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Micah P. Hinson: “Estados Unidos está repleto de malditos nacionalistas y fanáticos cristianos tratando de echar a todo el mundo”

Criado en una secta religiosa en Texas, vagabundeó, fue adicto a las drogas, el alcohol y el fentanilo y cayó en una depresión. Iba a dejar la música, pero tomó una decisión “cósmica”: separarse de su familia e irse de EE UU, país que ya no reconoce. Se instaló en Madrid y resucitó

Micah P. Hinson asegura que está “contento” de vivir en Madrid.Jacobo Medrano

Micah P. Hinson (Memphis, 44 años) se ha convertido en un buen vecino del barrio madrileño de Carabanchel. Y, quizá para él, un músico estadounidense criado en Texas que ha trotado por medio mundo y sobrevivido a más de una batalla existencial que casi acaba con él, sea todo un logro. “Llegué a ser capaz de aislarme mucho. Y pensé que era eso la vida”, confesará durante un momento de la larga charla en su piso, un coqueto apartamento de no más de 70 metros cuadrados con amplios ventanales y en el que cuelgan de las paredes ilustraciones hechas por él mismo, un monopatín y sombreros que le gusta vestir. Es un miércoles por la tarde y, después de contestar por el telefonillo con un simple “bajo” en español, aparece por el descansillo sin sombrero, dejando ver una rígida cresta oscura sobre su cabeza rapada y llevando su propia llave para abrir el portal. “Hola. Bienvenido a Carabanchel”, suelta en su español juguetón de marcado acento inglés mientras estrecha la mano con una radiante sonrisa, que se abre como un abanico sobre sus gafas de pasta haciendo titilar los largos pendientes de pluma de sus orejas. “He bajado por las escaleras, pero creo que para subir al tercero es mejor hacerlo por ascensor”, añade ya en inglés. El ascensor es uno de esos antiguos y diminutos elevadores propios del edificio de vivienda social de la parte alta de Carabanchel en el que aguarda la morada de este nuevo vecino del barrio. “Me gusta mucho este vecindario”, afirma antes de abrir la puerta de su casa. “Me siento de Carabanchel”, sentencia.

De un tiempo a esta parte, Carabanchel, el barrio cuyo buque insignia siempre ha sido la leyenda del rock urbano Rosendo, se ha convertido en un lugar que acoge a muchos artistas que han revitalizado la vida cultural de la zona. De entre tanto agitador artístico, pocos son extranjeros y también pocos o ninguno con una historia de renacimiento tan potente como la de Micah P. Hinson, un francotirador de calidad de la música norteamericana que, sin ser un superventas ni una estrella de primera línea, se hizo muy querido en la primera década del siglo XXI en los círculos melómanos y del indie español gracias a su emotiva forma de unir folk y rock. También porque sufrió un accidente de coche cuando viajaba a Barcelona con la banda zaragozana Tachenko. Un golpe que casi acaba con la vida de todos. “Deberíamos haber muerto en ese accidente. Fue un milagro salir vivos. A mí se me rompieron los nervios de los brazos y tardé ocho meses en poder usarlos y tocar. Fue muy duro”, recuerda. Sin embargo, en los últimos años estuvo desaparecido. En 2025, regresó con The Tomorrow Man, un notable álbum orquestal que ha supuesto toda una catarsis para un hombre que, según reconoce, estuvo a punto de dejar la música cuatro o cinco años atrás. “Lo valoré seriamente”, cuenta. “Sentí que todo iba mal porque me ahogaba de todas las maneras. Había firmado por un sello discográfico británico llamado Full Time Hobby y no me querían adelantar un poquísimo dinero para que pudiera grabar un puñado de canciones. Fue un desgaste porque, además, mi cabeza llevaba mal mucho tiempo. Entonces, empecé a prepararme para cerrar todo este asunto de la música. Pensaba que había tenido una buena carrera de 16 años, había viajado por el mundo y publicado algunos buenos discos de los que podía sentirme orgulloso. Daba por hecho que el maldito universo tenía un plan diferente para mí”.

