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El abuelo Rosendo y punto

El músico madrileño, que se jubiló el pasado año, cumple 65 años con el aura intacta de ser el gran abanderado del rock urbano español

Rosendo, entrevistado en Madrid en 2015.
Rosendo, entrevistado en Madrid en 2015.

Lleva tanto tiempo dando guerra e incordiando que, a veces, cabe preguntarse qué fue antes en España: ¿el rock urbano o Rosendo? El músico madrileño cumple hoy 65 años, de los cuales casi 50 ha estado subido a un escenario. En 2018, anunció que se retiraba y muchos se llevaron las manos a la cabeza. Rosendo Mercado, más conocido como El abuelo por sus fans, parecía no acabarse nunca.

El abuelo anda jubilado desde que dio su último concierto en Barcelona el pasado 23 de diciembre. Es un retiro voluntario, que ya anunció el pasado marzo en un comunicado. “Ni quemarse ni desvanecerse, dejarlo en lo más alto”, apuntó. Una idea que fue defendiendo en sus distintas actuaciones a modo de despedida durante 2018. Y así lo ha dejado, en lo alto, con ganas de más a un público fiel y entregado a la causa de este superviviente sin aires de estrella, aunque en Madrid llegó un momento que no podía ni salir a comprar el pan, como le pasa, por ejemplo, a Sabina.

Pese a esta retirada efectiva, no se puede creer realmente que el telón haya caído para siempre. Es casi imposible que no se vuelva a ver a Rosendo sobre un escenario en el futuro. Terminará atendiendo a necesidades personales, ese gusanillo que le salta a todo músico, tras el descanso del guerrero, y razones de lógica como colaboraciones emblemáticas y apariciones solidarias. Incluso no hay que descartar que termine por llegar un concierto de homenaje con su participación. Mientras tanto, él ha reconocido que seguirá componiendo en el pueblo donde vive ahora, alejado de la capital. Del rock no se sale. Rosendo menos.

Aún con sus dejes repetitivos y la falta de una exploración artística más atrevida, Rosendo solo hay uno. Criado en los barrios de Lavapiés y Carabanchel, este músico, que se dio a conocer en Ñu dentro de lo que se conoció como el rollo y luego se hizo un referente en Leño, ha radiografiado a la sociedad española con ojo combativo e ingenioso. Siempre disparando con su rock áspero. Con sus greñas y su acento barrial, es el epítome del rock urbano, un género que, si bien ya no vive el esplendor de décadas pasadas, sobrevive en la trinchera, con su espíritu de extrarradio. Fuera de los intereses de la industria discográfica actual y del radar de los medios de comunicación, aún surgen bandas y músicos que encuentran inspiración en el estilo ceñudo y guerrero de Rosendo.

No es de extrañar. Rosendo, el más imperfecto de los músicos que nunca fallan, siempre ha sido digno de estudio. No tiene virtudes sobresalientes como músico ni cantante y, con todo, ha construido un artista mayúsculo e irrompible, todo calle, todo filo, todo pegada, nada insobornable. Su carisma es como el de los líderes que inspiran al generar confianza, pero también al ser de los pocos que se ponen en primera línea de batalla.

Demonios cómo ha cantado siempre, con esa urgencia y socarronería tan propias del barrio, tan vivas y reales, jugándose el tipo con su aura de perdedor melenudo pero con chulería. Como decía Luz Casal, con quien ha compartido tan buenos momentos sobre un escenario, Rosendo no hubiese durado ni una clase en la academia de canto a la que acudió ella de joven, pero a ver cómo narices conseguían los profesores sacar de sus alumnos lo que transmitía el feo -así le gritan en sus conciertos sus fans-. Su voz ácida e imperfecta es rock and roll puro. Suena a bar de la esquina, a noche de parranda, a amanecer con resaca orgullosa. Y, ciertamente, Rosendo jamás hubiese durado un minuto en Operación Triunfo. Ni siquiera habría pasado el corte preliminar.

Su jerga es imbatible. Las letras de sus mejores canciones son como refranes populares, capaces de interpretar la realidad con un poderoso pragmatismo, como sacadas de la filosofía vital de Sancho Panza, que simboliza a toda una España. Además, tienen una gloriosa fuerza de enganche psicológico, que ya quisieran para sí muchos poetas. Bastaría con citar frases como “veo, veo mamoneo” o “voy a ser el enemigo disparando pan de higo” para entender el magnífico verbo de albañil, cuyo cancionero está repleto de esos fogonazos callejeros que tienen ritmo y concordancia, que iluminan en su corte sarcástico.

Afirmaba Rosendo en la última entrevista con este periódico: “El rock es mala leche. Y punto”. Parafraseándole, se puede concluir que, gracias a esa mala leche, a sus 65 años, el abuelo Rosendo es único. Y punto.

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