Yenifer ansiaba consagrarse a la ‘orisha’ Yemayá cuando la muerte la atrapó en Moscú

La cubana, que se quedó varada en Rusia por la pandemia, estuvo hospitalizada casi un mes, los últimos días denunciaba las malas condiciones del centro en el que estaba. Temía la discriminación por ser trans, negra y tener VIH

Yenifer León posa en su apartamento de Moscú en una de sus últimas imágenes tomada por sus amigas.
Yenifer León posa en su apartamento de Moscú en una de sus últimas imágenes tomada por sus amigas.

A la cubana Yenifer León le faltaban tres meses para cumplir su año de iyaworaje y finalmente hacerse santa. 97 días en total. Muy fiel a las creencias yorubas y a la orisha de Yemayá, llevaba nueve meses vestida de blanco de arriba abajo. Solía cubrirse con un turbante que se arreglaba con maña y que alternaba con una larga peluca negra natural, de la que estaba muy orgullosa. No podía salir de noche o mojarse con agua de lluvia. En el pequeño apartamento que compartía desde hacía seis semanas con otras cinco personas en Moscú, había colocado en un lugar destacado un altar que cuidaba con mimo. Soñaba con volver a Cuba con tiempo suficiente para preparar el día en que, cumplido el plazo, pudiera consagrarse y dar “un toque a Yemayá” en una ceremonia con tambores y en el mar, como manda la tradición.

Le apasionaba la música romántica. Había personalizado su móvil para que al llamarla sonase Por si volvieras, de Pastora Soler. A veces lo dejaba timbrar y coreaba con la música: “Cada noche hay una rosa en la cama; no he cambiado ni una cosa de lugar, por si volvieras”. El 28 de mayo ya no respondió. Llevaba hospitalizada 23 días en Moscú. Los últimos, en un centro especializado para el tratamiento de la tuberculosis, en una habitación con las paredes desconchadas y con humedades; con la ventana rota, como muestran los vídeos y fotografías que envió a EL PAÍS. Se quejaba del frío. Insistía que la estancia no cumplía las condiciones básicas de salubridad.

Interior del hospital Rabujin, en Moscú. En vídeo, la grabación de Yenifer León de la habitación en la que estaba ingresada.

Yenifer, de 33 años, había llegado a Moscú desde Cuba “de compras”, como contó a este diario el 22 de abril. Era la segunda vez. La anterior, hace un par de años, se llevó a la isla tres maletas cargadas de camisetas, ropa interior y menaje de cocina. Los 120 kilos de rigor en bienes que las autoridades permiten que los cubanos lleven al país. En la isla, donde la carestía de productos aumenta su valor, vendió el material y sacó algo de beneficio. Quería repetir la operación a la que se dedica una buena parte de los 25.000 cubanos que entran cada año en Rusia, y que se ha hecho tan frecuente que ha alumbrado toda una infraestructura irregular –alojamiento en pisos, transporte, trámites, pasajes- en torno a ese negocio.

Pero llegó la pandemia. El cierre de fronteras. El régimen de autoaislamiento en la capital rusa. El sistema de salvoconductos digitales para moverse por la ciudad. Yenifer y otros miles de cubanos se quedaron varados en Moscú. Y se le agotó el dinero. Y los fármacos antirretrovirales que tomaba. Y el apartamento lleno de cucarachas en el que vivía se le venía encima. Estaba preocupada. A diferencia de otros muchos cubanos que llegan a Rusia para quedarse -algunos, engañados por las mafias con la promesa de un trabajo o el compromiso de cruzarles a Europa-, Yenifer quería volver a la isla caribeña. Había llamado insistentemente al consulado cubano sin recibir ninguna repuesta, afirmaba. Tenía miedo de la policía, de la discriminación por ser trans, negra y tener VIH.

“No aguanto más. El lunes pediré el alta”, decía en uno de los últimos mensajes desde el hospital para la tuberculosis A. E. Rabujin de Moscú. “Bendiciones! Ya me hicieron los análisis y las placas, ahora a esperar resultados”, rezaba otro, ribeteado de emoticonos. Su favorito: la carita que manda un beso en forma de corazón.

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El 5 de mayo empezó a sentirse mal. Se inició entonces un camino por los entresijos del sistema sanitario ruso que termina con esas llamadas a su móvil sin respuesta. Yenifer fue ingresada en el hospital de infecciosos número 2 de Moscú. Se sospechaba que podía estar infectada de coronavirus, pero las pruebas dieron negativo. Le diagnosticaron neumonía vírica pero por otras causas, explicó entonces por teléfono. Allí estuvo 23 días. No hablaba ruso y solo podía comunicarse con el traductor de Google, comenta Anna Voronkova, una voluntaria que colabora de manera independiente para ayudar a la comunidad cubana. “Su caso ejemplifica que si no sabes el idioma o las reglas, si no sabes navegar por la burocracia de papeles es como si no tuvieras derechos. Y más si eres una mujer trans en un país como Rusia”, afirma Voronkova, que lamenta la escasa colaboración de las autoridades consulares cubanas en un momento de necesidad por la crisis sanitaria mundial. El sistema se sostiene así de manera precaria sobre los hombros de voluntarias y de ONG especializadas sin las que los más vulnerables no tendrían asistencia.