Micah P. Hinson, fotografiado en el Espacio Amazonas, en Carabanchel.

Hoy, Hinson cuenta orgulloso que desoyó las supuestas llamadas del universo y vive “contento”, que no feliz, en Carabanchel. “Felicidad es una palabra jodidamente peligrosa, tío… En general, me siento muy contento con cómo van las cosas. Por supuesto, siempre puedo ser una mejor persona”. Parte de esta satisfacción viene de la decisión que tomó de quedarse a vivir en Madrid, donde reside su pareja colombiana, y, más concretamente, en Carabanchel, un barrio que “no es español”. “Los únicos españoles que veo son ancianos en silla de ruedas que se dejan llevar por sus ayudantes latinas y cosas así. Como yo soy inmigrante, me parece apropiado estar en un vecindario como este. Me encanta ir por ahí y ver a la gente, a todos los seres humanos hermosos de Perú, Chile, Colombia y Argentina. Este parece ser un lugar al que han venido a vivir sus vidas, como yo”, explica. “No tengo coche, así que, si quiero ir a lugares tengo que usar mis piernas o tomar el metro. Me encanta. En este barrio, si quiero un par de zapatos, voy a la zapatería. Si necesito una pintura, voy a la tienda de pinturas. En Estados Unidos, esto no existe. Solo tenemos un único lugar al que ir: el centro comercial. Es una pesadilla capitalista asentada allí. No creo que sea saludable para la humanidad”.

Micah P. Hinson dice que le preocupan los tiempos actuales. “Es muy difícil luchar contra la ignorancia. Estamos enfocados en el vacío”, asegura.

Romper con esa manera de entender la ciudad no es con lo único con lo que ha roto este músico que ahora busca ser más humano. Para su resurrección, Micah P. Hinson ha tenido que romper con mucho más. Por ejemplo, con el American Way of Life, algo que afectó directamente a su familia. “Era infeliz y mucho venía de querer seguir las pautas de la estructura del sueño americano”, cuenta. “Tenía casa, esposa, hijos, trabajo y todas esas cosas del sueño americano. Pero no me tenía a mí. Me sentía muy miserable. Trabajaba en una pizzería por el día y en un videoclub por la noche. Recuerdo que llegué a casa, hacía mucho tiempo que no escribía una canción de verdad y sentí que había algo dentro de mí. Y, entonces, me puse a escribir. Aún llevaba puesta mi ropa de trabajo, que estaba sucia cubierta de harina. Mis hijos estaban en el salón haciendo lo que fuera que estuvieran haciendo, y me salió la canción ‘Think of Me’”. Con su cuidado toque orquestal, ‘Think of Me’ es una bella balada en la que Micah P. Hinson cuestiona su lugar en el mundo y canta: “El viento se llevará la lluvia que cae sobre mí / Deséame las palabras que no puedo encontrar”. Sentado sobre el sofá de su casa de Carabanchel, lo recuerda así: “Los acordes, las palabras, todo llegó muy rápido. Pensé: ¡Todavía puedo escribir canciones! Tuve como un cambio cósmico en mi existencia y me dejó noqueado unos días. En ese tiempo, decidí que el pasado y el presente iban a estar conmigo, pero que ya era momento de concentrarme en el futuro”. Ese futuro pasaba por divorciarse de su mujer y romper una familia con cuatro hijos.

MICAH P HINSON.

