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JUAN MANUEL SANTOS | EXPRESIDENTE DE COLOMBIA Y PREMIO NOBEL DE LA PAZ 2016

“Llamarme traidor fue una estrategia muy bien elaborada para minar mi liderazgo”

El exmandatario conversa sobre su libro 'La batalla por la paz', un relato cuajado de detalles, anécdotas y confidencias sobre las negociaciones con las FARC

Juan Manuel Santos, durante una entrevista en mayo de 2018.
Juan Manuel Santos, durante una entrevista en mayo de 2018.

La escena, por cualquier baremo, resulta extraordinaria. Un presidente, con dos de sus colaboradores, en la biblioteca de la Casa de Nariño, su residencia oficial. Fuera, la familia y los invitados se abrazan y lloran. Dentro, Juan Manuel Santos se acaba de enterar por la televisión de que ha perdido. Un escalofrío. El No se ha impuesto por 53.908 votos (sobre 13 millones de votos emitidos en un país de 48 millones de personas), apenas unas décimas. “El sentimiento era de desolación”, escribe Santos en el libro La batalla por la paz. El proceso de paz en Colombia, el deseado fin a 50 años de conflicto, su propio cargo de presidente, su lugar en la historia, todo se desliza hacia el precipicio de un fracaso épico. No hay plan B. Nunca lo ha habido.

Es una escena ciertamente imponente, de entre las muchas y notables revelaciones que contiene La batalla por la paz (Planeta, 2019), que el hoy expresidente y premio Nobel de la Paz relata en un libro cuya publicación, el próximo martes, presentará un relato cuajado de detalles, de anécdotas, de confidencias, y que ofrecerá a los historiadores un material de primera mano para cuando se escriba la versión definitiva de una etapa crucial de Colombia. También, con seguridad, irritará a sus oponentes, cuya "hipocresía" política Santos pone de relieve con episodios hasta ahora desconocidos para la opinión pública.

Volvamos a la biblioteca, donde encontramos al presidente y a sus dos colaboradores “contemplando estupefactos la pantalla del televisor. A lo lejos se sentía el revuelo y los comentarios de los invitados […]. Pero en mi biblioteca apenas musitábamos palabra. ‘Nunca me imaginé esto’, dije varias veces. ‘Nunca me imaginé esto […] Hay que analizar todas las opciones –dije”, prosigue el relato. “Y una de ellas es renunciar”.

Pero Santos, como es conocido, no renunció, lo que casi con seguridad hubiera implicado el final del proceso de paz. Recobró el ánimo con sorprendente velocidad, anunció a los colombianos que renegociaría con las FARC en La Habana y con los partidarios del No en Colombia, para incluir sus objeciones en un acuerdo reformulado y, apenas cuatro días después, ese mismo jueves, recibió un espaldarazo tan extraordinario como inesperado, dado el fracaso de la votación del domingo anterior: el comité noruego le otorgó el Nobel de la Paz 2016 por sus esfuerzos. A principios de diciembre, el Congreso aprobó finalmente el acuerdo de Paz: sumando Senado y Cámara, 205 votos a favor y cero en contra. El partido del expresidente, Álvaro Uribe, enemigo político acérrimo, se abstuvo.

Un lunes de este mes de marzo, sentados en la sede de su fundación Compaz, en Bogotá, para hablar del libro, le pregunto a Santos si se arrepiente de haber convocado ese referendo, al que se comprometió políticamente cuando anunció el comienzo de las negociaciones.

–Me arrepiento. Es decir, ya mirando retrospectivamente se hubieran podido perfectamente utilizar los procedimientos normales. Inclusive, le voy a dar..

–Perdón, presidente, en un tema de este calibre no hay precedentes normales…

–Los precedentes normales para ratificar un acuerdo de paz, que son los que establece la Constitución. Hasta la propia Corte Suprema estaba dispuesta a decir: “El referendo no va”, pero yo me empeciné. Había sido una promesa [al pueblo colombiano] y estaba absolutamente convencido de que ganaría; por fortuna, la Corte Constitucional dejó un camino jurídico ante la eventualidad de que se perdiera, y eso fue lo que nos salvó. Pero al mismo tiempo no me sentí mal cumplimiendo con una promesa. Tengo ese conflicto y…

–Y no lo ha superado.

