Maggie O’Farrell: “Es fundamental escribir sobre cosas que duelen para que nos sintamos menos solos”

De los secretos familiares pasó a exponer los miedos propios. Luego denunció la distorsión de la historia: su última novela, ‘Hamnet’, narra la vida del hijo de William Shakespeare, que murió con 11 años. El libro recupera la vida familiar del genio inglés que han descuidado tantos biógrafos. “Es fundamental escribir sobre cosas que duelen y aíslan para que nos sintamos menos solos”, dice la autora.

La escritora Maggie O’Farrell, fotografiada en Edimburgo.
La escritora Maggie O’Farrell, fotografiada en Edimburgo.Manuel Vázquez

Se escucha a los pájaros y Maggie O’Farrell (Coleraine, Irlanda, 50 años) sonríe al otro lado de la pantalla. Aclara que dispone de una hora para hablar porque tiene cita con el dentista. Lleva un año de entrevistas tras el éxito de Hamnet (Libros del Asteroide), la novela que rescata la vida familiar de Shakespeare olvidada por la historia y la Academia.

¿Resulta más verosímil contar una vida desde el dolor que desde la alegría?

La poeta escocesa Kathleen Jamie dice que la felicidad escribe en blanco. No se ve en la página. Cualquier historia humana implica episodios de dolor, miedo o desolación.

En Sigo aquí compartió las 17 veces que ha estado cerca de la muerte.

Y sin embargo quería escribir sobre la vida y la supervivencia. Cómo lo que aprendemos entonces se convierte en parte de nosotros.

Abordó la burla del grupo, el pacto constante para construir un matrimonio…

Es un libro sobre tomar decisiones cuando las cosas no son perfectas. Es decir, casi todos los días. En esos momentos, lo único que me ha ayudado ha sido hablar con otras personas, el consuelo de gente que ha sabido dejar el dolor atrás.

¿Por qué decidió hablar de sí misma tras siete libros?

Trato de no dar demasiadas vueltas a las cosas. No creo que sea bueno. Es como mirar el sol. Me es suficiente con que esté y nos mantenga vivos. No me hace falta mirarlo. Puede que sea superstición. No leo nunca críticas, ni las elogiosas. Cuando escribo, no quiero tener una conciencia externa en la cabeza diciéndome lo que debo evitar o buscar. La mejor escritura llega de forma inconsciente, cuando escribes para ti.

Guardó esas historias durante años.

Pero no pensé que escribiría una memoria. Soy una persona bastante privada, de modo que la primera sorprendida fui yo. Cuando mi editora leyó dos capítulos y quiso que firmáramos un contrato, no quise el adelanto. No sabía si llegaría a terminarlo.

¿Por qué quiso publicarlo?

Aprendí sobre la propiedad de las historias: ¿algo vivido por mí es solo mío o pertenece también a quienes lo compartieron? ¿Cómo van a reaccionar si lo cuento? Hay una ética sobre la propiedad de la información.

¿De quién son las historias?

Esa es la clave. Traté de centrarme en lo vivido por mí.

Pero aparece su hija.

Tenía seis años. Lo hablé con mi marido. Incluso le preguntamos si le parecía bien y dijo que sí.

Espere a que cumpla 18 y pida derechos.

No sería injusto. Intentamos anticipar qué pensaría en el futuro, por eso escribí sobre una mujer con una hija con una enfermedad complicada. El punto de vista de quien la padece era su historia. No hubiera estado bien quedarse con ella.

El libro contiene tanta libertad como enfado.

Me he metido en muchos líos por falta de sensatez. En lugares en los que, intencionadamente o no, otra gente me ha hecho daño. Pero nos sucede a todos, ¿no?

Claro. Arriesgando, ha estado al borde de dañar a sus hijos.

No los pondría en peligro. Son lo primero. Pero trato de empujarlos a que prueben cosas. Creo que debemos dejar que desarrollen su propia relación con el riesgo.