En una mesa del salón, justo donde el músico pone a cargar su móvil y hay una lamparita, descansa una fotografía de sus cuatro hijos. Se levanta del sofá y la coge. Dice sus nombres y explica cómo son cada uno de ellos. “Tengo una relación extraña con mis hijos. Estamos conectados en un nivel espiritual y eso que los veo tres veces al año. Estoy esperando a conseguir su pasaporte para que puedan venir más”. Se detiene más en la última niña, Lula. “Fue concebida en un momento muy inoportuno. Hay algunas personas en esta vida que piensan que, si tienen un problema con su relación, un bebé lo solucionará todo. Eso es una locura. Yo lo hice”. Hinson recupera su sitio en el sofá. La luz de la tarde va menguando, tal y como se ve por el ventanal que queda detrás de su figura. Vuelve a encenderse otro cigarro. Fuma mucho y rápido, tanto como su capacidad de hablar sobre todo lo que tiene en la cabeza. “Arruiné todo ese maldito asunto del sueño familiar, tío. Exploté, la verdad. Me cambié, choqué, encontré el asiento impulsor de mi vida y salté directo al maldito cielo. Y fue difícil por mis hijos y porque había otras muchas cadenas. Una era la religión: mi idea de Jesucristo y de Dios tenía que ver con el concepto de vergüenza. Tuve que darme cuenta por mí mismo de que no necesitaba un Dios invisible que me dijera quién tenía que ser”.

El disco se titula The Tomorrow Man, el hombre de mañana, porque, precisamente hace referencia al hombre que buscaba ser, uno bien distinto. “Por así decirlo, he tenido que crear casi una personalidad alternativa para mí”, confiesa. Y, si es así, fue porque el pasado y la religión siempre pesaron mucho en su existencia. Nacido en Memphis, Micah se mudó de niño a Abilene, en el Estado de Texas, donde su familia pudo desarrollar sus férreas convicciones religiosas dentro de una secta llamada La Iglesia de Cristo. “Pensaba que éramos como los cristianos normales, pero a medida que fui creciendo me di cuenta de que éramos unos malditos fanáticos”, asegura. “Siempre he visto la religión en mi casa desde fuera. La gente hablaba de la oración, leer la Biblia y la salvación, pero yo nunca lo quise. Todos los que me rodeaban estaban muy interesados en ello y aparentemente sentían el amor de Dios, pero yo no lo sentí”. Ser tan distinto a su entorno tuvo sus consecuencias: Micah no encajaba en un molde tan cerrado que no ofrecía alternativas. Era la religión o la calle. Y se quedó con la calle. Con menos de 20 años, empezó a consumir drogas después de andar liándose con una viuda mayor a la que llamaba “la viuda negra”. Y se metió en problemas: pasó una temporada en la cárcel acusado de consumo de drogas y falsificar recetas de medicamentos. Al salir de la cárcel, fue expulsado de su casa por sus padres y se vio forzado a vivir como un vagabundo. A veces, dormía en casas de amigos y, otras, en un motel, donde empezó a componer sus primeras canciones. “La música es como una burbuja en la que podemos hacer todo lo posible para silenciar durante un tiempo el caos y el ruido de ser humanos. Hace que las personas se sientan menos solas”, señala.

MICAH P HINSON.

El músico habla mirando a todas partes de su pequeño salón, pero cuando fija la mirada en su interlocutor se percibe un brillo de intensidad. Su mirada es profunda y cálida y se hace más cálida cuando, al ir a responder cualquier cuestión, pide perdón por anticipado por si al final se explaya con la respuesta. Lo hace, pero no regatea con las palabras ni consigo mismo. Habla a corazón abierto y afronta sin titubear todas las cuestiones: el divorcio, los hijos, las drogas, el alcohol, la cárcel, el fanatismo religioso… y la depresión. Esta última cuestión es un asunto complejo porque, según su propia trayectoria vital, es algo que nunca supo definir del todo. Sentirse tan distinto a una familia tan estricta cree que le ha perseguido desde niño. “Todo esto es interesante porque mi padre, aparte de ser un consejero espiritual de la secta, es psicólogo de profesión. Crecí con el tema de la salud mental hablándose en mi casa desde siempre. Como yo no encajaba, me llevaron a un consejero en la adolescencia y hablamos sobre mi depresión. Y él me preguntó: ‘Oye, ¿estás triste o deprimido?’ Y yo dije: ‘Bueno, ¿cuál es la diferencia?’. Y me dijo: ‘La tristeza se va. La depresión crea un hogar a tu alrededor. La tristeza es como el viento’. Así que fue algo importante para mí entenderlo porque quise que la depresión nunca fuera mi hogar, pero me he pasado toda la vida hablando de ella y ahora quiero pensar que realmente he vivido con una gran tristeza”.