–No, porque fui… la gente dice que fui testarudo, que fui soberbio en ese sentido. Puede que tengan razón. Pero cumplí con mi promesa.

El libro está cuajado de revelaciones sorprendentes, y su lectura proporcionará material de primera mano al futuro historiador. Pero en otro orden de cosas me recuerda, le digo a Santos, al número The Room Where it Happens, del musical Hamilton, en el que un personaje, Aaron Burr, se queja con amargura de no poder saber qué se está decidiendo en una importante reunión, en otra habitación, entre el propio Hamilton, Jefferson y Madison (spoiler: se acordó que la capital, Washington, estaría en el sur). Santos ha visto Hamilton, naturalmente, como el gran aficionado a las biografías de mandatarios estadounidenses que es. Se ríe y asiente.

Con su libro, Santos ofrece constantemente al lector el privilegio de entrar en la habitación en la que todo sucede, acceso que a la generalidad de los ciudadanos, la historia, por lo general, le niega. La página 555 ofrece un ejemplo notable de la sensación que tiene el lector de estar dentro de esa habitación tan especial:

“Un día, José Obdulio [Gaviria, asesor de Uribe, por entonces presidente] me llamó por la línea directa de Presidencia -el llamado falcon- y me pidió, como lo más normal, que interceptara las comunicaciones de la senadora liberal –cercana a Hugo Chávez– Piedad Córdoba. Me negué rotundamente, le pedí que nunca me hiciera ese tipo de solicitudes, y jamás me volvió a repetir la petición. Tal vez fue por eso que usaron el DAS y no la inteligencia militar para las chuzadas [escuchas ilegales] que luego saldrían a la luz”.

En febrero de 2009, la revista Semana publicó extensas informaciones sobre cómo el DAS, siglas del aparentemente muy prosaico Departamento Administrativo de Seguridad, había grabado de forma ilegal a líderes opositores, periodistas o magistrados. Varios altos funcionarios fueron detenidos y posteriormente condenados. En 2011, Santos disolvió el DAS.

–¿De cuántas irregularidades más del Estado, como ésta, ha tenido conocimiento, y no ha contado?

–Mire, yo he sido tajante, tan contundente cuando le dije a José Obdulio que por ningún motivo le iba a hacer eso y que nunca más me insinuara algo parecido, que ellos tomaron distancia en ese sentido. Y la verdad es que nunca más me insinuaron nada remotamente parecido. Eso tengo que decirlo con toda claridad. De manera que eso fue suficiente para que por lo menos a mí no me propusieran nada de lo que después se supo que hicieron con los personajes con que se reunieron y las historias que han salido. Yo no era parte del sanedrín del presidente Uribe, nunca lo fui. A mí me tenían mucho respeto, pero también me tenían mucha desconfianza.

Santos, tras recibir el Nobel de la Paz en 2016.
Santos, tras recibir el Nobel de la Paz en 2016.

Otra habitación con acceso privilegiado al público lector. Base aérea de Rionegro, Antioquia, a media hora de Medellín. 12 de noviembre de 2016. Primer encuentro entre Uribe y Santos para estudiar qué posibilidades existen de salvar el proceso de paz tras el triunfo del No en el referendo. Escribe Santos, en la página 551:

“Me sorprendió mucho que el primer tema que tocó el expresidente no fue el acuerdo de paz, sino otro muy distinto. Me habló de su protegido, el exministro de Agricultura Andrés Felipe Arias, condenado desde julio de 2014 a diecisiete años de cárcel por la Corte Suprema, por los delitos de peculado por apropiación a favor de terceros [está en Miami, a la espera de ser extraditado].

–Presidente, –me dijo, apenas nos saludamos– me preocupa mucho que su gobierno siga persiguiendo a Andrés Felipe Arias.

Quedé atónito, pero le respondí con calma:

–Presidente Uribe. Mi gobierno no persigue a nadie […]. Y usted sabe que en Colombia hay división de poderes. La Corte Suprema es autónoma en sus fallos y la Cancillería solo cumple el trámite que le corresponde según la ley.

El tema quedó ahí, pero sin duda fue un mal inicio para la reunión”.