Maggie O’Farrell habla de su último libro, 'Hamnet', que narra la vida del hijo de William Shakespeare que murió con 11 años.
Maggie O’Farrell habla de su último libro, 'Hamnet', que narra la vida del hijo de William Shakespeare que murió con 11 años.Manuel Vázquez

Usted la desarrolló: se fue de casa, estuvo al borde de la muerte…

Sí. Mis padres son personas muy cautas. Probablemente mi personalidad sea una reacción a eso.

¿A qué se dedicaban?

Mi madre cuidaba enfermos de esclerosis múltiple. Él era profesor de economía.

¿Cómo reaccionaron cuando empezó a indagar en los secretos de su familia?

Siempre me ha interesado la distancia entre lo que la gente dice, o hace, y lo que piensa. Mi abuelo paterno fue jesuita. Nadie sabe por qué dejó la orden. Para convertirse en jesuita vivió en el Vaticano y se preparó a conciencia, pero lo dejó todo con 48 años. Fue un escándalo en Dublín. Pero nadie sabe por qué. Eso me fascinó.

¿El pasado siempre atrapa?

No podemos huir de él. Las personas somos como la geología. No dejamos nada atrás, nos construimos a capas. Algunas quedan enterradas, pero, de repente, una erupción hace que lo enterrado salga a la superficie.

La Rochefoucauld aconsejaba no mirar directamente al sol ni a la muerte. Usted ha mirado a la muerte.

No soy obediente. Tener experiencias cercanas a la muerte te da cierta intimidad con ella. Siempre recuerdo lo cerca que está. En cualquier momento podemos irnos.

De adolescente convaleció durante un año. No podía caminar. Y leyó… ¿Las convalecencias cambian la vida?

Para ser escritor tienes que haber sido lector. Es como querer ser músico sin haber escuchado música: es imposible. Y es cierto que muchos escritores fueron niños enfermizos. Pasé mucho tiempo sola. Con mi mente. El cuerpo enfermo no se mueve, pero la mente sí. Hay mucha diferencia entre un enfermo adulto y uno niño. El niño está protegido, no le dicen si está grave. Aprendes a observar y a leer la expresión de los adultos para averiguar qué te está pasando. Esas destrezas hacen a un escritor. A muchos les fascina lo que la gente dice. Pero los cuerpos y las caras también hablan. Y a veces no dicen lo mismo. Un escritor tiene que ser capaz de leer la diferencia entre lo dicho con el cuerpo y con la palabra.

¿Sus hijos leen?

¡Sí! El chico, de 18, atravesó fases. Leyó mucho. Luego empezó a escuchar podcasts y audiolibros…, que también son historias, ¿no?

¿Qué ha hecho para que lean?

No protestar y mantener la conversación ligera. Con las niñas, de 13 y 9, me tumbo cuando leen, así sabemos qué leen.

Parece haber tenido una vida intrépida a su pesar: no pudo hacer el doctorado y se fue a Hong Kong.

Y mi vida se convirtió en inesperada. Aprendí que tras la desilusión llega lo inesperado. De joven limpiaba habitaciones de hotel. Y aprendí el olor de las vacaciones de los demás. La suerte me ha hecho quien soy tanto como mis decisiones.

¿Lo bueno y lo malo es relativo?

Lo que nos descoloca nos da una oportunidad. Cuando no pude hacer el doctorado, pensé que mi vida se acababa. Hoy creo que no hubiera sido buena profesora. Lo que quería era leer. Pero fue duro. Era muy buena estudiante y, de repente, dejé de serlo. Hay algo formativo en lo que no funciona como esperamos. Te obliga a recoger los pedazos y buscar una alternativa.

Maggie O’Farrell, fotografiada en Edimburgo.
Maggie O’Farrell, fotografiada en Edimburgo. Manuel Vázquez

¿Fue una joven testaruda?

¿Cómo lo sabe?

Se empeñó en hacer una tesis sobre poesía medieval contra el consejo de su tutor.

Me pasé cinco meses estudiando Sir Gawain and the Green Knight y todavía me encanta. Habla de retos que te hacen más sabio un poco antes que el Quijote. ¿Quién puede hoy dedicarse a estudiar eso?

¿Ha leído el Quijote?

Lo adoro.

¿Por qué?

