Así nos comportamos en WhatsApp

En un año de escasas interacciones físicas, los grupos de WhatsApp han estratificado amigos, familiares y colegas

En 2020, el tiempo que los usuarios de WhatsApp en España han pasado en la aplicación ha crecido un 76%.
En 2020, el tiempo que los usuarios de WhatsApp en España han pasado en la aplicación ha crecido un 76%.Alamy

¿Es posible pacificar un grupo de WhatsApp cambiándole el nombre? Ese fue el experimento que hizo el fundador de un chat creado para ­organizar comidas de fin de semana y que había acabado siendo un campo de batalla. Cuando el grupo yacía en estado vegetativo —cualquier intento de reanimarlo era un ­polvorín—, llamó al orden, hizo acto de contrición y cambió la denominación. Lo llamó Adultos Contemporáneos. Contra todo pronóstico, el rebranding está funcionando y reina la concordia. Advertencia: el resultado de un experimento puede ser absolutamente casual.

Una encuesta de YouGov indica que más del 60% de los usuarios de esa app hacen vida simultáneamente en varios grupos. Por voluntad o por falta de ella. No es tan fácil negarse a entrar y mucho menos salir de una de esas tribus sin provocar una pequeña hecatombe social.

En un año de escasas interacciones físicas, los grupos de WhatsApp han estratificado amigos, familiares y colegas. Según la compañía, cada grupo tiene como promedio seis integrantes, pero técnicamente podrían ser 256. Es una ley universal que a todo grupo de WhatsApp le seguirá, más temprano que tarde, un subgrupo más exclusivo donde rajar en petit comité. La intimidad nunca parece suficiente. Y WhatsApp es, por diseño, una capilla encapsulada donde la gente se confiesa y el pecado es el exceso de confianza.

Durante la pandemia se ha convertido en nuestra segunda casa. En España, el tiempo que pasamos allí ha crecido un 76% en 2020, según los datos de Kantar. Un espacio donde la gente siente que puede ser quien es, tener faltas de ortografía, ser políticamente incorrecto, mentir y bordear la ilegalidad no es extraño que se convierta en una contienda de furibundos tertulianos. Dice el sociólogo William Davies que la sensación de privacidad favorece arrebatos de honestidad que no ocurren en lugares más exhibicionistas como Instagram.

Un estudio de 2016 del investigador israelí Tomer Simon intentó explicar cómo nos comportábamos en WhatsApp ante emergencias. Simon estudió cómo se expandieron los rumores sobre la violación de unos niños en Israel en 2014, observó que entre la falsedad brillaban detalles reales, incluidos los nombres de los chicos que no se habían hecho públicos. Cuando buscó la fuente de los rumores, casi siempre venía de una persona bien informada que había compartido lo que sabía en su pequeña cápsula que asumía como privada, y ese grupo había hecho lo mismo con otro de su máxima confianza, y así hasta el infinito. “Al principio del bulo suele haber poca gente implicada que ha confiado en otros, que a su vez comparten la información con otro grupo que la vuelve a reenviar. Todo supuestamente bajo la más estricta confidencialidad. Por el camino se añaden fantasías y medias verdades. Siempre subyace la idea de proteger a tu círculo íntimo con una información relevante”, explica Simon.

“La velocidad a la que circulan las fake news en WhatsApp demuestra cuán altruistas y acríticos pueden llegar a ser los grupos”, escribe Davies en The Guardian. Ser el sujeto que desmonta una teoría conspiranoica equivale a convertirse en el enemigo en un sitio donde, no lo olvidemos, se reenvían sin piedad audios y capturas de pantalla.

Lo que pasa en WhatsApp nunca se queda en WhatsApp.

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