El desencuentro –la expresión se queda voluntariamente corta– entre Uribe y Santos ha sido una constante desde que uno sucedió al otro en la presidencia. En La Batalla por la Paz, Santos revela numerosos sucedidos que dejan en mal lugar a su antecesor, pero sin cuyo conocimiento resulta difícil entender hechos clave en la vida política de los últimos años en Colombia, especialmente sobre el proceso de paz. O dicho de otra manera, tras la lectura del libro, se entienden muchas cosas. Con todo, el párrafo más demoledor con Uribe, a mi parecer, es uno en el que ni siquiera se le cita por su nombre, bajo el título Esa maldita tentación:

“El problema de los caudillos –ya lo anoté cuando hice referencia a la dictadura del general Gustavo Rojas Pinilla a mediados del siglo pasado– es que siempre terminan cayendo en la tentación de perpetuarse en el poder. De alguna manera comienzan a sentirse indispensables o hacen creer a la gente que lo son, y así se produce esa convicción mesiánica y antidemocrática de que solo una persona tiene la capacidad para dirigir las riendas del Estado”.

Le pregunto a Santos si es consciente de que las polémicas que va a levantar su libro se verán incrementadas de forma logarítmica por las repetidas alusiones a Uribe.

–Yo estoy en este momento en una etapa de mi vida de gran complacencia, gran tranquilidad y no quiero volver a controvertir con el expresidente Uribe. Dejémoslo que él siga peleando solo. A mí me parece muy buena la recomendación de un emperador, tal vez el más sabio de los emperadores romanos, Marco Aurelio que decía: “La mejor forma de vencer a un rival es no parecerse a él”. Yo he querido seguir ese consejo.

Aún así, hay demasiado material para que la polémica no resulte inevitable. Demasiados detalles y, de alguna manera, demasiadas acusaciones, con datos y fechas, de cuando menos deslealtad; no únicamente con la institución del presidente de la República, sino también para con los ciudadanos y para con la verdad, incluso en estos tiempos de verdades flexibles,

–Lamentablemente habrá gente que salga a refutar, otros a contradecir, pero yo ya estoy acostumbrado. Llevo ocho años expuesto a una forma de hacer política y de controvertir basado en lo que hoy llaman las falsas noticias que ya me rueda, como dicen. He desarrollado una piel de cocodrilo. Eso es parte, infortunadamente, del ambiente de juego político de hoy.

–¿Lo peor fueron las acusaciones de traidor cuando reveló que se proponía abrir un proceso de paz?

–Cuando yo mencioné que tenía la llave de la paz en mi bolsillo y no en el fondo del mar, y que la podía utilizar; ahí no hubo mayor reacción. Esto se gestó después que sucedieron algunos hechos, nombramiento de gabinete, distanciamiento con mi antecesor. Esto del traidor fue una estrategia muy bien elaborada e implementada para minar mi liderazgo. El liderazgo de cualquier persona y cualquier jefe de Estado se basa en la confianza. Ellos comenzaron con eso. En todos los discursos decían: “Traidor, traidor, traidor”, para lograr ese objetivo político. El primero que me advirtió de que tildarían de traidor, porque había sido elegido por ser exitoso en la guerra, fue Shlomo Ben-Ami. Porque traición, como digo en el libro, en el fondo no hubo ninguna, sino fue todo lo contrario. Estaba siendo consecuente con lo que se había querido hacer desde hace muchísimo tiempo.

–¿Usted nunca le contó a Uribe, cuando era su ministro de Defensa, que siempre había pensado en que en algún momento habría que abrir unas conversaciones con la guerrilla? ¿Ni él nunca preguntó? ¿Esa conversación nunca se dio?

–Por supuesto que se dio. Por supuesto que el propio presidente Uribe quiso negociar.

–Pero son cosas distintas.

–Muchas veces hablamos de que había que ablandar a la guerrilla antes de sentarla a negociar. Inclusive esa era una tesis de una amigo común, el expresidente López Michelsen, que mencionábamos con frecuencia. Como los intentos de Uribe de sentarse a negociar fueron muchos, no solo a lo último, pues era algo casi que sobreentendido. No se le olvide que por más de un año Uribe estuvo negociando con el ELN en Cuba. Por eso nadie entiende que después dijera que con terroristas no se puede negociar.