Deja tan claro lo poco que cambiamos los seres humanos… Es tan cercano, lleno de drama, luz, humor y generosidad…

¿Escribir sobre lo que cambia poco es una fórmula para tener tantos lectores?

Leer y escribir nos da un mapa para la vida. Y para mí los mapas están en los libros.

Usted ha ayudado a escribir el mapa de la maternidad. Rompió un tabú narrando la soledad de las mujeres que sufren abortos naturales.

Esa soledad…

Y sobre la figura del marido desaparecido.

Tengo un marido maravilloso. Pero a veces no ha estado allí. Perder un hijo es algo muy privado. El duelo es tuyo y tal vez del padre, pero eres tú la que llevas al niño muerto dentro. Eso te proporciona una tremenda sensación de fracaso. Y la gente no sabe cómo lidiar con eso. Es muy difícil encontrar palabras de consuelo para algo que no entiendes. No hay nada que hablar. Hay psicólogos que recomiendan dejarlo atrás. No es una buena idea. Tu biología y tu cuerpo lo saben. Creo que es fundamental escribir sobre cosas que duelen y aíslan para que nos sintamos menos solos.

Estudió en Cambridge con su marido y la esperó a que diera la vuelta al mundo.

Tuvo otras novias. Es paciente, pero no tonto.

Están en la playa, usted da de mamar y la atacan. Su marido nada. Es su primer lector y no discute publicar ese momento.

También escribe. Entiende la necesidad de decir la verdad. Los niños te apartan de la escritura. Pero eso establece un filtro: solo lo mejor llega a la página.

Suena fabuloso no tener tiempo.

Es tan importante vivir además de escribir… Si solo escribes, no hay nada de qué escribir. Los niños no entienden de fechas de entrega. Deciden que vais a ir al parque y vais.

Y aun así ha escrito ocho libros.

Hay momentos en que es difícil, pero sí.

I am, I am, I am (el título original de la memoria Sigo aquí) proviene de una novela de Sylvia Plath. Ella no sigue aquí.

Su situación era muy distinta a la mía. Estaba sola, divorciada y enferma. Es desolador lo que le pasó. Pero siempre amé esa línea de la única novela que escribió.

Freud escribió que cada hijo tiene una madre distinta.

Todos somos distintos según con quién nos relacionemos. Eso significa que en una familia de cinco, como la que tengo, existen 25 relaciones diferentes. Pensarlo aclara cosas. Los bebés son un poco como las novelas. Cada vez que tienes uno, piensas que sabes algo de niños. Cuando tienes otro, te das cuenta de que todo cambia, es otro ser humano. No hay fórmulas tampoco con los libros, cada uno es diferente.

¿Cómo consiguió no ser una madre sobreprotectora con una hija que tiene eccema crónico?

Siempre le digo que las marcas de su enfermedad pueden ser muy visibles, pero también invisibles. Todos tenemos algo que nos hace sufrir. Los temas cutáneos son visibles, pero igual alguien que pasa por la calle tiene un problema mayor, solo que dentro. Todos sufrimos. Eso no nos hace mejores, pero hace mucho más incomprensible que no nos ayudemos. Como madre me he esforzado en darles libertad a mis hijos. Por encima de mis miedos. Los niños tienen que aprender a vivir sin nosotros. Esa es nuestra labor. ¿No? Además, somos cinco, ella no está sola con lo que le pasa. Me parecía importante recordar que lo que hiciera con ella iba a afectarnos a todos.

¡Qué control mental!

Una situación así afecta a todos tus hijos. Y todos necesitan apoyo. Aunque no les pase a ellos.

¿Hablar de los problemas los disuelve?

Yo no hablo de problemas, sino de retos. Cuanto más compartes debilidades, cuanto más abierto eres sobre lo que necesitas para estar sano y bien, menos problemas tienes.

¿Eso puede aplicarse a los secretos? Sus novelas están trufadas de secretos familiares.

Sí.

¿Por qué le interesan tanto? ¿Tiene muchos?

¿Quién no tiene? Supongo que revelamos lo que pensamos que va a servir. A veces mencionarlo hace que el secreto pierda fuerza y desaparezca el tabú.

¿Cómo afronta alguien que se ha escapado de casa la necesidad de quedarse en un lugar?

