Al norte del Norte: por la remota Ruta de la Costa Ártica de Islandia

La isla nórdica es la imagen de la Europa más extrema, con sorprendentes paisajes de hielo y fuego. Pero aún más salvaje es su región septentrional, un territorio que los propios islandeses consideran lejano e inaccesible, perfecto para ver auroras boreales, ballenas, fiordos gélidos y pueblos casi deshabitados

Cueva de hielo en el glaciar Vatnajökull, en Islandia.
Cueva de hielo en el glaciar Vatnajökull, en Islandia.Viktor Posov (Getty Images)

Hay una forma cómoda de viajar a las inhóspitas tierras del norte de Islandia, inaccesibles parte del año. Consiste en sentarse en el sofá de casa a ver algunas de las series nórdicas de moda, como Atrapados, que han escogido como escenario esos rincones más remotos, donde se vive de forma diferente al resto de la isla. O enfrascarse en alguna de las novelas de la serie Islandia Negra, de Ragnar Jónasson, donde los personajes viven en unos pequeñísimos pueblos aislados y ciudades de nombres impronunciables en los fiordos más septentrionales del país.

Para quienes prefieran conocerlo en vivo, hoy el Ártico islandés es accesible, se visita sin problemas y reserva unas experiencias diferentes y únicas. Solo hay que seguir la carretera de circunvalación del país hacia el extremo norte y, una vez allí, dejarse llevar por otras rutas secundarias, como la llamada Ruta de la Costa Ártica, por la que hay que conducir sin prisa. Está cerca de la carretera de circunvalación, pero da impresión de lejanía y pasa por lugares desolados donde el tiempo parece más lento, la gente vive del mar y los caprichos del clima rigen la existencia.

Más información en las guías ‘Islandia’ y ‘Explora Islandia’ de Lonely Planet y en lonelyplanet.es.

Hay que tener en cuenta que no todas las carreteras están abiertas todo el año, pero en invierno hay experiencias también inigualables que hacen que el viaje merezca la pena, como las auroras boreales. La zona central de la costa ártica es la más poblada y con más servicios.

Ballenas y frailecillos en Húsavík

La capital de la observación de ballenas es Húsavík, una localidad de 2.300 habitantes junto a la bahía de Skjálfandi, que, son sus coloridas casas, sus singulares museos y sus impresionantes picos nevados se ha convertido en uno de los destinos imprescindibles en Islandia. Y, probablemente, es el pueblo pesquero más bonito de la costa norte.

Boletín

Las mejores recomendaciones para viajar, cada semana en tu bandeja de entrada
RECÍBELAS

En Húsavík pueden avistarse 11 especies de cetáceos. La ballena jorobada es la más común, pero, a veces, hace acto de presencia la ballena azul, el animal más grande del planeta. Por lo habitual, unas mil personas salen cada año a observar ballenas con las cuatro agencias que operan adesde abril hasta octubre. La Universidad de Islandia gestiona un centro de investigación de biología marina, y el Museo de las Ballenas, donde se exhibe el esqueleto de una ba­llena azul, ilustra sobre estos fascinantes animales. Desde los baños geotermales marinos Geosea se contempla la bahía de Skjálfandi, y a veces desde allí se ven cetáceos.

De la ciudad de Húsavík zarpan excursiones en barco para avistar ballenas en los fiordos del norte de Islandia.
De la ciudad de Húsavík zarpan excursiones en barco para avistar ballenas en los fiordos del norte de Islandia.Horst Gerlach (Getty Images)

Húsavík es, además, un sitio muy especial porque sirve como base para recorrer el norte de la isla: cerca están la ciudad de Akureyri, el cuarto centro urbano del país, la península de Tjörnes, el lago Myvatn, el cañón de Asbyrgi y algunas de las cataratas más importantes de Islandia.