El 22 de marzo, cuando pensaba que le iban a dar el alta, la enviaron al hospital Rabujin. Le habían diagnosticado tuberculosis. Permaneció allí cinco días. Cuando Voronkova llamó al centro menos de una semana después le comunicaron que había fallecido hacía unas horas. Que tenía dos tercios de los pulmones muy dañados.

Su familia todavía espera más información por parte de las autoridades consulares cubanas. “Estamos destrozados, nadie nos dice nada”, se lamenta su madre, Carmen Cárdenas, por teléfono desde Jovellanos, al este de La Habana. Fue madre soltera, cuenta, y aunque tiene otra hija y es un gran apoyo, estaba muy unida a Yenifer. Explica que quiere repatriar el cuerpo y sus pertenencias, pero que no logra que le expliquen si es posible y cómo.

Vigilancia epidemiológica

Yenifer murió de neumonía caseosa (o tuberculosa), según fuentes hospitalarias. Una patología muy grave, explican. El protocolo sanitario marca que debe localizarse ahora a las personas que vivían con ella y que mantuvieron contacto estrecho, para hacerles pruebas de tuberculosis y, si es necesario, darles profilaxis farmacológica contra la infección. Pero nadie ha tratado de localizar de manera oficial al entorno de la cubana. Tampoco el consulado. El departamento de Sanidad de Moscú alega que no es fácil cuando un extranjero no da una dirección de residencia correcta, o está registrado en un lugar distinto al que vive. Es entonces cuando los focos de la infección se evaporan de la zona de vigilancia epidemiológica, añaden.

Los responsables del hospital, que no está mal considerado para el tratamiento de esta enfermedad infecciosa, que todavía tiene una alta incidencia en Rusia –41,2 casos por 100.000 habitantes, en 2019-, no comentan el caso por el secreto médico, ni las condiciones del centro. La clínica A. E. Rabujín se centra en la atención a la tuberculosis de personas sin techo, extranjeros y personas sin papeles. La unidad en la que estaba Yenifer está especializada, además, en personas con VIH. El hospital lleva un tiempo en obras. La cubana estuvo en una de las zonas aún en remodelación.

“Todos los trabajos de reparación actual de los edificios se llevan a cabo según las normas, sin violar las condiciones de los pacientes y el personal médico”, dice el departamento de Sanidad de Moscú en un comentario escrito. “El hospital está equipado con todos los medicamentos necesarios y equipos de diagnóstico”, añaden desde su servicio de comunicación.

Natalia Éismont, antigua directora médica del centro, despedida hace casi un año por pérdida de confianza y ahora miembro de la Alianza de doctores, un sindicato médico vinculado al opositor Alexéi Navalni, explica que los especialistas del hospital son muy competentes y los fármacos, punteros, pero sostiene que la gestión debería analizarse a fondo. Su organización ha denunciado un brote de la covid-19 en el centro entre los profesionales sanitarios.

“Desafortunadamente, los ciudadanos extranjeros con VIH rara vez reciben atención médica de buena calidad en Rusia, donde se enfrentan a grandes barreras legales para conseguir la medicación”, señala Anton Eremin, especialista médico en enfermedades infecciosas del Centro Regional de Sida de Moscú y consultor en la Fundación SPID (centro sida, en ruso), que ayudó a Yenifer y a otras personas en la misma situación a conseguir los antirretrovirales que necesitaban con urgencia. “Además, no saben a quién pedir ayuda, no pueden comunicarse por la barrera del idioma. Y muchos temen revelar su estado por el estigma sobre el VIH. En el caso de Yenifer, la estigmatización de las personas trans también obstaculiza la atención de calidad. Así, sin una protección legal o atención médica adecuada, estas personas son hospitalizadas en una etapa posterior, cuando el tratamiento es más complejo y menos efectivo”, añade el especialista.

Entre su lista de cosas para hacer en Moscú antes de marcharse, Yenifer tenía dos prioridades: hacer una sesión de fotos con sus amigas en la Plaza Roja para dar rienda suelta a su pasión por posar y los selfis; y comprarle un gorro típico ruso a su madre. Bromeaba con que en la isla no hay clima para eso pero que nunca se sabía cuándo iba uno a necesitar “calentarse la cabeza”. No hubo tiempo.

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Sobre la firma

María R. Sahuquillo

Corresponsal en Moscú, desde donde cubre Rusia, Ucrania, Bielorrusia y el resto del espacio post-soviético. Antes, fue enviada especial para grandes coberturas y se ocupó de los países de Europa Central y Oriental. Ha desarrollado casi toda su carrera en EL PAÍS y además de temas internacionales está especializada en asuntos de igualdad y sanidad.

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