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CORONAVIRUS TRIBUNA i

Una crisis urbana en tres dimensiones

¿Cómo nos recuperaremos del revés económico y social que nos viene encima? ¿Qué forma tendrán las ciudades cuando esto pase? Y, ¿qué rol jugarán en la nueva normalidad que se dibujará cuando superemos la emergencia?

El Hotel W de Barcelona enciende las luces dibujando un corazón en su fachada todas las noches, en homenaje a todos los que trabajan en la lucha contra el coronavirus en hospitales y centros de salud.
El Hotel W de Barcelona enciende las luces dibujando un corazón en su fachada todas las noches, en homenaje a todos los que trabajan en la lucha contra el coronavirus en hospitales y centros de salud. Getty Images

La crisis de la COVID-19 es una crisis urbana, en un mundo eminentemente urbano, que parece haber provocado que las acciones de las ciudades coticen a la baja. Justo en el momento en que comenzaban a ser reconocidas como piezas inherentes de la posmodernidad globalizadora del siglo XXI, han empezado a ser cuestionadas precisamente por todo lo que las había convertido en ingenios tan preciados: porque son espacios de aglomeración hiperconectados que, por una parte, concentran actividad económica, oportunidades, talento, cultura y diversidad; pero, por la otra, porque facilitan la propagación de pandemias y otros fenómenos de salud global.

Cabe preguntarse, sin embargo, si esta tendencia se consolidará, si las ciudades, en especial las ciudades globales, perderán peso en la nueva normalidad que se dibujará a partir del momento en que se empiece a superar la pandemia. O si, por el contrario, seguirán teniendo un rol central como proveedoras de servicios básicos y promotoras de derechos. Si seguirán siendo espacios compactos y conectados, que atraen personas, conocimiento y oportunidades. Si las formas urbanas serán las que conocemos o si surgirán otras de nuevas. Si seguirán siendo, en definitiva, nodos de un mundo que será diferente pero que difícilmente dejará de estar globalizado y regido por fuertes interdependencias.

En muchos contextos como en Estados Unidos, Brasil, India, ante gobiernos negacionistas, las ciudades han sido las primeras en gestionar el confinamiento de la población

Pero para proyectar cómo serán las ciudades que vendrán, es importante no perder de vista qué rol han tenido durante la emergencia. En muchos contextos como en Estados Unidos, Brasil, India, ante gobiernos negacionistas, las ciudades han sido las primeras en gestionar el confinamiento de la población y la toma de medidas para frenar la expansión descontrolada de la pandemia. De manera generalizada, las ciudades se han situado en primera línea: han garantizado el acceso a los servicios básicos y la movilidad; han procurado atender a las personas más vulnerables y han reforzado las infraestructuras de salud; también han construido alianzas con la sociedad civil, activando redes de solidaridad; con la ciencia, apoyando proyectos de investigación; y con el sector privado, reorientando la producción; han sumado fuerzas entre ellas y han utilizado todos los canales de la diplomacia pública y científica para adquirir conocimiento, tecnología y bienes de primera necesidad para hacer frente a la crisis.

Este liderazgo será capital para definir la ciudad que vendrá después de la COVID-19. Las principales instituciones financieras y organismos especializados advierten que nos adentramos en un periodo de profunda recesión y crisis económica. Un periodo que redibujará certezas hasta hace pocas semanas incuestionables. Ecosistemas enteros ligados a sectores considerados como cruciales para la economía de las grandes ciudades —como el turismo o la organización de grandes eventos— se verán fuertemente alterados. Las formas de vida y de relacionarse se verán modificadas. Crecerá la vulnerabilidad de importantes capas de la sociedad y el riesgo de exclusión. Y la lógica necesidad de abordar procesos de recuperación económica puede poner en riesgo los planes para abordar la emergencia climática.

