Historias de vinos
Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

Breve guía de los mejores vinos blancos italianos para descubrir este verano

Paisajes, variedades y sensaciones sorprendentes que empiezan a tener presencia en España

Viñedos de la bodega Marisa Cuomo, en la costa Amalfitana (Italia).
Viñedos de la bodega Marisa Cuomo, en la costa Amalfitana (Italia).

Para una mayoría de consumidores, el color del vino italiano es tinto, y su foto, las ordenadas colinas jalonadas de cipreses de la Toscana. Como cabe esperar de productores líderes, ni Italia es un gran consumidor de vinos españoles, ni España puede considerarse un paraíso para las etiquetas de sus vecinos del Mediterráneo. Pero, entre el abismo de los frizzanti del supermercado y la gama alta dominada por barolos y brunellos de Montalcino, cada vez hay más donde elegir. También blanco.

El país de las colinas rebosa de viñas desde las regiones más septentrionales que miran a los Alpes hasta las islas cercanas a las costas de África. Con los Apeninos como gran columna vertebral que recorre el interior de norte a sur y la influencia omnipresente del mar, la orografía, los suelos y la altitud son tan variados como para justificar un número abrumador de denominaciones de origen e indicaciones geográficas.

Teniendo en cuenta que hay cientos de variedades, quizás es más fácil dejarse llevar por los paisajes, los recuerdos (quién no quiere probar un vino de una región de la que guarda un buen sabor) o, simplemente, por las sensaciones que producen los propios vinos. Puede haber tantos viajes hacia los blancos italianos como consumidores y aficionados.

El mío empezó en restaurantes de Madrid como Mercato Ballarò, de donde siempre recuerdo su polpo stufato, un pulpo picante, casi adictivo, acompañado de un Pithos elaborado en Sicilia por Azienda Agricola Cos cuando el trabajo en ánforas y con pieles era una rareza. La experiencia me ayudó a memorizar el nombre de la uva grecanico y a reconocer fácilmente las botellas rechonchas de aspecto antiguo que utiliza este productor. El siguiente impacto vino con el Benanti Pietra Marina, un fascinante blanco de carricante de viñedos muy viejos cultivados a gran altitud en las laderas volcánicas del Etna (todo pedernal, toques cítricos, suelo y más suelo) que estuvo disponible durante un tiempo en la carta de Don Giovanni.

El panorama creció considerablemente durante los cuatro años que participé como jurado en un concurso de cata a ciegas en Milán que reunía algunas de las mejores etiquetas. Me deslumbró la tensión de los blancos del noreste elaborados con variedades de climas fríos, como pinot bianco y grigio, riesling, gewürztraminer, sauvignon blanc, friulano, vitovska o malvasía. La colección de añadas antiguas (las llaman “rarezas”) de Cantina Terlano demuestra la gran capacidad de envejecimiento de los mejores blancos del Alto Adige, región fronteriza con Austria. Más al este, en los viñedos de Friuli que se asoman a Eslovenia (aquí empezó la tendencia de vinos naranjas y naturales con Gravner y sus blancos de ribolla gialla) nacen algunos complejísimos vinos de mezcla como el Vintage Tunina de Jermann o el Terre Alte de Livio Felluga, que se salen de la tónica italiana de vinificar variedades por separado.

Para Marc Terés, de Vi Enology, la división vínica del distribuidor de alimentos italianos Mammafiore, quien aprecia un interés creciente por los blancos italianos entre sus clientes españoles, tiene todo el sentido hablar de blancos del norte, del centro y del sur. Tras el soave elaborado con mayoría de la variedad garganega en el Veneto (donde se elabora el prosecco), el cogollo de la bota italiana aglutina distintas regiones con su propia personalidad blanca. Si los valles de Le Marche que se extienden de forma perpendicular al Adriático y están expuestos a los vientos frescos del noreste son muy apropiados para el cultivo de uvas blancas como la verdicchio; algo más al sur, en Abruzzo, Valentini ha convertido la variedad trebbiano d’Abruzzo en un blanco de clase mundial.

En la vertiente oeste, en Campania, los alrededores de Nápoles pueden presumir de blancos serios, minerales y con buena capacidad de envejecimientos como el fiano de Avellino y el greco di Tufo, mientras que gran parte de los viñedos que se precipitan al mar en la costa Amalfitana y conforman un paisaje tan bello como dramático están plantados con variedades blancas. Cualquier lugar sirve para empezar el viaje.

Friuli

Terre Alte. 2018, blanco. Rosazzo. Livio Felluga. Friulano, pinot bianco y sauvignon blanc. 13,5% vol. 75 euros. Importador: Primeras Marcas.
Una de las bodegas más emblemáticas de Friuli. Su creador falleció en 2016 a la edad de 102 años dejando un legado de calidad y unas preciosas etiquetas con un mapa antiguo. Frente a una nutrida gama de vinos varietales (con precios en torno a 22 o 25 euros en España), Terre Alte apuesta por un ensamblaje de uvas para alumbrar uno de los grandes blancos del norte de Italia. Aromático, con la nota crujiente y fresca de la sauvignon, gran estructura, untuosidad y persistencia. Un blanco que desborda el paladar.

Le Marche

Bucci Classico. 2020, blanco. Verdicchio dei Castelli di Jesi Classico Superiore. Villa Bucci. 100% verdicchio. 13,5% vol. 20 euros. Importador: Vi Enology.
La propiedad agrícola se remonta a 1700, aunque la bodega como tal nace en 1982 con un Riserva (unos 50 euros) que solo se elabora en los buenos años y que lleva la frescura y las sensaciones de tiza de los suelos calizos a otro nivel. La elaboración del Classico Superiore, algo más sencilla, se realiza en acero inoxidable, pero consigue buena expresividad, con finas notas anisadas y florales, y un paladar jugoso, con buen recorrido y persistencia. Buena relación calidad-precio, y puerta de entrada a los blancos del centro de Italia.

Campania

Costa d’Amalfi. 2020, blanco. Costa d’Amalfi. Marisa Cuomo. 60% Falanghina, 40% Biancolella. 13,5% vol. 20 euros. Importador: SV Wines.
Con el calor del sol y de la piedra, y el espíritu del Mediterráneo, este vino es un pasaporte al paisaje mágico de viñedos cultivados en terrazas imposibles junto al mar. Hay que tener paciencia, porque le cuesta abrirse, pero va desplegando notas de hierbas secas y recuerdos de almendra cruda. Para una ocasión especial, su hermano mayor Fiorduva (70 euros) es todo un icono de la región. Con un ensamblaje diferente (ripoli, fenile y ginestra), resulta exuberante y refrescante a la vez gracias a su mayor acidez y marcada salinidad.


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