Pero no solo hay ballenas en estas tierras boreales. También es un paraíso para los ornitólogos. El norte de Islandia es una región privilegiada para ver aves. Las más conocidas son los frailecillos, pero también hay aquí otras muchas especies, como patos arlequines, halcones gerifaltes y alcatraces. Solo el lago Myvatn alberga 14 especies de patos, algunos de nombres tan curiosos como el porrón moñudo y el bastardo, el ánade silbón y el negrón común. Las orillas del río Laxá son el hábitat preferido por los patos arle­quines y porrones islándicos. También hay que estar atentos al halcón gerifalte. El Museo Ornitológico de Sigurgeir, en un bonito edificio junto al lago, expone 280 aves disecadas (casi todas las especies que anidan en Islandia) y 300 tipos de huevos.

Los aficionados a la ornitología suelen seguir la llamada Ruta de las Aves del No­reste de Islandia, que discurre por parajes con una avifauna abundante y variada, como humedales, ríos, lagos y estanques, acantilados y zonas costeras, brezales y altiplanicies. En el reco­rrido se contemplan todo tipo de aves marinas, zancudas, paseriformes, patos y rapaces.

Tjörnes y Kelduhverfi: una lección de geología

Viajando al norte desde Húsavík por una carretera local se recorre la costa de la ancha y fracturada península de Tjörnes. La zona es famosa por sus acantilados ricos en fósiles (las capas más antiguas datan de hace unos dos millones de años).

Enormes grietas, fisuras y zanjas (depresiones entre fallas geológicas) marcan la tierra como cicatrices en la baja Kelduhverfi, donde la dorsal mesoatlántica se introduce en el océano Glaciar Ártico. En este punto, como en otros de la isla, se muestra de forma muy evidente que Islandia se desgarra en su interior entre dos placas tectónicas importantes.

Líquenes y musgos cubren la taiga de la llanura islandesa de Kelduhverfi.
Líquenes y musgos cubren la taiga de la llanura islandesa de Kelduhverfi. DEA / S. VANNINI (De Agostini via Getty Images)

En esta zona también hay un fabuloso mirador costero, con paneles informativos sobre los movimientos de la Tierra. Luego la carretera desciende hacia las lagunas repletas de aves y los deltas de Vestursandur.

Vida remota en la península de los Troles

Entre los dos profundos fiordos que presiden la costa norte (el Skagafjörour y el Eyjafjördur) se extiende una península montañosa (Tröllaskagi). Sus escarpadas montañas, los profundos valles y los impetuosos ríos recuerdan a otros fiordos de Islandia más accesibles, pero aquí todo es más grandioso, y el aislamiento subraya esta sensación de rincón remoto. Varios túneles unen las poblaciones del norte; Siglufjördur y Ölafsfjördur, que hasta hace no mucho fueron lugares prácticamente aislados del resto del mundo.

Si se dispone de tiempo, es preferible recorrer la península por la costa a través de mágicos paisajes, con infinidad de desvíos para explorar recónditos rincones. Nos encontraremos sitios como Hólar, con una iglesia empequeñecida por las majestuosas montañas, que en otros tiempos fue la capital del norte de Islandia, aunque hoy no tenga ni cien habitantes. O la aletargada aldea pesquera de Hofsós, que fue un centro comercial desde el siglo XV, pero que hoy destaca, sobre todo, por una espectacular piscina al aire libre frente al fiordo, junto a una poza caliente y perfectamente integrada en el paisaje.

Vista del puerto pesquero de Siglufjordur, a los pies de una empinada ladera que se alza ante un fiordo de gran belleza.
Vista del puerto pesquero de Siglufjordur, a los pies de una empinada ladera que se alza ante un fiordo de gran belleza. Robert Postma / Design Pics (Getty Images/Design Pics RF)

Hay que llegar a Siglufjödur para encontrar una población que supere los mil habitantes. Sigló, como lo llaman los locales, está a los pies de una empinada ladera que se alza ante un fiordo de gran belleza. Aquí llegaron a vivir más de 10.000 personas, trabajadores de los barcos de pesca que cada día descargaban las capturas de arenques que luego las mujeres limpiaban y salaban. Con la súbita desaparición del arenque de la costa norte de Islandia, a finales de los años sesenta del siglo pasado, el pueblo entró en declive. Hoy hay túneles que la comunican con otros puntos del sur y los viajeros llegan hasta aquí para hacer excursiones. El acceso desde cualquier dirección ya quita la respiración.

