Juegos Olímpicos Tokio

La escalada toca el cielo olímpico

La escalada se estrena en los Juegos Olímpicos de Tokio. Un gran impulso para un fenómeno cuya vertiente urbana ya motiva a millones de personas a trepar por las paredes de un rocódromo. En España hay casi dos centenares de estas instalaciones. A ellas acuden nuevos aficionados que buscan un reto, relacionarse y otra forma de hacer ejercicio. La mayoría no saldrá nunca a la montaña. Así es la nueva pasión vertical.

Chris Sharma trepa en la Cova de l’Ocell, cerca de Barcelona.

Silencio. Una brisa refresca la mañana al pie de la amenazante proa de roca que proyecta la Cova de l’Ocell, en la comarca catalana de Osona; un formidable techo calizo que discurre casi paralelo al suelo a unos 15 metros de altura. Respiración honda. Polvo blanco en suspensión cuando las manos del escalador entran y salen fugazmente de la bolsa de magnesio, atada a su espalda. Crujir de nudillos al aferrar los tacaños relieves que concede la pared. La goma negra de los pies de gato fricciona contra la piedra. Brazos tirantes, piernas flexionadas. La mirada busca el siguiente agarre y, al instante, un grito desgarrador corta el sosiego reinante. Chris Sharma se lanza violentamente a por el saliente salvador, en el extremo de este muro inclinado casi a 90 grados. Los pies salen despedidos dibujando un arco hasta que la tensión corporal frena el bamboleo. Entonces, el escalador californiano, colgado de un solo brazo, mira sonriente a los presentes. El resto de la ruta es pan comido.

El escalador californiano Chris Sharma en La Cova de L'Ocell, cerca de Barcelona, ciudad en la que reside.
El escalador californiano Chris Sharma en La Cova de L'Ocell, cerca de Barcelona, ciudad en la que reside. Daniel Ochoa de Olza / EPS

Sharma cumple en unos días 40 años, de los que ha pasado casi 30 escalando. Es uno de los escaladores más conocidos del planeta y ha dedicado su vida a recorrer el mundo en busca de los retos más difíciles: en 2001 escaló la vía más extrema hasta la fecha, graduada como 9a+, y en 2008 elevó un nivel más la máxima dificultad: resolvió un 9b (actualmente el grado más extremo es 9c). El encuentro en la Cova de l’Ocell no es casualidad. “Es un sector que hay cerca de Barcelona y al que he venido mucho en los últimos años. Me ha proporcionado un gran equilibrio en mi vida en la ciudad; poder complementarla con la naturaleza”. Sharma vive en la capital catalana desde hace siete años, donde en 2015 abrió el primero de los rocódromos que gestiona en España. Porque “el punto de encuentro con la escalada ya no es la montaña”, afirma, “el perfil del escalador ha cambiado mucho en los últimos años”. En efecto, se ha convertido en una actividad tan urbana como el skate.

Un viernes de temperatura invernal, 9.30. Bolsa de deporte colgada al hombro y un café cortado en la cantina del Sputnik Climbing Center, un rocódromo de 1.500 metros cuadrados ubicado en un polígono de Alcobendas, al noroeste de Madrid. El periodista Antonio Lobato, narrador de la fórmula 1 desde hace más de 15 años, tuvo una revelación deportiva hace solo dos. “Mi mujer me regaló un curso de escalada en un rocódromo. Me pusieron una cuerda con un arnés y flipé, porque me sentí ya escalador”. Cuando volvió a casa, le preguntaron si se había divertido, y la respuesta fue clarividente: “Acabo de encontrar mi deporte”. Ahora se confiesa enganchado al rocódromo. “Es una especie de gimnasio a lo bestia, pero divertido. Aquí haces los mismos movimientos repetitivos, pero subido en una pared, y encima es un reto personal. Escalar te apuntala la confianza cuando vas superando tus metas. Y aunque vengas solo, hay mucho compañerismo”.

