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Guerra fría, imperialismo, telón de acero

Se ha abierto una fase de desglobalización, con consecuencias imprevisibles

Las delegaciones de EE UU y China durante la cumbre del G20 en Buenos Aires, en diciembre de 2018.
Las delegaciones de EE UU y China durante la cumbre del G20 en Buenos Aires, en diciembre de 2018. AFP/ Getty Images

Conceptos como guerra fría, imperialismo, telón de acero son los más utilizados ahora para describir el estado de animosidad permanente que se ha instalado entre una potencia emergente, China, y la superpotencia mundial, EE UU. Recuérdese que la Guerra Fría fue el enfrentamiento entre EE UU y la Unión Soviética, tras finalizar la Segunda Guerra Mundial, en ámbitos como el económico, político, social y hasta militar; que el imperialismo era la fase superior del capitalismo y se manifestaba en ideas como la superioridad y dominación entre países; o que el telón de acero trataba de la frontera ideológica y política entre Europa occidental y Europa oriental.

¿Qué ha ocurrido? Que a la guerra comercial, considerada hasta ahora de baja intensidad, entre Washington y Pekín, con subidas mutuas de aranceles, se le ha añadido un conflicto tecnológico de gran significación mundial: la firma china Huawei ha sido incluida en una lista negra por Donald Trump, por lo que a partir de hacer efectiva esa decisión ninguna empresa norteamericana podrá venderle ni soft­ware nihardware sin licencia estatal. Huawei es una de las sociedades más agresivas en el desarrollo de la tecnología 5G, que, según los expertos, va a cambiar la visión económica del planeta en poco tiempo.

La primera incógnita es si China establecerá una reciprocidad con Apple u otra gran empresa tecnológica americana. Y más allá, si esta confrontación se extenderá a otros sectores, incluido el de la deuda pública (China es el gran comprador de bonos americanos). Al final de la reflexión está la lucha por la hegemonía tecnológica —y a través de ella, política— de los dos grandes países.

Se demuestra así que Trump está dispuesto a utilizar todas las armas de la política para contener la rivalidad de un país que se incorporó a principios de siglo a las reglas de la Organización Mundial de Comercio, aprovechándose de ellas en lo que le interesaba, pero sin cumplir con el resto de las normas de la competencia internacional (entre ellas, aplicando el dumping social y una mínima protección social a sus ciudadanos).

En otro momento de la historia, con gobernantes distintos a estos, el resto de los países occidentales no hubieran tenido dudas del lado en el que se situarían; hoy esto está mucho más difuso, como muestra la recepción de la tecnología china 5G en muchos países europeos, así como la buena acogida a las inversiones multimillonarias relacionadas con la red de infraestructuras chinas conocidas como Ruta de la Seda. Trump asusta.

El investigador Federico Steinberg ha sido de los más incisivos (‘La guerra tecnológica y el nuevo imperialismo’, diario Expansión, 21 de mayo). Describe lo que sucede como un neoimperialismo en el que tanto EE UU como China utilizarán su poder para debilitar al otro (lo que Joan Robinson denominaba “políticas de perjuicio al vecino”), obligando a los demás países a tomar partido y someterse a las normas del imperio al que se adhieran, y siendo las amenazas estadounidenses a las empresas europeas que hagan negocios con Irán o Cuba parte de esa clave neoimperialista. Recuerda Steinberg que los actuales líderes imperiales, Trump, Xi Jinping y Putin, “no son precisamente admiradores de la democracia liberal”.

El profesor Dani Rodrik, de la Universidad de Harvard, ha tratado de matizar en sus últimos textos la idea de que todo libre intercambio de bienes y servicios trae beneficios al conjunto de las partes. En uno de sus libros (Hablemos claro sobre el comercio mundial, editorial Deusto) pone numerosos ejemplos de una globalización mal gestionada en la que no se logra un equilibrio entre la apertura económica y el derecho a la gestión del espacio político de los Estados. En todos ellos los protagonistas actúan como representantes del “capitalismo de Estado”. Ahora, el temor es que la tensión acabe en dos sistemas tecnológicos incompatibles entre sí, lo que obligaría al resto del mundo a elegir. Ello supondría una fase de desglobalización que podría semejarse a la que se desarrolló en el periodo de entreguerras, con el resultado padecido por todos.

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