Depresión o gran tristeza, Micah P. Hinson ha luchado siempre por ser él mismo, como lo son sus canciones tan personales que, a veces, al escucharlas sientes al hombre que respira con ellas. También ha luchado contra las circunstancias, incluidas su familia, pero también su país. “La tristeza me llevó a un modo de vida y un modo de vida me hizo tener algunos problemas de salud a lo largo de los años. Los médicos de Texas me recetaron un medicamento llamado fentanilo, que está matando a personas en mi país y está convirtiendo a todos en malditos zombis. Es un jodida droga milagrosa que te hace estar bien, pero me di cuenta de que ya no comía, no bebía y parecía un maldito esqueleto. Te vuelve adicto y, entonces, ya estás acabado. Les dije a los médicos que había llegado el momento de dejar el fentanilo y se mostraron muy escépticos. Pensaron que no debía hacerlo. No paraban de decirme: ‘Oye, esto no te está haciendo nada malo. Vas a estar bien’. Pero me opuse tajantemente: ‘No, voy a dejar esta droga, joder’. Y me hicieron una prueba, encontraron marihuana en mi organismo y me echaron del consultorio alegando que estaba consumiendo drogas ilegales. Y les dije: ‘Esperad, me estáis dando fentanilo. ¿De qué vais, cabrones?’”. Hace un largo silencio y añade: “Tío, era un maldito drogadicto cansado de la vida, de la presión de la secta de mi familia, de los médicos… Llegué a contemplar el suicidio y todas esas cosas grandiosas. Pero, por suerte, tenía todavía algo de humanidad dentro de mí que me hizo detener todas esas tonterías en mi cabeza”.

MICAH P HINSON

El músico, que ha ofrecido agua o té al entrar en su piso, habla frente a un vaso de agua. Ya no bebe alcohol porque antes se bebía hasta la última gota. Tras repasar sus problemas, se mete a hacerlo con los del país donde nació y creció. “En la sociedad estadounidense hablar del suicidio es algo vergonzoso. Nadie quiere pararse hablar sobre ello porque eso quizá te lleve a hablar de sus causas. Del sistema. De todas esas existencias que soportan tanto cada día. Mejor que desaparezcan sin hacer ruido o se conviertan en zombis. La verdadera vergüenza en mi país es que anularon el derecho al aborto en muchos estados. Ahora, también el matrimonio homosexual. Y quieren conseguir que los nativos norteamericanos no sean reconocidos como ciudadanos. El Gobierno de mi país está haciendo listas para los nativos y separarlos de los blancos que dominan el cotarro. ¿Qué carajo es eso? Pensé que este tema ya había sido abordado hace 100 años y ahora queremos hacer distinciones. Todas estas cosas son presiones para la gente que ya tiene la presión para sobrevivir en un sistema ultra capitalista”. Con su tez morena, Hinson guarda ascendencia de nativos americanos por parte de su abuela. Tiene sangre de la tribu Chickasaw, pueblo indígena originario de Misisipí y Alabama. “Ese linaje se remonta al de mi abuela por un tiempo in memoriam, tío. Y, si me siento contigo hoy como un hombre blanco, es porque los hombres blancos se follaban a mis abuelas durante 700 años. Así es. Pura hipocresía. Hay una verdadera crisis de identidad. El Gobierno lo que quiere es suprimir la parte que no le gusta que se sepa”. Y, sin parar de hablar, hila ideas: “La actitud de mi país no es nada nueva. Lleva así desde 1540 que llegaron los españoles con sus atuendos y cruces de Cristo y, luego, nos metieron la religión más a saco los ingleses, holandeses, franceses e italianos. Todo de forma silenciosa. Pero ahora ya ni eso. Ahora, vivimos con un Gobierno que está secuestrando a morenos de las malditas calles para deportarlos. Yo soy algo moreno y hablo algo español. Soy un peligro para mi Gobierno. Como lo son mis amigos homosexuales y los trans. En Texas tengo un problema. Lo sabe la madre de mis hijos. Mis hijos van a un colegio en Texas y allí se acaba de aprobar una ley para que en cada aula se vean los diez mandamientos y se lean. Tengo un problema incluso con esta entrevista porque la Gran Máquina del Gobierno puede detectar mis palabras y no creo que vivamos ya en el mismo país libre que siempre hemos creído vivir. Hay un versículo en la Biblia que dice que cuando una persona extranjera entra en tu tierra, la tratas como si fuera tu verdadero hermano. Pero ellos no lo leen. Interpretan la Biblia a su antojo. Y aquí estamos ahora en mi país con todos esos malditos nacionalistas y fanáticos cristianos tratando de echar a todo el mundo”.

