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El vencimiento de la factura política

Después de un año no deja de ser sorprendente que tanto a nivel estatal como autonómico los signos de desgaste de los gobernantes sean más bien escasos

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, se dirige a Pablo Casado durante una intervención en el Congreso.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, se dirige a Pablo Casado durante una intervención en el Congreso.EUROPA PRESS/E. Parra. POOL / Europa Press

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Mientras Madrid vive su particular campaña electoral bajo el ritmo del ruido y la desmesura impuesto por Isabel Díaz Ayuso (y por lo general quien marca el tono gana), me pregunto: ¿Cuánto tardará la pandemia en tener efectos negativos para aquellos a los que les ha tocado gobernar en este tiempo embadurnado?

Después de un año en que hemos vivido un confinamiento extremo y un encadenado de secuencias de apertura y cierre, de promesas y frustraciones, no deja de ser sorprendente que tanto a nivel estatal como autonómico los signos de desgaste de los gobernantes sean más bien escasos. Con políticas y estilos bien distintos, empezando por Sánchez y siguiendo por Ayuso, Puig, Urkullu, Feijóo, Moreno, el Gobierno soberanista catalán (validado en las urnas) y todos los demás, no se han visto de momento efectos significativos de deterioro de imagen y de pérdida de apoyos. Y ello a pesar de la fatiga física y mental que se palpa a diario.

Dos factores han sido determinantes: uno vivencial y otro político. El miedo y la culpa han sido los implacables sentimientos que han impuesto no hacer mudanza. Pero además, la crisis sanitaria ha irrumpido en un escenario muy marcado por la confrontación derecha/izquierda, con el factor identitario añadido desde Cataluña, e irradiando más allá de ella, en forma de unionismo/separatismo, constitucionalismo/independentismo u otras variantes similares a gusto del consumidor. En este marco, los efectos políticos de la pandemia no alcanzan todavía al tránsito entre bloques. Y por eso hasta el momento, el que crece lo hace a costa de sus socios, con la derecha entregada a la onda reaccionaria. La alineación ideológica resiste a las frustraciones de un tiempo difícil, en que, a cuenta del virus, se toleran palabras y decisiones que en otras circunstancias producirían indignación.

¿Tiene fecha de caducidad esta tolerancia? ¿Se acerca el momento de pasar factura a los gobernantes? Las vacunas están abriendo el horizonte. Y los tabús se rompen. Crecen las dudas sobre las decisiones (a menudo contradictorias) que han ido tomando unos y otros. Con la sensación de que el autoritarismo de unos y la demagogia de otros denotan improvisación e impotencia. De modo que se acercan dos fechas que pueden acabar con la comprensión con los que gobiernan: la entrada del verano, que marcará el estado de ánimo para afrontar la reconstrucción, y el inicio del próximo curso: la hora de la verdad. La realidad económica y social será ya descarnada, sin los edulcorantes del miedo y la comprensión, y ya no cabrá seguir utilizando el virus como chivo expiatorio. Por muchas especulaciones que se hagan sobre una rápida reactivación, emergerán las fracturas sociales, patológicas y morales, que pondrán sobre la mesa las facturas políticas aplazadas. Y los gobernantes ya no tendrán la coartada de la legitimación científica.

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