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Quién se lleva la bandera

La oposición tiene la obligación de fiscalizar la gestión del Gobierno, pero no se puede permitir el oportunismo electoralista

Pablo Casado este miércoles durante la sesión plenaria en el Congreso.
Pablo Casado este miércoles durante la sesión plenaria en el Congreso. EFE

La sociedad italiana, desgarrada por la crisis del coronavirus, ha encontrado en su primer ministro, Giuseppe Conte, un puntal al que agarrarse. Como él mismo dijo conmovedoramente: “Estamos distanciados hoy para poder abrazarnos mañana”. Directo y cercano, la popularidad de Conte se ha disparado desde el inicio de la pandemia. Pese a todos los fallos que se hayan podido cometer y la frágil alianza política que sostiene su Gobierno, hoy todos los italianos miran en la misma dirección.

Este fenómeno de popularidad súbita se conoce en ciencia política como rally round the flag, algo así como “agruparse detrás de la bandera”. La idea es que cuando hay una situación percibida como de amenaza existencial para la comunidad, todos los ciudadanos apoyan temporalmente a sus gobiernos para superarla. Esto hace que, por ejemplo, ante una guerra (y quizá por eso esta retórica se ha vuelto lugar común), amplios sectores sociales apoyen a sus dirigentes para encararla.

Aunque la razón de este fenómeno está en disputa, una tesis extendida apunta que el cambio de opinión sobre los gobernantes se produce porque los agentes que los fiscalizan cambian su comportamiento. Es decir, que el rally se produce desde arriba hacia abajo. Cuando hay una crisis, la información pasa a ser centralizada por los gobiernos y los líderes de la oposición tienden a refrenarse en la crítica para no ser vistos como ventajistas. Además, los medios de comunicación no siguen sus agendas tradicionales, sino que dan espacio total a la información institucional y muy escaso a los partidos alternativos. El Gobierno pilota totalmente los ritmos comunicativos.

Ante este hecho, la ausencia de crítica, la opinión pública tendería a pensar que el Gobierno lo está haciendo bien y esto generaría, en última instancia, que la población se acabara por reagrupar detrás de él. O, incluso, como una profecía autocumplida, que pensando que la gente ya lo apoya, los propios agentes que lo controlan dejen de criticar al Gobierno y acaben por provocar el rally.

Sea como sea, el debate en el Congreso de los Diputados sobre la prórroga del estado de alarma ha sido un ensayo general de la gran pelea por apropiarse de la bandera. No sabemos si los españoles ven hoy más o menos sólido a su Gobierno. Tampoco si será la última vez que se prorrogue del estado de alarma. Ahora bien, lo cierto es que la oposición tiene ante sí el reto de acertar en el tiempo y en la intensidad de la crítica aprovechando el (minorado) altavoz que es un Congreso con aforo reducido.

La oposición, hoy fragmentada, tiene la obligación de fiscalizar la gestión del Gobierno, pero, al tiempo, no se puede permitir el oportunismo electoralista. El equilibrio es dificilísimo. Estamos en unos días en que las cifras de afectados por la pandemia hielan el corazón, y tanto dolor e incertidumbre no dejan espacio para frivolidades.

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