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Timochenko y las dos caras de las FARC

La ruptura con Iván Márquez refleja tensiones en las filas de la antigua guerrilla, hoy partido político

Rodrigo Londoño, 'Timochenko', a la derecha junto a Iván Márquez en una foto de agosto de 2017.
Rodrigo Londoño, 'Timochenko', a la derecha junto a Iván Márquez en una foto de agosto de 2017. AFP

La noche transcurrió tranquila en el campamento Mariana Páez, a las puertas de los llanos orientales de Colombia. Cientos de guerrilleros de las FARC se acostaron sabiendo que esa iba a ser la última vez que dormían junto a su fusil. Muchos no se lo creían todavía, esperaban la orden de su jefe entre dudas y expectación sobre su futuro. Esa instrucción llegó al día siguiente, la mañana del 27 de junio de 2017. Timochenko, Timo le llamaban todos los miembros del grupo insurgente, subió al escenario junto al presidente Juan Manuel Santos y proclamó: “Este día no termina la existencia de las FARC. En realidad, a lo que ponemos fin es a nuestro alzamiento de 53 años. Seguiremos existiendo como un movimiento de carácter legal y democrático (...) sin armas y pacíficamente”. 

Timochenko era entonces el comandante en jefe de la guerrilla más antigua de América y hoy, dos años después, es Rodrigo Londoño Echeverri, líder de la Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común, el   partido político que surgió de los acuerdos de paz y que se negó a perder sus siglas. Tiene 60 años y pasó 40 en guerra con el Estado. Su figura simboliza probablemente lo peor del pasado reciente de Colombia y, al mismo tiempo, el horizonte de una transición que ya ha empezado pero que aún no ha permitido pasar página.

Representa una de las dos caras de la antigua organización armada, mayoritaria y leal a lo pactado en La Habana con el Gobierno de Santos, que se está aplicando en medio de obstáculos y retrasos. Esta semana cargó contra el que fuera su número dos y negociador de los acuerdos, Iván Márquez, que ya se sitúa en la disidencia. Esa ruptura refleja en cierta medida el clima por el que atraviesan los más de 10.000 combatientes desmovilizados que aún esperan, en muchos casos, una reinserción plena en la vida civil y asisten a un goteo de asesinatos de activistas y líderes sociales.

Márquez se dirigió el lunes a las bases de la formación concentradas en los llamados Espacios Territoriales de Capacitación y Reincorporación (ETCR) para manifestar su arrepentimiento. “Les reiteramos autocríticamente que fue un grave error haber entregado las armas a un Estado tramposo, confiados en la buena fe de la contraparte”, afirmó. Lo hizo a través de un comunicado difundido en las redes sociales desde un paradero desconocido. En agosto, este excomandante renunció a tomar posesión de su escaño en el Senado —la FARC como partido tiene garantizados 10 curules repartidas entre las dos Cámaras durante dos legislaturas— y se borró del mapa.  Su pronunciamiento es una potencial mecha en un país donde aún operan grupos disidentes y el Ejército de Liberación Nacional (ELN) sigue cometiendo atentados.

Después de varios llamamientos, Timochenko acabó por echarle, de facto, de la organización, aun sin expulsarle formalmente. Lo comunicó el miércoles antes de iniciar un viaje por algunos territorios para animar a las bases de un grupo que sigue siendo eminentemente jerárquico. Tras la retórica habitual de su carta había una quiebra sin matices. Acusó a Márquez de “buscar el aplauso de un puñado de cabezas calientes”, y de aferrarse a la ilusión de una “caída inmediata del imperialismo norteamericano y el triunfo inminente de la revolución socialista mundial”. Y dejó claro a sus seguidores que el error consiste en mirar al futuro por el espejo retrovisor. “Que un pequeño grupo de antiguos mandos afirme ahora que fue una equivocación cumplir nuestra palabra, solo significa que ellos, individualmente, se apartan de las grandes decisiones adoptadas por el colectivo”, consideró Timochenko.

Entre sus críticos y, sobre todo, en los sectores políticos próximos al expresidente Álvaro Uribe que se opusieron con más fuerza a los acuerdos de paz pocos creen sus palabras. Les parece una escenificación en un contexto concreto, relacionado con el caso de Jesús Santrich. Este excomandante de las FARC, reclamado por la justicia de Estados Unidos por narcotráfico, fue puesto en libertad hace dos semanas por la Jurisdicción Especial para la Paz. Tras el fallo del tribunal encargado de juzgar los crímenes del conflicto armado, dimitió el fiscal general y se desencadenó un terremoto político. Santrich no llegó a pisar la calle y fue detenido nuevamente a las puertas de la cárcel bajo cargos presentados esta vez por la justicia ordinaria.

Timochenko da a entender, sin embargo, que la estabilidad del proceso de paz no puede depender solo de factores individuales. Cuando el pasado julio se sentó por primera vez en el banquillo del tribunal de paz para responder del delito de secuestro sistemático, aseguró: “Nos hallamos abocados a realidades dantescas, de las que seguramente brotaron daños, dolor, angustia y pérdidas irreparables a muchas familias. Pedimos perdón a todas ellas, haremos hasta lo imposible porque puedan conocer la verdad de lo ocurrido. Asumiremos las responsabilidades que nos correspondan”.

En realidad, el líder de la FARC pretende con estos gestos hablar también a la sociedad colombiana, que no perdona a la guerrilla décadas de crímenes y terror. Rodrigo Londoño optó hace un año por no concurrir a las elecciones presidenciales. Oficialmente fue por una dolencia cardiaca, pero la decisión se enmarcó en el fuerte rechazo social reflejado por los resultados de las legislativas: apenas 85.000 votos. En octubre hay comicios regionales y locales y la formación aspira a lograr cuotas de poder territorial. Consolidar, en definitiva, su salto a la política y el adiós a las armas.

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