Esta es una zona de atracciones invernales, que van desde el esquí a la natación en sus piscinas de agua caliento o las excursiones árticas en motonieves para ver auroras boreales.

Siguiendo las viejas sagas

Estamos en tierras de vikingos y de supervivientes en un entorno natural muy hostil. Aunque parezca alejada de cualquier rastro de una historia convencional, abundan los museos que tratan de recuperar las peculiares tradiciones de esta Islandia ártica. Aquí los mitos y leyendas se entretejen con la naturaleza y los paisajes. Por ejemplo, en Hvítserkur, un farallón basáltico del que los islandeses dicen que es un trol que se convirtió en piedra; en las cascadas de Kolugljúfur, que deben su nombre a la ogresa que, según se dice, habitaba en este desfiladero; o el cañón de Asbyrgi, con forma de herradura, que surgió cuando Sleipnir, el caballo de ocho patas de Odín, bajó del cielo.

Estamos en tierras de sagas nórdicas: aquí en el norte puede uno bañarse en la piscina natural de Grettislaug, don­de Grettir el Fuerte entró en calor después de nadar desde la isla de Drangey. O visitar el museo de las Profecías de Skagaströnd, y en Blönduós ayudar a tejer el tapiz de Vatnsdæla, que narra los hechos de la saga homónima.

Los amantes de las sagas nórdicas disfrutarán especialmente recorriendo la ruta de la Saga Sturlunga, un sendero del fiordo Skagafjörður que enlaza luga­res vinculados al período más sangriento de la historia de Islan­dia, que puso fin a la etapa de la Mancomunidad Islandesa: en Kakalaskáli puede verse un monumento y una exposición sobre la batalla de Haugsnes (1246), y en la atracción 1238 La Batalla de Islandia el visitante se convierte en guerrero vikingo por obra de la realidad virtual.

Las tradicionales cabañas de tepe islandesas, con los tejados cubiertos de musgo.
Las tradicionales cabañas de tepe islandesas, con los tejados cubiertos de musgo. Davide G. Seddio (Getty Images)

Pero también hay mucha historia en antiguas granjas de tepe como Glaumbær, Laufás y Gren­jaðarstaður, unas singulares cabañas cubiertas de musgo y medio enterradas en el suelo, gracias a las cuales los islandeses se mantuvieron calientes y seguros durante siglos. Hoy se conservan como museos donde el visitante puede rememorar la historia y conocer la vida rural.

Tampoco faltan las referencias al cine y la literatura dispersas por el paisaje islandés: vale la pena visitar Þrístapar y otros lugares relacionados con la última ejecución de Islandia, ocurrida en 1830 y popularizada por la novela de Hannah Kent Ritos fune­rarios (2016). Cerca de Myvatn está Grjótagjá, la cueva donde Jon Nieve e Ygritte, personajes de la exitosa serie de HBO Juego de tronos, se dieron un tórrido baño. Y para los amantes de las ficciones de intriga criminal: Atrapados se rodó en Siglufjörður. Quienes le hayan visto recordarán la importancia de la pesca del arenque, del que vive buena parte de esta costa. En Siglufjörður un museo dedicado al boom de su pesca a mediados del siglo XX nos lo recuerda y durante todo el verano hay festivales en el muelle, donde las arenqueras sa­lan el pescado en toneles mientras suena música de acordeón.

Islas en las que desconectar

Las islas del norte de Islandia son un mundo aparte. En el pasado sus habitantes tenían que ser autosuficientes para sobrevivir cuando las tormentas cortaban las comunicaciones con tierra firme. Este aislamiento atrae todavía a gentes deseosas de desconectar.

Aquí hay lugares tan indómitos como Drangey, en mitad del fiordo principal de esta costa norte (Skagafjörður), una abrupta roca de 180 metros de altura con muchas aves, pero sin gente (aunque Grettir el Fuerte vivió aquí como proscrito). En otro tiempo fue la despensa de la zona. Los granjeros llevaban allí en barcas sus ovejas para pastar, cazaban aves y recolecta­ban huevos. La vista panorámica del fiordo merece la subida a la cima. En sus acantilados anidan alrededor de un millón de aves marinas. Se puede visitar solo en circuitos guiados, de mayo a agosto.

