Columna
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Un Gobierno en la desesperación

El problema del Ejecutivo no es tanto de gasto público o de leyes, sino que los ciudadanos piensan que el futuro no será mejor que el presente, algo estructural en los tiempos que corren

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, este miércoles en la sesión de control en el Congreso.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, este miércoles en la sesión de control en el Congreso.Eduardo Parra (Europa Press)

El Gobierno está desesperado, y ese desasosiego se huele a cada aparición de sus portavoces casi implorando que la ciudadanía valore sus muchas medidas contra la inflación. Es la paradoja que afronta el Ejecutivo: los ciudadanos no son súbditos, y votarán según sus impresiones de la economía familiar. Poco importan las previsiones macroeconómicas o los decretos, por injusto que suene, si la gente se derrumba frente al monedero al ver la gasolina disparada o la comida por las nubes, mientras el clima de opinión en España es hoy de pesimismo.

Y La Moncloa sabe que algo no andará tan bien, con una izquierda desmovilizada como muestran las encuestas. Viene entonces la fase de echar balones fuera, de culpar a la comunicación, a los medios... Aunque lo más honesto sea asumir ya el principal problema, y es que el Ejecutivo quizás ha perdido algunas de sus causas por las que luchar. Es decir, ha dejado de ofrecer un relato que invite a querer seguir apoyándole por algún motivo. Es una brecha sutil, pero emerge como la decepción silenciosa del progresismo frente a la coalición del PSOE y Unidas Podemos.

De un lado, porque combatir la desigualdad ya era un reto para la izquierda incluso antes de la guerra en Ucrania o de la pandemia. Esta legislatura estaba llamada a ser la más social en años, y de ahí medidas como el ingreso mínimo vital (IMV) o las subidas del salario mínimo. El ciudadano partía del ideal de estar mejor, o de una sed de justicia social tras la austeridad. Sin embargo, el IPC disparado se lo ha empezado a comer todo, noqueando esa lucha con una inflación que ha llegado a bordear el 10%, con subidas del salario mínimo de cerca del 4%, o del IMV del 15%.

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Por tanto, la inflación no tiene los mismos efectos que una crisis arrolladora como la que enfrentó José Luis Rodríguez Zapatero, con necesidad posterior hasta de ajustes. Era el máximo pánico de Pedro Sánchez hasta la fecha. Sin embargo, la inflación es una carcoma silenciosa, un mecanismo pasivo-agresivo que diezma a las familias, aunque no sea tan cruel en lo humano como un desahucio o un despido.

Del otro lado, existe una sutil percepción de injusticia social, o de que este Gobierno no carga sobre el lomo de “los privilegiados” o de “los ricos” el coste de esta crisis, cuando más que cualquier otro Ejecutivo hacía gala de combatir el crecimiento descomunal de ciertas riquezas. Italia eleva los impuestos a las empresas eléctricas mucho antes que España. De otras medidas se cuestiona su progresividad, ya que la subvención a los carburantes quizás no era necesaria para todos los ciudadanos, sino sólo para quienes más lo precisan.

Ese runrún ha abierto ya un debate entre el Gobierno y sus socios sobre qué hacer. Una parte de la izquierda cree que faltan más medidas de izquierdas, que el Gobierno ha sido poco progresista. El ecosistema alude a menudo a las leyes timoratas, o centristas, sobre los alquileres, por ejemplo. La vicepresidenta Yolanda Díaz habla ya de un cheque a las familias, es decir, más dinero para la gente. El portavoz de Esquerra Republicana, Gabriel Rufián, de impuestos a las superfortunas, a las eléctricas, esto es, el reparto de la guerra.

En cambio, es curioso que algún barón socialista y la oposición al Gobierno piensan que el problema son las alianzas con el independentismo o el acuerdo con Podemos. La derecha señala la ideología del Ejecutivo, mientras que los barones del Partido Popular arrasan vendiendo proyecto económico, el que sea, el liberal, el suyo. Han conseguido dar al votante una idea de refugio ante la crisis, aunque sólo sea por mostrarse como la alternativa a lo presente.

Así pues, el problema de La Moncloa no será tanto de gasto público, de salidas de emergencia como los ERTE o de leyes como la de eutanasia o la ley trans. El fondo es que el Ejecutivo se enfrenta a la dirección o a la subjetividad del miedo. La gente cree que el futuro no será mejor que el presente, algo estructural en los tiempos que corren. La pregunta en la calle es si este Gobierno seguirá siendo capaz de solucionar su incertidumbre a cinco años vista. Los ciudadanos se cuestionan eso en su desesperación, y si su respuesta es que no, o se quedarán en casa o votarán a la derecha. Ya sea con desesperación o por gusto.

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