Como ministro de Defensa de Uribe, Santos fue el responsable de los mayores éxitos militares contra la guerrilla, ayudado por un mayor presupuesto y por la ayuda tecnológica y de inteligencia del gobierno de Estados Unidos. Ello le permitió “dar de baja”, como se expresa en Colombia la muerte de un combatiente guerrillero, a figuras destacadas de la guerrilla. En sus años de ministro, varios miembros del secretariado, la cúpula de las FARC, fueron abatidos, algo que el Estado colombiano nunca había logrado en los 50 años anteriores. ¿No tuvo la tentación, le digo a Santos, de pensar: bueno, quizá no hace falta un proceso de paz porque esto lo solucionamos militarmente?

–Es que yo sabía que una derrota definitiva de las FARC no se iba a producir, sino que la guerra se iba a prolongar veinte o treinta años más. No, los éxitos militares que tuvimos me entusiasmaron precisamente para armar bien el proceso de paz. No pensé nunca en que el exterminio de las FARC era la forma de salir de esta guerra, nunca.

Santos no fue el mayor enemigo de la guerrilla sólo cuando fue ministro de Defensa. El libro ilustra de forma apasionante una transición realmente difícil de imaginar: de enemigos jurados a socios de la paz. El pacto con la guerrilla fue negociar en La Habana como sino hubiera guerra; y seguir con la guerra como si no hubiera negociaciones en La Habana.

Pero antes, justo después de la primera aproximación con las FARC para acordar un encuentro secreto en el exterior, el número dos de la guerrilla, el Mono Jojoy, uno de los combatientes más sanguinarios, se puso involuntariamente a tiro: las fuerzas de seguridad y los servicios de inteligencia lo tenían localizado.

El presidente no dudó en dar la orden. En varias páginas que se leen como un thriller, Santos cuenta con detalle la Operación Sodoma, una auténtica batalla campal en la que murieron dos soldados, otros varios quedaron heridos y en la que también murió la perrita antiexplosivos Sasha. Del otro lado cayeron 20 guerrilleros. Al final del día, el Mono Jojoy era un cadáver.

Debe de ser una decisión difícil, ordenar la eliminación física de alguien con quién, aunque sea indirectamente, se está negociando. ¿Piensa en ello de vez en cuando?, le pregunto a Santos, ¿o ha pasado ya a la historia, junto con tantos otros momentos duros?

–Esos episodios nunca se olvidan, pero mirando retrospectivamente creo que hice lo correcto. Me queda el consuelo que le dije al comandante de la operación que hiciera lo posible por capturarlo y no darlo de baja; aunque en mis adentros yo sabía que eso iba a ser imposible.

De forma sorprendente (o quizá no tanto), las FARC no suspendieron los contactos secretos, que eventualmente llevaron a las conversaciones de La Habana. Santos describe con satisfacción (y con mucho detalle) las larguísimas negociaciones, tirantes, pero honestas por ambas partes, que reunieron en la capital cubana a decenas de jefes guerrilleros y a negociadores del gobierno, incluyendo a militares de alta graduación. Y de ahí a la firma final del acuerdo en Cartagena. Pese a la enorme distancia política y ética que les separaba (y les separa), el presidente muestra a lo largo del texto el debido reconocimiento a la voluntad de la guerrilla de negociar de buena fe.

Santos y Timochenko se saludan tras la firma del primer acuerdo, en septiembre de 2016 en Cartagena de Indias.
Santos y Timochenko se saludan tras la firma del primer acuerdo, en septiembre de 2016 en Cartagena de Indias. reuters

Los enemigos políticos del presidente, por el contrario, apostaron siempre a acabar militarmente con la guerrilla. O actuaron como si creyeran que ello era posible en un plazo razonable. Para ello, y como condición sine qua non, resultaba necesario negar la existencia misma del conflicto armado, rebajarlo a mera violencia que podía y debía ser perseguida exclusivamente por medios militares. ¿Cómo es ello posible?

–Yo me hago la misma pregunta: ¿Cómo es posible que todavía gente pueda decir que aquí no hubo conflicto armado con más de 250.000 muertos y ocho millones de víctimas? Eso es inconcebible. Pero ya cuando uno profundiza sobre la condición humana en la lucha por el poder, eso lo dicen todos los clásicos, salen a relucir actitudes que son difíciles de comprender y por supuesto de aceptar.