La isla de Drangey en Skagafjörður, donde transcurre la ‘Saga de Grettir’, iluminada por el sol de medianoche.
La isla de Drangey en Skagafjörður, donde transcurre la ‘Saga de Grettir’, iluminada por el sol de medianoche. subtik (Getty Images)

En Hrísey, “la perla de Eyjafjordur” (el fiordo más profundo del norte del país), casi todos sus 160 habitantes viven del mar, igual que sus antepasados. Está a unos 37 kilómetros al norte de Akuyeyri, en medio del fiordo de Eyjafjordur, y es conocida por sus mejillones y su pequeña factoría de salazones. En su museo de Hákarla-Jörundur se cuenta la historia de la pesca del tiburón y su importancia: el aceite de hígado de tiburón se usaba en Europa para la iluminación callejera. La isla es famosa por su rica avifauna; también es una reserva de lagópodos (un género de gallináceas endémicas de la tundra), y en ella se cultiva angélica, una planta medicinal usada como suplemento dietético. Los isleños se lo toman todo con calma y han solicitado su declaración como comunidad Cittaslow. Aquí no hay coches y solo se utilizan tractores para la moverse por la isla. A pesar de lo que pueda parecer, no está tan aislada: el ferri tarda solo 15 minutos en llegar desde Árskógssandur.

Otro lugar lleno de encanto es la isla Grímsey, el único lugar de Islandia que atraviesa el Círculo Polar Ártico. Alejados de la costa, sus 160 habitantes viven de la pesca y, cada vez más, del turismo. La gente la visita para observar frailecillos y otras aves marinas, dar tranquilos paseos entre ovejas y para conseguir el certificado de “Yo estuve en el Círculo Polar Ártico”. Se puede bucear, recolectar huevos de arao (exquisitos) en los acantilados y salir en excursiones de pesca. Está conectada por mar con Dalvík y por avión con Akureyri.

El colmo del aislamiento es Flatey, la isla más grande de un archipiélago de unas 40 islas e islotes situados en el fiordo de Brejoafjorour. Flatey era una comunidad próspera, e incluso un centro cultural, pero en 1967 todos sus habitantes hicieron las maletas y se marcharon. Las casas se quedaron vacías hasta que los parientes de aquellos isleños y gente de Húsavík las salvaron de la ruina. La isla es hoy su pa­raíso privado, donde escapar de los agobios de la vida cotidiana.

Volcanes, lava y géiseres en Myvatn

Islandia es una tierra de hielo y de fuego, donde los volcanes permanecen aún activos y la tierra no ha terminado de asentarse. Entre 1975 y 1984, la última serie de erupciones del sistema volcánico de Krafla dejó unos parajes maravillosos, con el lago turquesa del cráter Víti, a solo 30 minutos caminando del lago Myvatn.

Una mujer relajándose en las aguas termales del lago Myvatn.
Una mujer relajándose en las aguas termales del lago Myvatn.Frans Lemmens (Getty Images/Corbis Unreleased)

Una de las zonas más fascinantes del norte es Peistareykir, unos campos geotermales con manantiales, pozas de barro y fumarolas de varios tipos, tan espectaculares como Hverir (Námafjall), junto a Myvatn, pero con menos visitantes. A la central hidroeléctrica, construida en el 2017, se llega desde Húsavík por una carretera asfaltada.

Todo el entorno del lago Myvatn son cráteres y formaciones de lava espectaculares, como los campos de lava oscura, extraños e inquietantes, en Dim­muborgir. Los caminos pasan por formaciones fascinantes como Kirkjan (la Iglesia), un tubo de lava, o como Hverfjall, un antiguo cráter de fácil acceso.

Otro de los lugares volcánicos dignos de una visita es Lofthellir, una cueva de lava que solo puede explorarse con un guía especializado, nada adecuada para personas claustrofóbicas porque la boca es estrechísima. Dentro se abre un mundo mágico de esculturas de hielo.