Queda claro que el escenario que viene no será fácil de gobernar. Las ciudades deberán ser capaces de definir estrategias dirigidas a dar respuestas integrales a los retos que plantea la nueva realidad por la que comienzan a transitar. Tendrán que aprender a ser resilientes y gestionar incertidumbres. Volver al crecimiento sin límite no puede ser la receta, se ha puesto de manifiesto que segrega, genera desigualdades y devora el planeta. Se impone la idea de prosperidad como fin último de la actividad económica. Una prosperidad que en el post COVID-19 no podrá estar desligada de la protección de los más vulnerables y la cohesión social, ni de la emergencia climática. Una emergencia que no admite un retorno a la idea de la ciudad difusa, como propugnan algunos para reducir el riesgo de nuevas pandemias. La densidad, que habrá que gestionar de otra manera, aporta mixtura, diversidad y una riqueza a la que en los tiempos que vienen no podemos renunciar.

La crisis que viene provocará el cierre de muchas empresas y la pérdida de millones de puestos de trabajo; una realidad que tendrá un impacto disruptivo en las ciudades, en especial en aquellas que tienen mercados de trabajo precarios y poco resilientes. Muchas de ellas, por ejemplo las que viven del turismo, se verán forzadas a revisar su modelo productivo. Pero la pandemia nos deja también aprendizajes que habrá que valorar. Entre otros, la importancia de la ciencia y de la tecnología, y la necesidad de invertir en ecosistemas urbanos de innovación; el más que posible regreso de la industria, una industria que deberá ser diferente, limpia, eficiente, sostenible, en un escenario de relocalización. La importancia de la economía social o la necesaria apuesta por alimentar las ciudades con producción de proximidad (y de calidad).

También parece claro que agravará de forma destacable la ya de por sí preocupante emergencia social. Las ciudades deberán reforzar sus estrategias orientadas a proteger a los más vulnerables y garantizar la cohesión social. La pandemia ha situado una parte importante de la población urbana en riesgo de exclusión; las dinámicas emergentes como el teletrabajo o la teleducación no han hecho más que agravar la brecha que genera la tecnología en un mundo que cada vez será más digital. El confinamiento, por otra parte, ha puesto de manifiesto la precariedad de buena parte del parque de vivienda urbana o la dificultad para acceder a servicios y derechos básicos. Instrumentos como la renta básica universal, apuestas como la del derecho a una vivienda accesible y adecuada o innovaciones como las redes urbanas de solidaridad, toman más fuerza que nunca.

Volver a donde estábamos no es una opción responsable; es necesario que las ciudades consoliden sus esfuerzos para reducir o eliminar emisiones apostando por una movilidad y un urbanismo más sostenibles

Finalmente, la pandemia ha subrayado la estrecha relación entre actividad humana y económica, y cambio climático. El paro de semanas de una parte importante del mundo, en especial del mundo urbano, ha hecho que las emisiones disminuyan de forma drástica. Volver a donde estábamos no es una opción responsable; es necesario que las ciudades consoliden sus esfuerzos para reducir o eliminar emisiones apostando por una movilidad y un urbanismo más sostenibles. Incluso en un contexto donde la distancia se impondrá (al menos durante un tiempo), habrá que repensar el transporte público, incrementar los obstáculos al vehículo privado, potenciar el uso de la bicicleta y favorecer la ciudad paseable, dignificando al máximo el espacio público.

Las ciudades están en la primera línea gestionando una crisis que es urbana y que se expresa en tres dimensiones: económica, social y ambiental. Lo hacen cooperando entre sí, construyendo alianzas con otros actores, ya sean gobiernos, organismos internacionales, la academia, la sociedad civil o el sector privado. No se recluyen, no imponen fronteras, siguen operando como nodos de un mundo que seguirá conectado y que deberá reconstruirse a partir de la cooperación y la solidaridad, no de la competitividad. En este mundo, en la nueva normalidad que se empezará a dibujar tras la COVID-19, las ciudades y sus liderazgos tendrán un rol determinante.


Agustí Fernández de Losada es Director del Programa Ciudades Globales de CIDOB (Barcelona Centre for International Affairs)

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