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¿Es el PP una mafia?

Los delitos supuestos revelan dos hechos incuestionables sobre el PP y España: el partido conservador tiene un grave problema corporativo y España uno de visión corporativista del mundo

La exsecretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, por delante de su marido, el empresario Ignacio López del Hierro, abandonan el Congreso de los Diputados, el pasado 2 de junio.
La exsecretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, por delante de su marido, el empresario Ignacio López del Hierro, abandonan el Congreso de los Diputados, el pasado 2 de junio.Juan Carlos Hidalgo / EFE

Tras la imputación de María Dolores de Cospedal en el caso Kitchen, oímos por doquier que el Partido Popular es una mafia. No lo es, pero los delitos supuestos revelan dos hechos incuestionables sobre el PP y España: el partido conservador tiene un grave problema corporativo y España uno de visión corporativista del mundo.

Tenemos motivos para irritarnos con las cloacas del PP. No sólo ha acumulado casos de corrupción durante años, sino que, si se confirman las sospechas judiciales, altos cargos populares se aprovecharon de las estructuras del Estado ―las encargadas de la ley y el orden, las más sagradamente neutrales― para montar un espionaje parapolicial a su extesorero y robarle papeles que pudieran serles comprometedores. Eso es crear una trama corrupta para ocultar otra. No es una estafa aditiva, sino multiplicativa o, en feliz expresión de Edmundo Bal, corrupción al cuadrado.

Uno puede tener una manzana podrida (caso Bárcenas), pero si trata de librarse de ella con otra manzana podrida (caso Kitchen), es lógico pensar que todo el cesto está putrefacto. Pero no es así. La prueba son los militantes y cargos electos populares en miles de administraciones del conjunto de España, las primeras víctimas de unos engaños que beneficiaron a unos pocos generales a expensas de muchos soldados.

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Los escándalos del PP son parecidos a los de Enron o Parmalat antes de la crisis financiera o muchas cajas de ahorro después: directivos aprovechándose de su posición para abusar de los intereses a largo plazo de accionistas y ciudadanos. Es el problema icónico del gobierno corporativo y la razón por la que debemos esmerarnos en reforzar, amén de las inspecciones externas (y costosas) de las organizaciones, los controles internos (y eficientes), siguiendo la estela de los países anglosajones. Allí, y en otras naciones del centro-norte de Europa, se entiende que el conflicto social básico es el que se da dentro de las organizaciones. Para nosotros, es el que se da entre organizaciones: Iglesia contra Estado, empresas contra sindicatos, PP contra PSOE. Por no hablar del Real Madrid contra el Barça ―obsesión colectiva que explicaría la sorprendente tolerancia con los excesos presidenciales en ambos clubes desde tiempo inmemorial―. En nuestra perspectiva gremial, no individual, del mundo, el PP sólo puede ser una pérfida mafia o una caritativa ONG. @VictorLapuente

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