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A GUSTO
Columna
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La comida triste del tren y su fauna

En la oferta gastronómica para los viajeros, sólo hay chocolatinas, ‘snacks’ y sándwiches plastificados

Proxima parada - GASTRO
FERNANDO HERNÁNDEZ / Getty
Maria Nicolau

Viajo a 300 kilómetros por hora y, por el pasillo central del tren, pasa una azafata empujando un carrito al grito de “¡codos, pies, rodillas!”. “¿Que si quiero o que si tengo?”, pienso. Sonrío para mis adentros, me recojo en el asiento para que el trasto no me atropelle, y disfruto unos instantes de imaginar a esa chica lanzando extremidades sanguinolentas a una turba risueña de pasajeros zombis sibaritas que, inquietos, pese al desasosiego perenne que corroe a los no-muertos por dentro, mantienen una compostura perfecta. Todos llevan auriculares, la camisa bien planchada y el cinturón de seguridad abrochado.

A mi izquierda, una pareja joven se las ve con un niño al que le chirrían las juntas, completamente entregado en cuerpo y alma a la tarea de doblegar la voluntad de sus padres a base de gemir de aburrimiento. El trayecto no ha hecho más que empezar y me reconozco con una fuerza de voluntad menor que la del pequeño. Recojo los bártulos y emigro al vagón cafetería. Los trenes Ouigo, la empresa francesa que cubre los trayectos Madrid-Barcelona a bajo coste, son más incómodos que los AVE, pero, para compensar, tienen taburetes en el vagón restaurante.

La fantasía del cántico “codos, pies, rodillas” se queda en eso, una fantasía. No se traduce en codillo asado, manitas de cerdo o caldito de ternera reconfortante en los paneles iluminados que anuncian, desde el fondo de la barra de acero, la oferta gastronómica para los viajeros. Sólo hay chocolatinas, snacks y sándwiches plastificados, y pido una infusión. La innovación en la comida de quinta gama, precocinada y envasada, debió de inventarse para otros fines, supongo.

Me instalo en una esquina, dejo el bolso a mi lado y me dispongo a seguir con la lectura que me ocupa estos días. Pero no consigo leer una sola línea. De pie, a dos metros de mí, un exaltado de la cuerda de Llados, ese cantamañanas con especial inquina contra las barrigas, que cobra 1.000 euros de tique de entrada a los señores para insultarlos y verlos hacer flexiones y saltar durante una hora en eventos exclusivos en salones de hoteles, le está calentando la cabeza un pobre chaval. Lo tiene acorralado. “Tienes que encontrar tu sueño y ponerlo a facturar, y tienes que conquistar mujeres, muchas mujeres. Coleccionar braguitas. El secreto para conseguirlo es escuchar, tío. Te lo digo yo. Yo abrí los ojos hace poco, ¡como tú!”, le explica. “Aluciné con cómo escuchar hace sentir especiales a las hembras, tío. Todo se basa en quedarse quieto y callado y mantener los ojos muy abiertos, ladear la cabeza de vez en cuando y fijar la mirada en su barbilla. Desde que lo descubrí vivo la vida de mis sueños”. Se le ve hinchado de ese entusiasmo expansivo que, de lejos, a una distancia de unos dos metros, se podría confundir con desesperación. La semana que viene se marcha diez días de retiro a Ciudad de México, dice, para desconectar. Hoy está en la versión low-cost del AVE invirtiendo dos horas de su tiempo valioso en comerle la oreja a un mochilero.

Cierro el libro, recojo el bolso y la infusión, pido una tapa de plástico para el vaso al pasar por la barra del bar, y me vuelvo a mi sitio. La pareja con el niño ha desaparecido y, de entre la bruma de silencio espeso que embute el vagón, emerge la conversación del grupo de cuatro que ocupa el compartimento al otro lado del pasillo.

“Nosotros fuimos los primeros en traer el brunch a Barcelona. Somos unos pioneros”. Sorben Coca-Cola cero y Aquarius mientras comen mezclum en blísteres de cartón reciclable. Abren las cápsulas de aliño, las vacían sobre las ensaladas y tiran los envases al suelo.

Me levanto un momento del asiento para recolocar la mochila en el compartimento superior y, con disimulo, echo un vistazo a los zapatos del joven de flequillo ondulado que habla. Debe rondar los 35 y pregunta “¿qué puede costar un aguacate medio?” a sus compañeros. “Soy un experimentador, un apasionado del producto”, añade. Lleva zapatos de piel cosida, con suela de madera y cordones. “Hago unas lentejas excelentes. Sin patata ni morcilla ni nada de eso. Con foie. La cocina si la haces con amor y disfrutando se nota. Tienes que apuntar al 10 para conseguir un 7″. Le reconozco. Su padre es un conocido empresario, presidente y fundador de lo que hoy es un pequeño gran imperio gastronómico; un hombre hecho a sí mismo, de aquellos que empezaron pequeño y, a fuerza de riesgo y talento, crecieron. El joven, de calzado caro, paladar infantil y modales de señorito que no barre su propia casa, es un cóctel de tópicos trillados con la prepotencia resultante de mezclar una vida de confort, el apellido y la herencia paternos, y el poderío físico de la treintena.

El problema de este “apasionado del producto” es que “en cada sitio tienen costumbres distintas y, claro, hay que convencerles. En Barcelona, Málaga, Valencia o Mallorca ya estamos picando piedra, ¡somos el futuro! Para esto estáis vosotros. Queremos un equipo joven. Podemos pagar el aguacate al precio que nos dé la gana si compramos cantidad”.

Pienso en el día que mi madre mandó astillar y quemar la mesa larga de madera maciza de roble americano donde comía toda la familia, hecha a mano por mi abuelo, y la cambió por una plegable de aglomerado rechapado de melamina, porque era más moderna. Me bajo del tren.

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Sobre la firma

Maria Nicolau
Es cocinera de oficio y por vocación. Durante más de veinticinco años ha trabajado en restaurantes de España y Francia. Autora del libro ‘Cocina o Barbarie’, prologado por Joan Roca en catalán y Dabiz Muñoz en castellano. Actualmente vive en Vilanova de Sau, Osona, donde ha conducido el restaurante de cocina catalana El Ferrer de Tall.
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