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Por las dudas

Mick Jagger, en el estadio Calderón. Madrid, 7 de julio de 1982.
Mick Jagger, en el estadio Calderón. Madrid, 7 de julio de 1982. Efe

Se da todos los días, todo el día: alguien no recuerda algo y, en lugar de pensar, buscar, relacionarlo, manotea su teléfono y guglea. Se nos ha vuelto un tic.

DE LOS CUATRO, cinco manoteamos los móviles que teníamos sobre la mesa, muy cerca de las manos, pero ella nos miró con sorna: nos congeló con la mirada. No hay muchas cosas que ciertas miradas sepan hacer mejor que congelar.

La cena había sido casi opípara —embutidos, fritos, chacinados, las carnes castellanas, sus hidratos, memorias, sus alcoholes— y la discusión se mantenía dentro de los cánones corrientes: el Gobierno, esta serie distópica, las novelas que bueno, Greta, Meghan —pero poco—, el extremo peligro de la extrema derecha, medio viaje, las músicas que no. Entonces, desde quién sabe dónde, Jose cayó en lo que habíamos evitado —“conciertos eran esos”, o algo así— y recordó, la voz casi gangosa, aquella noche extraordinaria en un estadio del que ahora quedan unas ruinas junto a un río donde, bajo una tormenta que caía y no caía, aquellos hombres Rolling Stones rodaban en Madrid por la primera vez, y fue una marca.

—Sí, claro, sí, claro, cómo no lo voy a recordar, si fue justo cuando nació Rodrigo. Junio, julio del 83.
Dijo Ramón y enseguida Julita:
—Pero no, qué dices. Fue un año antes por lo menos. O dos.
—No puede ser, si ya estaba Felipe. Fue al estadio, esa noche, Felipe, estaba allí.
Insistía Ramón, y la porfía amenazó con empezar:
—¿Felipe, qué Felipe?
—¡¿Cómo que qué Felipe?, coño!
O, en realidad, con terminar: cuatro manos lanzándose a los móviles. Fue entonces cuando Marilú nos congeló con la mirada:
—¡No tocarlos! ¿Y si hablamos, pensamos? ¿Si pensamos?

Decidimos jugar el juego: hubo argumentos, hubo risas, hubo incluso algún taco menor: que si Rodrigo nació el año anterior, que si Felipe tal, que si Mick cual, que por qué con el franquismo no, que el sentido de que entonces sí, que si de verdad podíamos no acordarnos, que si tal o si mal o quizá. Y a nadie le importa —cada vez me importan más esas cosas que no importan— pero fue un placer extremo recuperar la posibilidad de la duda: de la busca.

Es un fenómeno nuevo —aunque ya nos parezca casi viejo—: la tercerización de la memoria y la entrega a esa memoria tercerizada, externa. Se da todos los días, todo el día: alguien no recuerda algo y, en lugar de pensar, buscar, relacionarlo, manotea su teléfono y guglea, wikipedea. En solitario quizá se pueda defender —y no lo creo—; en común, lo que hace es cortar esa fantástica posibilidad del hallazgo, de la deriva que toda duda ofrece.

Se nos ha vuelto un tic, una salida fácil. Hace de cualquier situación un trámite: le adjudicamos a esa acumulación externa la verdad, y lo que toca hacer es consultarla y usarla como sello de oficina. Hay, por supuesto, situaciones en que la precisión es necesaria; está lleno de otras en que no. La duda te lleva adonde no sabías; la comprobación, a ningún lado. Si acaso, a la extrema tontería del triunfo:
—¿Ves? Yo tenía razón.
—Sí, qué bueno, tú tenías razón.

No lo hicimos. Marilú pidió otra ronda de chupitos y nos sonrió —­debo decirlo— casi altiva. A esa altura ya abundábamos en refriegas de nuestros veinte y treinta, historias de esos años en que aquellos Stones —¿83, 84?— llegaron a Madrid. Y entonces levanté mi copa —mi copita— y declaré, solemne, que si fuera una greta propondría una moratoria inmediata de wikis y gugles y otras verdades móviles. Pero soy solo un señor pelado y viejo y rezongón; lo haré, si puedo, por un tiempo, y a ver cómo me va.

Fue justo cuando recordé a uno que dijo —¿quién sería?— que pensaba luego existía y lo decía, seguramente, para decir dudaba: pensar es dudar, es preguntarse, saber equivocarse, querer equivocarse. Recuperar el derecho a la duda. Existir. Encontrar las maneras, o si acaso. ¡Perderse, coño, que encontrar es fácil!