El periodista deportivo Antonio Lobato, en el rocódromo Sputnik.
El periodista deportivo Antonio Lobato, en el rocódromo Sputnik.Daniel Ochoa de Olza / EPS

Lobato da clases dos días por semana y cada viernes acude con amigos al Sputnik, uno de los centros que han desencadenado desde hace unos cinco años la fiebre de la escalada bajo techo en España, incluso con una crisis sanitaria por medio. En 2019, el último año normal de nuestras vidas, 250.000 personas pasaron por sus instalaciones, que cuentan con una zona de búlder (rutas de baja altura que se suben sin cuerda, protegidos por una colchoneta) y vías para escalar con cuerda. Y en noviembre de 2020, en plena pandemia, abrió sus puertas el Sharma Climbing Madrid, el rocódromo más grande de España. Un espacio amplio, luminoso y diáfano que impresiona al entrar por primera vez: 4.000 metros cuadrados y 120 vías de hasta 18 metros de altura, muchas de ellas preparadas para escalar en solitario gracias a un cable de autoprotección.

Los números dicen que la irrupción de la escalada urbana no vislumbra techo, y lo que ocurre en países vecinos da pistas importantes. En Europa, entre 2010 y 2019 la apertura de nuevos rocódromos ha crecido entre un 6% y un 24% anual en Francia, y entre un 10% y un 27% en Alemania, según el Instituto de Ciencias del Deporte de la Universidad de Lausana. ¿Y en España? Aunque resulta más difícil concretarlo en cifras, el auge es innegable. La Federación Española de Deportes de Montaña y Escalada (FEDME) ha incrementado su número de afiliados casi un 45% entre 2009 y 2020, hasta los 117.571 socios, aunque según su presidente, Alberto Ayora, “es difícil saber cuántos de ellos practican la escalada”, pues no hay licencias específicas por actividad y acogen también a alpinistas, esquiadores de montaña, senderistas y trailrunners. También escapan al recuento muchos aficionados que no se federan, especialmente los que practican la modalidad bajo techo.

¿De dónde sale tanta gente con ganas de ponerse a escalar? “Paralelamente a la aparición de los rocódromos urbanos nace una clientela con pocas o nulas aspiraciones de salir a la roca. Como los usuarios de un centro de spinning sin interés por montarse en una bicicleta de carretera”, explica José Manuel Velázquez-Gaztelu, responsable de comunicación del Sputnik Climbing. “La escalada indoor se ha convertido en una disciplina en sí misma que atrae a personas en busca de un deporte nuevo, divertido, seguro y muy social, que, independientemente de su nivel o edad, interactúa en un mismo espacio”, añade Velázquez-Gaztelu, que conoce este mundillo desde sus orígenes. Junto a su pareja y un amigo crearon en 1998 la sala Bulderking, el primer rocódromo abierto al público en Madrid. En torno a un sótano de Carabanchel congregó durante años a una heterogénea cuadrilla de escaladores. “Ejecutivos con traje, chavalillos sin un duro que entrenaban a cambio de pasar la fregona y hasta un futbolista del Atlético de Madrid al que ningún escalador conocía y que halló un lugar de tranquilidad y anonimato”, recuerda. “Lo que llevaba ocurriendo mucho tiempo en los muros de la ciudad (Cuesta de la Vega, Méndez Álvaro) y en las zonas de escalada se había trasladado a un espacio indoor”.

La familia Peinado al completo en el rocodromo Sputnik de Madrid.
La familia Peinado al completo en el rocodromo Sputnik de Madrid.Daniel Ochoa de Olza / EPS

