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El granjero de manos grandes que peinó a las damas de la Casa Blanca

Eivind Bjerke en su peluquería en Washington.
Eivind Bjerke en su peluquería en Washington.

Eivind Bjerke nunca imaginó de niño mientras ordeñaba vacas en Noruega que acabaría siendo el peluquero de las cabelleras más inaccesibles del mundo.

El primer día en la escuela de peluquería de Oslo se burlaron de él. Eivind Bjerke, 1,85 metros, de familia granjera, quería ser Vidal Sassoon. Tenía unas manos enormes, curtidas por el trabajo de la tierra. “Nunca vas a poder ser un buen peluquero con unas manos tan grandes”, le dijeron los profesores. Y el joven se propuso trabajar lo necesario para demostrar lo contrario. Al final del curso tenía ofertas laborales por varios países de Europa, pero su amor por el glamur americano le hizo optar por una peluquería en Washington. Era 1964 y el mundo todavía no se recuperaba del asesinato a John F. Kennedy. “¿Para qué te vas a ir a un país donde matan a sus presidentes?”, le reprocharon sus padres. En cosa de meses, Bjerke ya estaba dentro de la Casa Blanca.

“Nunca pensé mientras ordeñaba vacas que iba a terminar recorriendo el mundo en el Air Force One”, afirma el peluquero de 76 años en su lujoso salón de belleza en el barrio de Georgetown, en la capital estadounidense. La puerta de entrada a la Casa Blanca se la abrió Lynda Johnson, hija del expresidente Lyndon B. Johnson, quien se peinó con él en la primera peluquería que lo contrató. Después vino su hermana Luci y luego la primera dama Claudia Alta Taylor. Conserva con orgullo las fotografías de bodas, fiestas de disfraces y eventos de la familia presidencial a los que ha sido invitado. Medio siglo después, le sigue cortando el pelo a Linda cada semana.

Bjerke atusa el peinado a la primera dama Rosalynn Carter en 1984.
Bjerke atusa el peinado a la primera dama Rosalynn Carter en 1984.

Desde ese prometedor arranque del sueño americano, la libreta de clientes de Bjerke se ha ampliado. Entre antiguos y actuales clientes, aparecen animales políticos como los Carter, los Reagan, los Rockefeller. También “Maggie”, como se refiere a Margaret Thatcher, o la senadora Dianne Feinstein, que todas las navidades le envía una tarta.

Al comienzo, Bjerke le contaba por correspondencia a sus padres sobre el acceso que tenía a los Johnson y la vida en la capital del poder. “Sin decirlo con estas palabras, mi madre me respondió: Eivind, deja de alardear”. Bjerke no volvió a compartirles sus aventuras con la alta esfera política. “No quería que mi mamá pensara que me sentía especial”, apunta. La discreción es uno de los atributos que llevaron al peluquero hasta la cima...o hasta Camp Davis, prácticamente sinónimos que en la capital estadounidense.

Fue justamente por la discreción que la exjuez Sandra Day O'Connor, la primera mujer en ocupar un asiento en el Tribunal Supremo de Estados Unidos, escogió a Bjerke para que la ayudara con las pelucas cuando enfermó de cáncer de mamas. Era 1988 y la prensa no tenía idea. El peluquero escabullía a la exmagistrada por la entrada trasera de su local y la encerraba en una habitación. Él trabajaba en iniciativas con pacientes de esta enfermedad, por lo que estaba familiarizado con el problema. “Fue un momento devastador para ella. Tenía uno de los trabajos más importantes de este país y me decía: ‘No tengo tiempo para esto’. Pero yo supe cómo ayudarla”, relata Bjerke, quien actualmente está escribiendo sus memorias. Hair Force One, es el titular que baraja para el libro.

Tanto a Sandra Day O’Connor como a Thatcher las describe como “mujeres de una inteligencia superior”. Le preguntaban por su vida, tenían los pies en la tierra. “Hay clientes que solo quieren que les cortes el pelo y ya, pero Maggie siempre quería hablar”, destaca. No con todas sus poderosas clientas ha sido así. Cuando llegaron los Reagan a la Casa Blanca, algunos empleados recomendaron a Bjerke como peluquero. Fue un par de veces a peinar a la primera dama, Nancy Reagan. No funcionó. “Ronald era encantador, pero ella no tanto. Hay gente que te mira hacia abajo. Eres solo un sirviente. No tengo problema con eso porque es lo que soy. Pero mucha gente de aquella clase alta se convirtió en amiga mía”.

En tiempos de los Carter, la pareja presidencial más querida por Bjerke —fue peluquero del presidente y de la primera dama—, gestionó una visita de sus padres a la Casa Blanca. Su padre tenía un tractor y su madre se dedicó a criar a sus doce hijos. Cuando el noruego abrió la puerta del salón de los Mapas, los estaba esperando por sorpresa “Roselynn”, la primera dama. Ella quería saludar personalmente a los padres de su querido peluquero. Se entendieron poco por las diferencias de idioma, pero sonrieron mucho. Después de ese recorrido, la madre de Bjerke le dijo: sí que eres algo especial.

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