Columna
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Las zapatillas feas del amigo pobre

La desigualdad es material, de pertenencias, de dinero o facilidades. Pero sus implicaciones son también psicológicas, como fuente de autoestima que forja identidades o imaginarios de grupo

Un grupo de jóvenes disfrazados de pobres que buscan casa, tras finalizar una manifestación que recorrió el centro de Barcelona en diciembre de 2019.
Un grupo de jóvenes disfrazados de pobres que buscan casa, tras finalizar una manifestación que recorrió el centro de Barcelona en diciembre de 2019.

La precariedad juvenil suele presentarse como un todo compacto, pero los jóvenes entre ellos no acabarán siendo iguales. Las redes ardieron al publicarse esta semana que existe una brecha de la riqueza entre los 20 y los 30 años, donde las diferencias de salario rompen amistades que no pueden permitirse el mismo nivel de vida. Aunque lo cínico es creer que la estratificación juvenil empieza con la nómina, y no en la clase social o en los privilegios de los padres.

Sirva la vez en que una amiga de origen pudiente me preguntó “cómo un niño podía ser consciente de su realidad humilde” frente a otros compañeros. Citó el compartir cuarto con los hermanos, o no tener libros en casa. Pero es difícil saber tan pequeño el freno que ello implicará en su rendimiento académico o sus oportunidades. Cogí una imagen más inocente de mi infancia: las niñas que llevaban zapatillas de deporte de marca, frente a las mías, no tan sofisticadas, dentro de los posibles de mi familia.

Las bambas feas constituyen así la metáfora de las diferencias tan sutiles, aunque identificables, que existen a la hora de construir relaciones sociales y que nos acompañan a lo largo de la vida. La desigualdad es material, de pertenencias, de dinero o facilidades. Pero sus implicaciones son también psicológicas, como fuente de autoestima que forja identidades o imaginarios grupales. La desigualdad se traduce incluso en una liturgia social, una estética, unos hábitos que unen a quienes se reconocen como iguales.

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Por tanto, sería hipócrita escandalizarse por una ruptura de lazos a los 30 años entre esos amigos que ya no pueden ir de restaurante fino o de fines de semana. Cuando, de entrada, hay amigos que nunca hicimos, entornos que jamás frecuentaremos, por razón del estatus económico. Igual no vivimos en su barrio ni asistimos a su colegio, o no tocábamos el piano; tampoco nos invitarán a sus fiestas, y raramente viajaremos juntos en vacaciones.

Sin embargo, la vida baraja las cartas, permitiendo a un gran grupo mezclarse más adelante por sus aficiones y afinidades, un cambio de ciudad o de trabajo. Los entornos elegidos acaban forjando entonces una falsa apariencia de igualitarismo. El problema llega al apreciar, de nuevo, que los jóvenes compartirán una cultura similar, o dramas generacionales comunes, pero no, no todos son iguales, así hayan frecuentado incluso el mismo instituto o cuadrilla universitaria.

En la treintena uno vuelve a notar el peso de la riqueza ajena; son las bambas adultas de la diferencia. Otro es la dificultad generalizada de ahorrar en España, mientras que la madre de mi amiga podía aflojarle 100.000 euros para la entrada de un piso y otros heredarán valiosos inmuebles. La brecha entre quienes compartan casa con amigos y quienes tengan una hipoteca propia puede condicionar sus expectativas vitales a largo plazo, como formar familia.

En la treintena uno valora además las decisiones que ha ido tomando; son las bambas de la diferencia elegida. Los bajos salarios son una constante en nuestro país. Ahora bien, nunca se aspirará al mismo sueldo, de entrada, viniendo de una carrera como informática que habiendo estudiado humanidades. Algunos amigos se pueden sentir culpables de cómo su situación económica moldea su vida, alejándose, mientras otros buscan formas de sobrellevarlo.

Pese a todo, sería una visión lamentable de las relaciones humanas fiarlas sólo al dinero. La empatía es lo que une precisamente a las personas cuando conviven en un mismo espacio. Una muestra son los pueblos o los barrios medios, donde las interacciones entre clases resultan más habituales. Qué tipo de amigo no busca la forma de integrarte, por muy bien que le vaya, si no te puedes tomar un café con él.

A saber: la amistad puede ser comunista, anticapitalista y revolucionaria, pues el afecto supone la forma más noble de igualar a las personas de distinta cuna o estatus. La amistad puede hasta ayudar a mitigar la desigualdad, en el intercambio de consejos o información del mundo entre quienes tienen orígenes distintos. Las zapatillas feas del amigo pobre son ahí la metáfora de que, bajo las apariencias, la humanidad se une más por sus valores, y sus bondades del alma. Eso si uno ha tenido la dicha de interactuar con ese otro o no es un clasista redomado, está claro.

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