Viernes, 17.30. Hace cinco minutos que Loreto Peinado (11 años) ha cruzado el torno de entrada y ya está escalando. “Está hipermotivada, lleva toda la semana pensando en venir al roco”, dice su padre, Félix Peinado. Loreto tiene entre ceja y ceja una vía de grandes agarres amarillos que surca la pared más desplomada de la sala. Al pie de la misma está su hermano Rubén (16 años), listo para asegurarla. Gonzalo, el mayor (18 años), está de camino desde la universidad, y Victoria, la pequeña (8 años), mete prisa a su padre para bajar a la zona de búlder. Por ahí está ya Guillermo (15 años), el mediano de los Peinado y detonante de esta historia familiar que muestra cuánto ha cambiado el público y el acceso a una actividad como la escalada. “Un amigo de Guillermo le invitó a un cumpleaños aquí, en el Sputnik”, recuerda Félix. Esa misma noche pidió a sus padres que le apuntasen a clases de escalada. “A los dos meses se unieron sus dos hermanos; luego me apunté yo, porque tenía que traerlos, y por último, las dos hermanas. No hemos tenido que forzarlos”. Desde hace tres años el rocódromo es el punto de reunión de los Peinado. “Estamos encantados con los valores que transmite”, dice Félix: “Compromiso y sacrificio, superación personal”. Detrás hay mucho esfuerzo como padres, pero merece la pena. “Ha generado un vínculo muy valioso con ellos y es el momento de reconciliación familiar de la semana. El viernes por la tarde en el rocódromo con mis hijos no lo cambio por nada”. Ni siquiera por una concentración de la selección española de escalada en Barcelona a la que Guillermo (campeón sub 16 de Madrid en 2020) fue convocado en marzo. Viajaron el sábado.

Alberto Ginés entrenando en Sharma Climbing.
Alberto Ginés entrenando en Sharma Climbing.Daniel Ochoa de Olza / EPS

La escalada de competición es una especialidad muy asentada. Pero cuando en 2016 el Comité Olímpico Internacional anunció que sería disciplina olímpica en Tokio 2020, tuvo el espaldarazo definitivo. Pocos dudan de que aumentará el interés por este deporte, algo ya palpable en los programas para detectar y formar a jóvenes talentos para la competición. La escaladora Andrea Cartas lleva 10 años desarrollándolo para la Federación Madrileña de Montañismo, y del grupo de cinco niños que le costó reunir en la primera promoción ha pasado a más de 100 candidatos y listas de espera. En Tokio —del 3 al 6 de agosto— competirán 20 escaladoras y 20 escaladores en tres disciplinas (dificultad, búlder y velocidad, todas sobre muros y estructuras artificiales) para decidir las medallas, y entre ellos estará Alberto Ginés, un cacereño de 18 años que a finales de 2019, de forma inesperada, consiguió plaza para Tokio en el preolímpico de Toulouse (Francia).

En septiembre logró su primer podio internacional; en octubre, con 16 años, fue subcampeón de Europa absoluto, y en noviembre se clasificó para los JJ OO. “Fue todo muy rápido y un poco raro. Hubo una lluvia de medios, llamadas para ofertas de patrocinio, y me abrumó un poco, pero no me ha cambiado”, asegura con una madurez impropia para su edad. Ginés acaba de llegar desde Barcelona junto a su preparador y actual seleccionador nacional, David Macià, para entrenar en el Sharma Climbing Madrid. Alberto vive en el Centro de Alto Rendimiento (CAR) de Sant Cugat desde hace tres años —dejó el hogar familiar en Cáceres a los 15— gracias a una beca del CSD, aunque la falta de instalaciones especializadas le obliga a moverse mucho. “En Barcelona es casi imposible entrenar con cuerda (dificultad) y no hay ningún muro de velocidad, el más cercano está en Pamplona [en Rocópolis] y suelo ir los fines de semana. Normalmente entrenamos en rocódromos fuera de España, pero, como ahora no se puede, hacemos malabares entre los de aquí”, explica.

“Ahora mismo en España hay unos 170 o 180 rocódromos comerciales”, explica Celso Martínez, Finuco. Este gallego de 57 años y voluminosos antebrazos ha sido pionero en muchos aspectos. A mediados de los años ochenta, convivió durante un año con Ron Kauk, John Long, John Bachar y otras leyendas del valle de Yosemite (EE UU), meca de la escalada americana. Años más tarde, en 1992, fundó Top30. Fue la primera empresa española de fabricación de rocódromos. Hasta hace 10 años las instalaciones bajo techo en España eran old school, locales pequeños, mal iluminados y enfocados solo a escaladores. Y en esa carencia, Chris Sharma y su mujer, Jimena Alarcón, vieron una oportunidad cuando aterrizaron en Barcelona en 2014. Un año después inauguraban el Sharma Climbing Barcelona, un espacio de 1.400 metros cuadrados y muros de búlder de casi cinco metros de altura. “Fue el primer modelo moderno de escalada indoor en España”, explican, inspirado en proyectos que ya conocían en Estados Unidos, como el Sender One de California.

