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Palos de ciego
Columna
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Cervantes era mujer

Inventar un pasado mejor de lo que fue sólo contribuye a preparar un futuro peor de lo que podría ser

Fotograma de la película 'Jeanne Dielman 23 quai du commerce', dirigida por Chantal Akerman.
Fotograma de la película 'Jeanne Dielman 23 quai du commerce', dirigida por Chantal Akerman.Paradise films (Unite trois / Collection ChristopheL / AFP)
Javier Cercas

Por fin la he visto. Me refiero, claro está, a Jeanne Dielman, la película de Chantal Akerman elegida por los críticos de la revista Sight & Sound como mejor película de la historia. Por supuesto, no hay que hacer ni caso de esa clase de encuestas; por supuesto, todos se lo hacemos: la prueba es este artículo. En el caso de la de S&S, el resultado fue particularmente controvertido (Jeanne Dielman ni siquiera estaba disponible en ninguna plataforma televisiva; ahora puede verse en Filmin): los menos clementes opinan, como Alberto Olmos, que se trata de “una película increíblemente mala”; los más entusiastas, como Paul Schrader, que es “una gran película”. Pero incluso el propio Schrader, autor de buenas películas y guionista de Taxi Driver, sospecha que la votación se amañó, que “la aparición de Jeanne Dielman en el nº 1 socava la credibilidad de la encuesta” y que la obra de Akerman será recordada a partir de ahora “como un hito de la distorsionada revalorización woke”: Akerman fue una lesbiana suicida, y su película, un retrato de la cotidianidad de una viuda belga que se prostituye para mantener a su hijo adolescente, es reivindicada como ejemplo de cine feminista. En cuanto a mí, me pareció una obra muy de época (de una época, mediados de los setenta, que consideraba un mérito rodar películas sin argumento o con un argumento atrofiado, en las que no pasa nada), y confieso que, mientras la veía, más de una vez recordé a aquel militar de El tercer hombre que le cuenta al novelista Joseph Cotten que le encantan sus novelas, porque, mientras las lee, puede seguir pensando en sus cosas. Olmos sostiene que el resultado de la encuesta de S&S constituye un acto de “delincuencia cultural”; yo sólo diré que elevar esta película a la altura de El hombre que mató a Liberty Valance, de Fresas salvajes, de La dolce vita o de El padrino me parece como mínimo una temeridad.

Dicho esto, ¿podría servir para algo bueno? Partamos de lo obvio: la causa de la igualdad entre hombres y mujeres es, junto con la de la preservación del planeta, la más justa de nuestra época. Desde que el mundo es mundo, la mitad de la humanidad le ha tenido el pie en el cuello a la otra, la ha mantenido apartada, postergada, sojuzgada. Esto no es una opinión: es un hecho. Por si hiciera falta alguna prueba de ello, bastaría con recordar que no existe ningún Homero, ningún Dante, ningún Cervantes, ningún Shakespeare mujer; tampoco ningún Ford, ningún Bergman, ningún Fellini, ningún Coppola. Existen, eso sí, Teresa de Ávila, sor Juana Inés de la Cruz, George Eliot o Virginia Woolf (cosa que, dadas sus respectivas circunstancias vitales, es un milagro); pero Cervantes o Ford, ninguna. Hay quien piensa que sí existieron, sólo que el patriarcado las ocultó, sin caer en la cuenta de que, si tales mujeres hubieran existido, no lo hubiera hecho el patriarcado, lo que es falso: todavía en nuestro tiempo, la abolición definitiva de los últimos restos del patriarcado es una tarea tan indispensable (y tan urgente) como en otro tiempo lo fue la definitiva abolición de la esclavitud. No: empeñarse en descubrir las Cervantes y Ford escondidas conduce a la frustración y la melancolía; inventárselas, como ha hecho S&S, conduce a la estafa. El resultado de la encuesta de S&S sólo sirve para desprestigiar la ya desprestigiada crítica cinematográfica, lo que es una calamidad; la flagrante injusticia histórica cometida con las mujeres no se repara inventándose Cervantes y Ford femeninos: se repara poniendo los medios necesarios para que existan. En esas estamos. O deberíamos estar. No es tan rápido como lo de S&S —de hecho, es de una lentitud exasperante—, pero no queda otra.

Insisto: la causa de la igualdad entre hombres y mujeres es la más justa de nuestro tiempo. Pero —insisto también— una buena causa bien defendida es una buena causa, mientras que una buena causa mal defendida corre el riesgo de convertirse en una mala causa. No es el fin lo que justifica los medios sino los medios los que justifican el fin. Inventar un pasado mejor de lo que fue sólo contribuye a preparar un futuro peor de lo que podría ser.

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