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Checkpoint Charlie es hoy Disneylandia

Los pasos fronterizos del muro de Berlín son hoy un lugar de turismo

Un grupo de turistas visita el antiguo paso fronterizo 'Checkpoint Charlie' Ampliar foto
Un grupo de turistas visita el antiguo paso fronterizo 'Checkpoint Charlie' Reuters

El 9 de noviembre de 1989, el teniente coronel de la Stasi, Harald Jäger tenía, sin saberlo, una cita con la historia. Esa madrugada, Jäger, a bordo de un vehículo oficial, se dirigió al cruce fronterizo de la Bornholmerstrasse, en Berlín este, donde debía permanecer las próximas 24 horas al mando de un grupo de soldados que tenían la orden de disparar si alguien se atrevía a cruzar el Muro que dividía las dos Alemanias sin un permiso oficial.

La tranquila y bien ordenada vida del teniente coronel comenzó a cambiar radicalmente cuando vio, mientras cenaba, la rueda de prensa de Günther Schawowski, portavoz del Comité Central, en la que erróneamente informó de que las leyes para viajar al extranjero quedaban derogadas inmediatamente. Cuando Jäger escuchó las dos palabras mágicas que pronunció ese día a las 18.53 horas Schawowski, “Ab sofort” (inmediatamente), se le atragantó la comida y exclamó en voz alta: “¡Que tonterías dice este hombre!”.

Las “tonterías” de Schawowsky se convirtieron en menos de tres horas en una pesadilla para Harald Jäger. Cuando vio a una multitud que gritaba “¡abran las barreras!” frente a la caseta de vigilancia, el teniente coronel dio la orden, sin consultar a sus superiores, de levantarlas. “Esa noche me di cuenta que la República Democrática Alemana [RDA] estaba condenada a desaparecer y el que el Muro ya no se podía defender, ni siquiera con las armas”, suele repetir el exoficial de la Stasi, que tuvo esa noche el raro honor de ser el primer oficial que abrió el Muro para que sus compatriotas pudieran llegar al sector occidental de la ciudad.

En menos de una hora, 20.000 personas cruzaron el control, entre ellas una desconocida doctora de física cuántica, que se dejó llevar por la multitud cuando abandonó la sauna que visitaba todos los jueves. Angela Merkel –esa desconocida doctora, ahora canciller alemana-- había escuchado las noticias, pero prefirió cumplir primero con su cita semanal.

Veinticinco años después ya no quedan rastros de las edificaciones donde trabajaba Jäger. En su lugar, las autoridades inauguraron hace cuatro años la plaza 9 de noviembre. Un tardío homenaje a la odisea que tuvo lugar en la Bornholmerstrasse. Pero ahora, y a pesar de la pesada carga histórica que encierra el lugar, el antiguo paso fronterizo languidece en medio de la recuperada normalidad y nadie se interesa por visitarlo.

Hace cinco años, el antiguo paso de la Bornholmerstrasse vivió un momento de gloria, cuando la canciller Angela Merkel, acompañada por el expresidente polaco Lech Walesa y el exmandatario ruso Mijail Gorbachov caminaron por el puente, en un gesto que tenía la meta de recodar la noche del 9 de noviembre y, al mismo tiempo, resaltar la importancia que tuvo la caída del Muro para Alemania y Europa.

En el mismo lugar, donde Jäger ordenó levantar las barreras sin consultar a sus superiores, la canciller rindió un nuevo homenaje al último mandatario soviético y al antiguo líder sindical polaco al recordar el significado que tuvieron en la destrucción del totalitarismo comunista que inició el sindicato Solidaridad. “El movimiento sindical en Polonia fue un alzamiento valeroso y un increíble aliciente para la población de la República Democrática Alemana [RDA]”, dijo la canciller. “Usted tuvo el valor de permitir que los sucesos siguieran su curso, y eso fue mucho más de lo podríamos haber esperado. Le doy las gracias de todo corazón por ello”, destacó Merkel en aquella ocasión, al recordar la actitud que tuvo Gorbachov.

En cambio, el famoso y siniestro Tränenpalast (Palacio de las lágrimas), ubicado a un costado de la estación Bahnhof Friedrichstrasse, logró sobrevivir al olvido gracias a una iniciativa oficial. En el mes de septiembre de 2011, la canciller Merkel inauguró una exposición permanente en el edificio, que documenta quizás uno de los capítulos más negros de la división que vivió el país desde que las autoridades de la RDA decidieron construir el famoso muro de Berlín para impedir el éxodo creciente de ciudadanos que huían de la zona soviética atraídos por el milagro económico que imperaba en la zona occidental.