Hinson se levanta otra vez del sofá. Va a la colección de discos y saca Lux, el último álbum de Rosalía. Ha comprado el vinilo hace unos días. “Me dejé 50 malditos euros”, dice con una sonrisa. “He estado leyendo mucho sobre ella. Hablaba de la soledad de las relaciones, del vacío en el sexo, de más cosas humanas relacionadas con la soledad y la incomprensión… Se me hizo muy extraño porque yo hablo de lo mismo en mi nuevo disco. Joder, es que los dos además apostamos para llenar ese vacío con orquestas. Entiendo que ante esa soledad podemos encontrar a Dios, pero pensé: ‘¿Es esa toda la propuesta?’. Soy un maldito gringo y puede que sepa de que va esto. ¿Quizá toda esa soledad que siente Rosalía como mujer y como ser humano tiene que ver precisamente con las enseñanzas de ese Dios? Me gustaría ser más famoso para tal vez poder conocerla y estar con ella en una habitación y poder hablar de todo esto. Porque los seres humanos somos espirituales y quizá no hay vida más allá o, por suerte, no estamos solos, pero tenemos conciencia y debemos entablar relaciones”.

Las luces anaranjadas de las farolas brillan por detrás de Hinson, que sigue sentado en su sofá con su cenicero a rebosar. Vuelve a recordar que la música está para acabar con el caos. Dice que eso lo aprendió al escuchar de joven a Bob Dylan, Leonard Cohen o John Denver. “Cuando falleció Denver sentí que había perdido a un familiar. Fue la música de mi infancia porque era la única que toleraban mis padres”. Y añade: “Aunque el último artista que cambió mi vida ha sido Juan Gabriel, que conocí de mis viajes a México y es todo intensidad”. A contraluz y con esa cresta tiesa y largos pendientes de pluma colgando, Micah P. Hinson se da aún más un aire a uno de esos indios Chickasaw. “Si tuviera que hablar de un solo miedo, diría que temo por el alma humana”, confiesa. “Pienso que el objetivo de vivir es entablar experiencias compartidas, pero cada vez tenemos menos. Con la Inteligencia Artificial, las redes sociales y el mundo cómo avanza, nos estamos alejando de ello y de comunicar amor, algo esencial. Pero es muy difícil luchar contra la ignorancia. Me temo que vivimos en tiempos que no entendemos. Y en lugar de dedicar ese tiempo a abrir un libro, a tener una conversación o a escribir algo, estábamos poniendo toda nuestra energía en el vacío…”, reflexiona. Se queda unos segundos callado y recupera la palabra: “Tampoco creo que sea necesario un dios o un maldito cuento de hadas ficticio para decirme la verdad de la vida. Creo que necesitamos ser más conscientes como sociedad mundial de lo que no estamos haciendo bien. Sí, tío, me preocupa mucho que el mundo esté ardiendo y andemos sólo preocupados de las malditas publicaciones en Instagram”.

Toca despedirse con la noche ya en la calle. Micah P. Hinson, el vecino de Carabanchel, se pone de pie y, justo unos segundos después, mira por el ventanal de su salón y dice: “¡Carabanchel! ¡Mi barrio! Creo que iré dándome un paseo para comprar algo de cenar. Vuelve cuando quieras”.

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