Claves sobre el recibo de la luz: ¿Por qué ha subido? ¿Qué contrato tengo y cuál me conviene?

La escalada sin fin del precio de la electricidad es ya una preocupación estructural para el bolsillo de los españoles. Los precios prepandemia en el mercado mayorista —50 o 60 euros por megavatio hora— se han cuadruplicado. Un golpe difícil de encajar para hogares y empresas, y una patata caliente para el Gobierno y para la Comisión Europea en plena agresión rusa contra Ucrania

Intervención artística sobre el precio de la luz, obra del colectivo StoolStreetArt y Abraham Calero, en una vieja torre de alta tensión en Campanar (Valencia).
Intervención artística sobre el precio de la luz, obra del colectivo StoolStreetArt y Abraham Calero, en una vieja torre de alta tensión en Campanar (Valencia).Colectivo StoolStreetArt y Abraham Calero

¿Por qué ha subido tanto?


— La historia es larga, pero se puede resumir en un único factor: el estallido de precios de los combustibles fósiles que se utilizan para generar energía eléctrica. En el último año, el gas natural ha quintuplicado su cotización en los mercados internacionales, llegando a multiplicarse por 10 a principios de marzo, justo después del estallido de la guerra. Y el carbón se ha triplicado. Al ser un sistema de tipo marginalista, en el que la tecnología que aporta el último megavatio hora (MWh) es la que marca el precio de toda la electricidad que entra en el mercado, esa explosión de precios ha contaminado progresivamente el resto de las fuentes de energía. Los números hablan por sí solos: los 50 o 60 euros por megavatio hora en el mercado mayorista prepandemia se han convertido, en un abrir y cerrar de ojos, en cerca de 200.

¿Qué se ha hecho en España? ¿Y en el resto de Europa?

— Hasta el pasado día 15, cuando entró en vigor el famoso tope al gas, las autoridades españolas habían explorado dos vías para tratar de contener la escalada: la fiscal —con una rebaja generalizada de impuestos (IVA, generación y especiales)— y un recorte sobre los beneficios para las eléctricas, además de una ampliación del bono social, al que se pueden acoger los hogares de menor renta y las familias numerosas. Esta semana, el Gobierno ha anunciado una nueva vuelta tuerca en el plano impositivo, al anunciar que dejará el IVA en el 5%, frente al 10% actual y el 21% en el que estaba hasta junio del año pasado, cuando la primera fase de la escalada de precios obligó a las autoridades a tomar cartas en el asunto.

— La reducción impositiva y la ampliación del bono social han aliviado la presión, aunque solo parcialmente y por grupos de población. En el primer caso, se da la paradoja de que los consumidores que están en el mercado libre (donde las condiciones las pacta el cliente con su compañía eléctrica) han pagado menos en los últimos meses que un año atrás: su tarifa aún reflejaba precios precrisis y, a la vez, han visto reducida sustancialmente su factura fiscal. Pero ese efecto tiene los días contados: son pocos los hogares que no han tenido que renovar ya su contrato, con precios más altos. El tijeretazo sobre el exceso de retribución de las compañías eléctricas, por su parte, ha tenido un impacto muy discreto: su diseño permitía una escapatoria fácil para las empresas.

— A diferencia de otros países europeos, como Italia, el Reino Unido, Grecia o Hungría, España aún no ha aprobado una subida específica de impuestos sobre las ganancias extraordinarias de las energéticas (en el sentido más amplio: la gran explosión de beneficios se ha producido, sobre todo, en el sector petrolero y gasista). Ese mecanismo, avalado por la Comisión Europea, va ganando predicamento en el Gobierno español. Pronto se sabrá si cristaliza o no en un gravamen extra.

¿Qué contrato tengo y cuál me conviene?

— Los hogares españoles pueden optar por el mercado regulado —una tarifa única para todos los clientes, con variaciones diarias y horarias según lo que suceda en el mercado mayorista (donde se ha producido la explosión de precios)— o el mercado libre —­en el que las eléctricas negocian directamente con los clientes las condiciones—. Los primeros han sufrido la crisis mucho más que los segundos: no contaban con protección y la escalada en la cotización de la luz se ha cebado con su bolsillo de manera inmediata y desmedida. Tras unos meses protegidos, quienes estaban en el mercado libre empiezan ahora a sufrir renovaciones leoninas, a medida que las comercializadoras internalizan en sus ofertas el nuevo entorno de precios.

— Si el tope al gas da resultados, el incentivo para pasar del mercado libre al regulado (también conocido como PVPC) será grande. Para quien tiene que hacer un nuevo contrato de luz, lo más probable es que el mercado regulado, que en el largo plazo tiende a ser más económico porque el margen de las eléctricas es menor, sea más conveniente.

¿Qué es el tope al gas? ¿Funcionará?

— El mecanismo, del que no hay precedentes, consiste en que tanto España como Portugal —­erigidos en isla energética con el visto bueno de Bruselas— tienen autorización para limitar el precio del gas y el carbón que se usa para generar electricidad. Objetivo: evitar la contaminación sobre el resto del mercado. A cambio, los propios consumidores tienen que compensar a las centrales que queman ambos combustibles.

— El Gobierno mantiene que el impacto neto de esa suma y resta será positivo tanto para los usuarios que están en el mercado regulado como para quienes, aun estando en el libre, cuentan con una tarifa indexada. Estos primeros compases de aplicación, sin embargo, han disparado las alarmas: la realidad, siempre tan tozuda, está dando muestras de que la ganancia será mucho mayor los días en los que la parte generada con gas y carbón es pequeña que en aquellos en los que el gas genera una gran cantidad de electricidad. El encarecimiento del gas, además, ha elevado las compensaciones a pagar a las centrales, desluciendo las cifras de ahorro.

¿Bajarán pronto los precios?

— Hay motivos para pensar que el tope sobre el precio del gas para generación eléctrica relajará la presión en el medio y largo plazo. Pero también los hay para suponer que el otoño y el invierno serán turbulentos en los mercados internacionales de gas, siempre al son de la guerra de Vladímir Putin, lo que añadirá presión sobre las facturas. Incluso con el límite sobre el precio del gas activo: cuanto más suba su precio, mayor será la compensación a abonar por los consumidores. Una bajada sustancial o, al menos, una estabilización del precio de la luz —y de la gasolina— es imprescindible para reducir la inflación, el gran problema económico de nuestros días. —EPS

Sobre la firma

Ignacio Fariza

Es redactor de la sección de Economía de EL PAÍS. Ha trabajado en las delegaciones del diario en Bruselas y Ciudad de México. Estudió Económicas y Periodismo en la Universidad Carlos III, y el Máster de Periodismo de EL PAÍS y la Universidad Autónoma de Madrid.

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