Experiencias extremas en el altiplano

Más allá de la costa ártica, en el altiplano islandés hay muchos lugares a las que solo se puede llegar en todoterreno durante el verano, pero son enclaves irresistibles para los más aventureros. Es el caso del volcán Askja, un conjunto de calderas rodeadas por los mon­tes Dyngjufjöll. En la década de 1960, los astronautas estadounidenses del Programa Apolo se entrenaron aquí para sus misiones en la Luna. Otras zonas cercanas son el cañón de Drekagil, el volcán Holuhraun (formado en la erupción del 2014-2015) y el parque nacional de Herðubreiðalindir.

Los que busquen sobre todo caminar y explorar glaciares pueden direigirse al extremo nororiental del glaciar Vatna­jökull por donde discurre la cordillera Kverkfjöll, formada por volcanes activos en una de las zonas geotermales del país con temperaturas más altas.

Lengua de hielo del glaciar Vatnajökull, en una foto tomada desde un dron a finales del invierno.
Lengua de hielo del glaciar Vatnajökull, en una foto tomada desde un dron a finales del invierno. MathieuRivrin (Getty Images)

Otra experiencia es llegar en todoterreno a la reserva natural de Hveravellir, enre los glaciares Langjökull y Hofsjökull, un oasis geotermal en la ruta de Kjölur, con un centro de servicios, un camping, alojamientos, senderos y una piscina natural. Y junto al trayecto que atraviesa la ruta F26 o de Sprengisandur se extiende Laugarfell, un oasis en el desierto entre Hofsjökull y Vatnajökull. La zona cuenta con refu­gios de montaña abiertos en verano, una piscina geotermal natural y manantiales termales.

Cascadas maravillosas

Las cascadas son uno de los reclamos turísticos más populares de Islandia. Y en el norte hay unas cuantas. La más famosa y visitada de todas es la de Godafoss: quienes viajen por la carretera de circunvalación entre Akuryri y Myvtan se la encuentran, como un imán que obliga a desviarse para contemplarla de cerca. La llamada “cascada de los Dioses” se precipita por en medio de un campo de lava y, a pesar de ser más pequeña y menos impetuosa que otras, es una de las más hermosas de la isla.

La cascada de Godafoss, la más famosa y visitada de Islandia, cerca de la carretera de circunvalación entre Akuryri y Myvtan.
La cascada de Godafoss, la más famosa y visitada de Islandia, cerca de la carretera de circunvalación entre Akuryri y Myvtan. Bill Bachmann (Universal Images Group via Getty)

Otro de los destinos más visitados del noroeste del país es la impresionante cascada Kolufoss, en el cañón de Kolugljúfur, donde recientemente se ha construido un mirador. Las cascadas están en el valle de Víðidalur, a cinco minutos en coche de la carretera de circunvalación. Mucho menos conocida es la cascada de Reykjafoss, quizá porque no se ve hasta que se tiene casi al lado. Más pintoresca todavía es Aldeyjarfoss, un salto de agua en el río glaciar Skjálfandafljót enmarcado por columnas de basalto, realmente espectacular.

Pero aún quedan por ver algunas de las más bonitas: las de Jökulsá á Fjöllum: Dettifoss es la cascada más caudalosa de Europa y una de las perlas del Círculo de Diamante. Aguas arriba, y más bonita, queda Selfoss. Y para ver una sucesión de cascadas se puede llegar andando hasta Hafragilsfoss.

Baños y cerveza junto al hielo

Además de la naturaleza salvaje, el norte de Islandia no deja de ofrecer otras experiencias extraordinarias, sobre todo por el entorno en el que se desarrollan. Una de las más originales es el spa de cerveza Bjórböðin Spa de Árskógssandu, donde uno puede bañarse en cerveza mientras paladea una Kaldi de barril o sumergirse en una bañera termal con vistas a la isla de Hrísey. Esto es posible en la microcervecería más antigua de Islandia, Bru­ggsmiðjan. El restaurante sirve platos de carnes y pescados del país… y cerveza, claro.