El pabellón servía de entrada a las catacumbas del metro de la Bahnhof Friedrichstrasse para todos los visitantes que, después de visitar a sus familiares abandonaban Berlin Este. No era raro que los que se quedaban rompieran a llorar cuando despedían a sus parientes y amigos, como hizo varias veces Angela Merkel, que acompañó a sus padres para despedir a su abuela. “Era muy triste y no sabíamos si la volveríamos a ver”, admitió la canciller cuando inauguró el museo en el Palacio, que muestra las casetas de control de pasaportes, fotos y películas de la época, además de una enorme maqueta que reproduce los laberintos de la estación, quizás la terminal ferroviaria más vigilada del mundo en su época, y el camino que debían seguir los que llegaban a la capital de la RDA y los que la abandonaban.

El edificio, construido en 1962, fue el cruce fronterizo más concurrido y siniestro de Berlín. Según la Stasi, un año antes de la caída del Muro, pasaron por el Tränenpalast 10,3 millones de personas. El pabellón sobrevivió a la destrucción de la memoria socialista y durante 16 años fue utilizado como discoteca y salón de fiestas. El lugar es ahora una reliquia nacional y visita obligada para todas las personas que desean conocer uno de los símbolos de la división de la ciudad y del país.

Hace 25 años, el Checkpoint Charlie estaba marcado por la magia del espionaje y la tensión que impuso la Guerra Fría a ambos lados de la ciudad. Fue aquí donde estuvo a punto de estallar la tercera Guerra Mundial, cuando el general estadounidense Lucius D. Clay decidió enviar 10 tanques M48 al cruce para hacer saber al enemigo que su país estaba dispuesto a todo para que se respetasen los acuerdos que regían en la ciudad dividida en cuatro sectores: el soviético, el francés, el inglés y el estadounidense.

La respuesta soviética no tardó en llegar y desde Moscú, Nikita Jruschov -- primer secretario del Partido Comunista de la Unión Soviética-- ordenó enviar 10 tanques T55 al lado oriental del cruce. Durante 16 horas, del 27 al 28 de octubre de 1961, los tanques soviéticos y americanos, separados por 75 metros, se enfrentaron en un duelo silencioso hasta que llegó la orden de dar marcha atrás. Washington había llegado a la conclusión de que Berlín no era un lugar “vital” para arriesgar una nueva guerra con la Unión Soviética.

La fiebre que nació en la ciudad después del 9 de noviembre acabó con el muro que dividía la Friedrichstrasse. Derribó las siniestras torretas desde donde los fanáticos soldados controlaban con sus prismáticos el tráfico humano e hizo desaparecer el aire espeso de la Guerra Fría que se podía respirar en una época en la que se sabía para qué y por qué se luchaba. Pero la dinámica de la ciudad y la poca visión histórica de las autoridades convirtió al famoso cruce fronterizo de Berlin en una especie de Disneylandia, donde comerciantes ambulantes ofrecen parafernalia militar de la URSS y de la RDA y donde en un terreno baldío, que hace 25 años estaba sembrado de alambres de espino, ahora funciona la llamada Charlie’s Beach, donde se pueden comer tapas españolas, hamburguesas y las clásicas currywurst, salchichas asadas cubiertas con kétchup y un polvo con sabor a curry.

En una esquina del terreno, alguien instaló una imitación de muro. Por allí desfilan, como cada día, cientos de turistas que se dejan fotografiar mientras que un grupo de estudiantes disfrazados con uniformes del ejército estadounidense cobran dos euros por una foto frente a la imitación de la caseta aliada, donde hasta el 9 de noviembre de 1989, se advertía al turista extranjero que estaba abandonando el territorio aliado. La caseta original, que fue retirada en julio de 1990, se encuentra en un museo de Berlín.

La afluencia de turistas al famoso ex Checkpoint Charlie también convirtió al lugar en un lucrativo negocio para los carteristas. Según una investigación realizada por el periódico de Berlin B.Z, en los últimos cinco años, el número de robos ha aumentado cinco veces, algo impensable hace 25 años, cuando en el cruce reinaba el orden regido por las leyes de la Guerra Fría.