Celso Martínez, “Finuco”  en La Pedriza.
Celso Martínez, “Finuco” en La Pedriza.Daniel Ochoa de Olza / EPS

Colores llamativos, mucha luz y un ambiente en el que un nuevo perfil de escalador urbano, que busca una alternativa de fitness, se sienta bienvenido, ya que se crea una comunidad en la que se siente integrado. “Ya entonces vimos que se iba a quedar corto, y así fue”, dice Alarcón, directora de operaciones del Sharma Climbing y una de las pocas mujeres al frente de proyectos de esta envergadura. La apertura de su segundo centro en Madrid, el rocódromo más grande de España hasta ahora, parece indicar que la escalada bajo techo es un sector económico prometedor, con centros que ya facturan más de dos millones de euros al año. Un ejemplo es el Sputnik Climbing, abierto en 2016. “Hasta 2020 hemos crecido exponencialmente, hasta un 50% anual”, explica su director, Fernando Hernández. ¿Cuál es el secreto del éxito? “Que sea un espacio agradable”, dice Hernández. Jimena Alarcón pone el acento en el diseño de la sala. “La mitad del tiempo en un rocódromo estás charlando con los amigos, por lo que hay que pensar en los espacios sociales”. El calor humano, mimar al detalle la experiencia del usuario, es otra de las claves. Con una hostelería cuidada, una buena labor de comunicación o, por ejemplo, un servicio de salud para prevención y tratamiento de lesiones. “Todo esto genera un lugar al que a la gente le gusta venir”, explica Hernández.

Shirleys Noriega, realiza su trabajo de route setter atornillando una presa en el rocódromo The Climb, en Madrid.
Shirleys Noriega, realiza su trabajo de route setter atornillando una presa en el rocódromo The Climb, en Madrid.Daniel Ochoa de Olza / EPS

La tercera clave es que el rocódromo sea un espacio vivo, en constante cambio. Por ello los routesetters (equipadores) se han convertido en uno de los perfiles más demandados. Son los cocineros de la sala, los que crean las vías y bloques que se escalan en sus paredes. “Cada vez se piden más los eye catchers, los atrapaojos”, explica Shirleys Noriega, cofundadora de All4climbing, primera empresa de setting de España. “Son bloques o vías que, por el volumen, el color y el diseño de las presas, entran por los ojos”, explica sentada en la terraza de The Climb, primer rocódromo que introdujo este concepto en Madrid. La labor del routesetter mezcla creatividad, eficiencia y responsabilidad. “Hay que evitar malas caídas y agarres demasiado pequeños que puedan provocar lesiones a los principiantes”. Por ello, cree que los rocódromos deben evaluar a sus equipadores y, muy importante, “que haya chicas montando y probando los bloques”. La presencia femenina es escasa en esta labor, y por ello en los cursos que imparten es obligatorio que haya, como mínimo, una mujer.

La escalada en rocódromos se ha convertido en un auténtico fenómeno social, una versión domesticada —y controlada— de la adrenalina, el riesgo y el miedo que se experimenta en las paredes de roca natural. Y si hablamos de la montaña, la cuestión se vuelve peliaguda. Aunque el número de escaladores bajo techo que dan el salto al exterior es muy bajo, “somos testigos de cómo han aumentado los practicantes de actividades en la naturaleza; la masificación y la presión en estos espacios delicados son uno de los grandes problemas de nuestro tiempo, y ese concepto de turismo de montaña me parece bastante peligroso”, afirma José Manuel Velázquez-Gaztelu. La montaña inspiró la pasión urbana de los rocódromos, y uno de los retos de estos espacios urbanos es transmitir a los aficionados que se inicien en ellos la importancia de preservar el entorno natural si algún día deciden dar el salto a la roca.

La mano del escalador Celso Martínez, 'Finuco', en un agarre en La Pedriza de Madrid.
La mano del escalador Celso Martínez, 'Finuco', en un agarre en La Pedriza de Madrid.Daniel Ochoa de Olza / EPS

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