–En un pasaje del libro, usted alude a aquellos que hubieran querido seguir con la guerra. ¿A quién se refiere?

–En eso sí no soy tan prudente, porque sí había mucha gente que estaba interesada en que la guerra no terminara; gente que vive de la guerra, narcotraficantes, vendedores de armas. También desde el punto de vista político hay muchas personas que prefieren estar en un ambiente de conflicto, porque son expertos en manipular los miedos, en manipular los odios. Eso lo estamos viendo no solamente en Colombia, sino en el mundo entero. Había mucha gente que no estaba de acuerdo, por diferentes razones y por diferentes intereses, en que se terminara esa guerra.

Uno de los puntos más controvertidos, y Santos así lo reconoce en el libro, fue no revelar durante la primera campaña electoral su intención de negociar con la guerrilla. Cita a De Gaulle, cuando concedió la independencia de Argelia y algún otro caso, pero ninguno resulta convincente, le digo. Cuando las circunstancias cambian, las promesas también pueden cambiar. No es su caso, puesto que, como también revela en el libro, su voluntad de abrir ese diálogo era firme.

–Yo describo muy bien que había tres cosas que yo había identificado [para tener éxito en una negociación]: la correlación de fuerzas militares [a favor del Estado], la voluntad de los comandantes de las FARC de meterse en el proceso y el apoyo regional en una guerra asimétrica en el mundo de hoy. Ese apoyo regional no lo tenía y solamente lo podía conseguir siendo presidente. Entonces, yo no quería anticiparme a generar la reacción que iba necesariamente a producir una propuesta de este tipo antes de tener las condiciones presentes. Por eso, fue muy prudente en no anunciar que iba a hacer eso, sino hasta que tuviera las condiciones.

Ese “apoyo regional”, traducido, quiere decir: cortejar a Hugo Chávez de Venezuela, y posteriormente a su sucesor, Nicolás Maduro, con quién había sostenido enfrentamientos y agarradas épicas, por un lado; y por el otro, con el presidente de Ecuador, Rafael Correa, enemigo jurado desde que el Santos ministro de Defensa ordenara el bombardeo de una base de las FARC en territorio ecuatoriano. Más Cuba. Tres gobiernos en las antípodas de su tribu política, que vagamente se podría clasificar como liberalismo progresista internacional.

En su libro, Santos agradece en numerosas ocasiones el apoyo prestado por Chávez, Maduro, aunque nunca precisa los detalles de esa ayuda, le digo.

–Chávez les decía a la guerrilla: “Este es el momento, este señor Santos está jugando en serio” y yo creo que un papel parecido jugó Cuba. Había mucho escepticismo y desconfianza. Al fin y al cabo, yo había sido su verdugo, o al menos eso decían. Eso fue importante. Fueron varias las ocasiones en que [la guerrilla] tenía problemas para aceptar un punto o que no entendían la posición del gobierno o que no eran realistas. Ahí también intervinieron Chávez y Maduro para desempantanar temas específicos. Las FARC creían en Chávez.

Con Correa, los problemas se solucionaron tras una “franca y breve” conversación en una cumbre en Georgetown, cuyo contenido literal tampoco desvela el libro.

–Nos fuimos a un recinto aparte. Le dije a Correa que yo entendía su malestar por haber sido el responsable del ataque a Raúl Reyes en su territorio. Pero que esperaba, por el bien de nuestros pueblos, que pudiéramos hacer las paces y trabajar juntos por la paz.

–Y aceptó.

–El aceptó y las relaciones entre Ecuador y Colombia solo mejoraron de ahí en adelante. Aunque hay algo que le cuento. Al final hablamos de esto con el presidente Correa y le dije: “Mira, sí hay una cosa que siempre no me gustó de su gobierno”. Me dijo: “¿Qué?”. “Que cada vez que hacíamos una cumbre…”, porque empezamos hacer cumbres con ministros y él acababa cantando; y yo siempre he sido muy malo para cantar; y comentaba con el canciller: “Uy, ojalá hoy no salga con la guitarra a cantar, y no ponga a la gente a cantar”. Pero siempre sacaba a la gente a cantar.

–Eso no se arregló.

–No, eso quedó sin arreglar.

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