevar el nivel de vida conjunto.

Aunque algunas voces de la izquierda asumen cierta autocrítica sobre por qué diabolizar determinadas bajadas de impuestos, no cala entre muchos electores. Es la propuesta del presidente valenciano, Ximo Puig, para reducir el tramo autonómico del IRPF que beneficiará a las rentas por debajo de los 60.000 euros anuales. Ello apela a una mayoría social, ya que sólo un 10% de los trabajadores cobran por encima de 40.000 euros. El mensaje se dirige a sacar del sentimiento de abandono a esas capas medias o que están precarizados, pero que aún existen a medio camino entre las familias muy ricas y las muy necesitadas.

El progresismo no puede conformarse con sólo prometer ayudas del Estado o acabar pareciendo un voto de privilegiados con conciencia de justicia colectiva. Italia nos ha enseñado qué pasa cuando un país lleva años estancado y los socialdemócratas son burócratas o sólo hablan de desigualdad: la ultraderecha, aun excluyente, se hace con la bandera del impulso económico o del cambio político. Y detrás cierran filas hasta obreros o clases medias-bajas a las que la izquierda dice defender, pero que creen ver en las derechas liberales o ultras una mejoría de sus bolsillos.

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