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ANÁLISIS

Guerras malas... y que pueden perderse

Hay algo a celebrar del acuerdo europeo con Trump: el aplazamiento, al menos, de un desastre

Trump y Juncker, durante la conferencia de prensa en Washington.
Trump y Juncker, durante la conferencia de prensa en Washington. AP

El pacto Juncker-Trump que congela la guerra comercial de EE UU contra la UE llegó contra pronóstico. Lógico, después de que el mandatario norteamericano se pasease por Europa tildándola de “enemiga” comercial, inventase triunfales acuerdos armamentísticos en la OTAN y luciese amistades peligrosas con ultras como Boris Johnson.

Por eso es más notorio. Y porque los aranceles preanunciados contra los automóviles europeos eran la bomba atómica. Contra una industria clave. Contra una exportación europea decisiva: las ventas a EE UU multiplican por ocho las de los —ya castigados— acero y aluminio. Contra un interés esencial de la locomotora, Alemania. Y una segunda ronda habría consolidado la espiral típica de toda guerra comercial, haciéndola menos reversible.

Nada hay nunca definitivo en la conducta del fáustico e imprevisible mandatario republicano. Pero hoy hay algo a celebrar: el aplazamiento, al menos, de un desastre.

Trump aseguró en marzo que “las guerras comerciales son buenas y fáciles de ganar”. La realidad le sugiere lo contrario.

Así, empresas emblemáticas como Harley Davidson empezaron a deslocalizar su producción para sortear las represalias europeas a los aranceles sobre el acero y el aluminio, desnudando la demagogia del America first y el consiguiente retorno de las fábricas instaladas fuera del imperio. Otras, como General Motors y Fiat Chrysler, pronosticaban reveses y protagonizaban esta semana desplomes bursátiles de entre el 7% y el 15% a consecuencia directa de las guerras comerciales trumpistas.

Y al cabo, la Casa Blanca venía a reconocer que sus diktats proteccionistas actuaban como un bumerán, al anunciar que dispensaría 12.000 millones de dólares en ayudas a los productores agrícolas perjudicados, por ejemplo, por la caída en barrena del precio de la soja a causa de los litigios arancelarios.

Además, Europa ha reaccionado a lo campeón. Torea (¡unida!) a los anglosajones mejor que a sus extremistas domésticos. Merkel recibió la elección de Trump prometiendo colaborar “desde los valores europeos”: con firmeza y flexibilidad.

Y con ironía, como la desplegada por la señora PESC, Federica Mogherini, este lunes: “La pregunta”, para Trump, “sería más bien, ¿a quién considera amigo?”; “EE UU es nuestro amigo”, retranqueó.

Firmeza. Bruselas no dudó en responder a los aranceles del acero con una malvada represalia a productos míticos de la leyenda americana, motos, vaqueros, bourbon. Dio en el clavo. Y de paso postuló el apoyo a la compra de armamento continental, America second.

Flexibilidad. Sugirió al tiempo un pacto global para reducir a cero los aranceles sobre la automoción, que también es global. Lo reiteró Juncker en la Casa Blanca, con la tranquilidad de que la protección aduanera media de la UE ante EE UU no llega al 3% y la inversa norteamericana supera el 3,3%. O sea, es falsa esa muletilla trumpista de que “el mundo nos roba”.

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