Otra propuesta es la Forest Lagoon: en un bosque frente a Akureyri estos nuevos baños aprovechan las aguas termales descubiertas durante las obras del túnel de Vaðlaheiði, que han sido canali­zadas hasta sus piscinas. Los bañistas pueden nadar entre los árboles y beber cerveza en el bar flotante.

Buceo entre dos continentes

Cuando se habla de buceo se suele pensar en playas soleadas y peces tropicales, pero algunas de las opciones de submarinismo más fascinantes del mundo están bajo las frías aguas de Islandia. La mayoría de los submarinistas van a la cristalina falla de Silfra, en el sur de la isla, mientras que otros prefieren Strýtan, en el fiordo de Eyjafjödur, en el norte.

Buceo en los cañones submarinos de la falla de Silfra, el punto donde se tocan las placas tectónicas de Eurasia y América, en el parque nacional de Thingvellir, en Islandia.
Buceo en los cañones submarinos de la falla de Silfra, el punto donde se tocan las placas tectónicas de Eurasia y América, en el parque nacional de Thingvellir, en Islandia. charlie Jung (Getty Images)

El Strýtan es un gigantesco cono de 55 metros que se alza desde el suelo marino y del que manan chorros de agua caliente: una chimenea geotermal que es una auténtica anomalía. El resto de estructuras parecidas a esta en el planeta están a profundidades de 2.000 metros o más, pero la cumbre del Strýtan queda a solo 15 metros por debajo de la superficie.

Además del Strýtan hay otros conos de vapor más pequeños al otro lado del fiordo: son formaciones menos espectaculares, pero se calcula que el agua que sale por sus chimeneas tiene 11.000 años. El agua no tiene nada de sal y se puede poner un termo sobre una fumarola, embotellar el agua hirviendo y usarla para hacer un té caliente al volver a la superficie.

Prodigios celestes

El cielo del norte de Islandia es un espectáculo. Aquí, en los confines del Círculo Polar Ártico, el Sol no se pone en verano y casi no sale en invierno. Desde finales de agosto hasta principios de mayo los turistas viajan hasta estas latitudes para observar, con suerte, auroras boreales. De mediados de junio a mediados de julio, luce el sol de medianoche, y entre agosto y noviembre, se pueden ver lluvias de estrellas.

El legendario farallón de Hvitserkur a la luz de una aurora boreal.
El legendario farallón de Hvitserkur a la luz de una aurora boreal. ArtistGNDphotography (Getty Images)

El caballo islandés

Nunca se siente uno más cerca de la naturaleza que a lomos de un caballo islandés. Desde hace más de mil años, estas monturas llevan a los jinetes a través de arroyos y terrenos accidentados. Por toda la isla se ofrecen experiencias ecuestres, pero son especialmente atractivas en el norte, donde se pueden hacer excursiones cortas o circuitos de varios días siguiendo rutas ancestrales o las estrechas vías pecuarias que cruzan la región, y eso cabalgando a paso lento, al trote o al galope. Son circuitos largos para los que se requiere una cierta experiencia ecuestre, pero también es posible encontrar actividades más fáciles, incluso para niños.

Una pareja de caballos islandeses en una pradera cerca de Skagafjörður.
Una pareja de caballos islandeses en una pradera cerca de Skagafjörður. COOLBIERE (Getty Images)

Los novatos o quienes no monten con regularida pueden contratar excursiones más cortas en Skjaldarvík, Pólar Hestar y Syðra-Skörðugil. Las excursiones son guiadas y suelen incluir narración de historias; la experiencia varía dependiendo de la temporada y el entorno. El corazón ecuestre de Islandia es Skagafjörður, con algunos de los criaderos más conocidos. Aquí se encuen­tran la Universidad de Hólar, especializada en estudios equinos, entre otras materias, y el Centro de Historia del Caballo Islandés (abierto en verano, se puede visitar con cita).

Suscríbete aquí a la newsletter de El Viajero y encuentra inspiración para tus próximos viajes en nuestras cuentas de Facebook, Twitter e Instagram.

Normas

Más información

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS