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El acoso interminable

La agónica caza al hombre quedó en nada. La única incógnita consiste ahora en si ese estilo extremoso proseguirá todo el tiempo que dure la legislatura

Santiago Abascal, este martes durante su intervención en la sesión de investidura. En vídeo, declaraciones de Abascal.

Agónico. El intento de acoso y derribo a Pedro Sánchez y a su próximo Gobierno por parte de las derechas no cejó esta mañana, en formato última ocasión y ritmo a la desesperada. Trufado de insultos, descalificaciones y ataques personales, su tono bronco —salvo en el caso de la educada canaria Ana Oramas, por otra parte también contraria a Sánchez— desplegado en las sesiones iniciales llegó hasta el final de la investidura. Veremos, sin embargo, si también con ella llega esta política-escrache a su propio fin, por agotamiento e inanidad; o si consigue descabalgar a media legislatura al presidente al que no ha logrado impedir que se encarame al poder.

El líder popular, Pablo Casado, volvió a desbordar al ultra Santiago Abascal en la tarea de deslegitimar al futuro Gobierno, al que imputó ser un Ejecutivo “contra España”, lleno de ministros adeptos a la “ideología más criminal” de la historia y mayordomo de una “democracia” opuesta a la “legalidad”. Y doctorándose en la caza al hombre, Sánchez: “su única patria es usted” mismo; usted es el “hombre de paja del nacionalismo”; el que acoge a los dos grandes “enemigos” de la democracia, “terroristas y golpistas”; ese que encabeza la “rendición socialista”; un tipo que está “cómodo” más con quien ataca la Constitución que con quien la acata y que organiza una investidura que “da miedo”.

Frente a este florilegio, el aprendiz del partido ultra Vox solo supo barbotar zafios ataques racistas, imputando a los “extranjeros” el grueso de las violaciones en manada; calificar a la investidura de “golpe”, y lancear, décadas después de fallecido, al histórico dirigente del izquierdismo socialista Francisco Largo Caballero. Y la portavoz de Ciudadanos, Inés Arrimadas, apenas musitó que el candidato “quiere cavar trincheras” y que sus seguidores deberían “romper la disciplina de voto”.

Entre los portavoces que les replicaron (no pudo hacerlo el candidato, pues fue el primero en perorar) destacaron con luz propia, en sendas intervenciones de tono firme, pero cortés, el jefe de Podemos, Pablo Iglesias, y el experimentado portavoz del PNV, Aitor Esteban. El primero, con un hábil simulacro de elogio a Abascal (quien había empezado lamentando un recentísimo doble asesinato machista), a la espera de que aprenda que existe una “violencia específica que afecta a las mujeres”; seguido de la lectura de un mensaje de la hija de Ernest Lluch, asesinado por ETA, que protestaba contra la derecha por intentar capitalizar a las víctimas (“¡basta de usar nuestro dolor en su beneficio!”) y que culminó recomendando al PP que no se apropie de la monarquía (a la que su líder había piropeado en su diatriba) porque esta sabe que “solo alejándose de la derecha la institución puede sobrevivir: ustedes son la mayor amenaza” contra ella.

Esteban remató la faena, ironizando con que si Sánchez fuese “un felón”, el encargo de formar Gobierno que le hizo el jefe de Estado habría constituido una “irresponsabilidad del Monarca”. A todo esto, al candidato no le tocó fajarse en los rifirrafes: le había bastado recordar que “la única opción de Gobierno” era la que proponía y que la alternativa era el bloqueo, para, a continuación, invitar a los conservadores a no “persistir en el berrinche” y “aceptar el resultado electoral”.

Se votó. La agónica caza al hombre quedó en nada. La única incógnita consiste ahora en si ese estilo extremoso proseguirá todo el tiempo que dure la legislatura. Los pesimistas se mantenían convencidos de que en ningún caso cambiará. Cruzaban apuestas con los optimistas, quienes recordaban que algo parecido, en versión suave, sucedió en Portugal con la primera investidura del socialista António Costa: le abrumaron con insultos y descalificaciones, pero el fracaso de ese asedio les recondujo a la (por otra parte durísima) cortesía parlamentaria.

Y es que si en el plazo de un par de años resulta que España, efectivamente, no se rompe. Si el constitucionalismo ni se arría ni se deja fagocitar por aquellos a los que intenta volver a encarrilar en el ordenamiento legal. Si la economía no se hunde. Si el nuevo Gobierno no se convierte en un juego de sincopadas montañas rusas surcadas por contradicciones, disonancias y fisuras. Si se pone a trabajar y lo hace más o menos bien (o sea, con mucha decencia y alguna eficiencia). Si todo eso sucede, el mensaje del estrépito, del abismo y del infierno colectivo habrá decaído. Pero para ello, Pedro Sánchez debe demostrar que sabe añadir a su legitimidad de origen —ningún demócrata debería negarla, aunque critique sus modos, sus vaivenes, su programa o sus alianzas— la legitimidad que proveen los resultados. Porque al cabo, a un Gobierno se le vota para que actúe. Y para que actúe bien.

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