Ya. Mi marido siempre dice que si alguna vez me voy y lo dejo nadie dirá que no podía esperarlo. Me desespero con frecuencia. Pero tener hijos es una aventura tan grande… Durante una década, o dos, tienes que ser menos aventurera. Sin embargo, si piensas en la maternidad como en un viaje, no hay otro igual.

¿Quién es usted hoy? ¿La niña frágil que no pudo caminar durante más de un año? ¿La madre que se preocupa? ¿O la que lo dejó todo para ir a Hong Kong?

Todas, claro. Somos como muñecas rusas. Si rascamos un poco, aparece otro de nosotros. Lo que me interesa de escribir sobre uno mismo es que uno deja de crear y se pone a excavar.

Se describe como tartamuda, pero no ha tartamudeado en esta conversación.

Lo fui durante años. Tartamudear es una tortura. Toma decisiones por ti. Hay ciertos trabajos que no puedes ni soñar con hacer. Pero te da sensibilidad para observar los idiomas. Un niño tartamudo piensa en cinco maneras de decir las cosas antes de hablar. Se edita a sí mismo por si no consigue acabar las frases.

O sea que la ha fortalecido.

Me ha convertido en escritora. Me gusta el dicho de que Dios nunca te da lo que no vas a poder manejar. No creo en Dios, pero creo que en la vida te tienes que adaptar. Hay cosas malas y buenas. Y solo podemos salir creciendo y utilizando nuestra capacidad de adaptarnos.

¿Amar es decir o callar?

Probablemente las dos cosas.

Su último libro, Hamnet, sobre el hijo de Shakespeare, es un intento de corregir la historia. ¿Cómo se atrevió?

Con vértigo. Tenía miedo. Pero llevaba años con la idea en la cabeza. En 2014 descubrí que Shakespeare tuvo un hijo, llamado Hamnet, que murió con 11 años, antes de que él estrenara Hamlet. Decidí que tenía que vencer mis miedos y escribirlo. Me centré en el niño que la historia había convertido en una nota a pie de página en la vida de su padre.

Si lo hubiera escrito hace 15 años, ¿Agnes, la indómita esposa de Shakespeare, hubiera tenido tanto peso?

Seguramente no. William Shakespeare se pasó la infancia de sus hijos en Londres, pero hay documentos que demuestran que los historiadores decidieron darle un divorcio retrospectivo y convertirlo en un hombre joven y atractivo en Londres sin que fuera así. Ni se arrepintió de su matrimonio ni abandonó a sus hijos. Hay documentos que evidencian que todo lo que ganaba lo enviaba a Stratford. El año después de que muriera Hamnet hizo construir allí una mansión. Estaba claro que los quería. Y al final de su vida regresó a esa casa para vivir con su esposa. Era habitual que los hombres se fueran a trabajar a Londres, que era donde había trabajo. Pero es absurdo escribir que eso arruinó su matrimonio. Por eso resulta verdaderamente frustrante que quieran convertir a Shakespeare en el hombre despiadado que no fue.

¿Repensar a Shakespeare es repensar la vida?

Hay tanto escrito sobre él… Y hay una razón fundamental por la que todos se centran en el hombre solo en Londres. Allí está la historia. Allí pasó lo importante. Sin embargo, creo que el mayor drama de su vida pasó en la trastienda. En Stratford, donde murió su hijo. He leído a magníficos biógrafos que escribieron: “Es imposible saber si Shakespeare sufrió o no la muerte de su hijo”. ¡Pero a quién han estado leyendo! La manera en la que el rey Lear habla de la ropa de su madre delata a un hombre que sufre.

¿Por qué no se había contado esta historia?

Les pregunté a varios amigos que estudiaron literatura inglesa si sabían los nombres de los hijos de Shakespeare. Nadie los sabía. Nadie estableció un vínculo entre la desaparición de su hijo y la escritura de Hamlet.

Hay agua en todas sus novelas. ¿Siempre ha vivido cerca del mar?

Sí. Karen Blixen lo escribió: el agua salada lo cura todo. Piénselo: lágrimas, sudor y el mar

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