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El error de llamar a Assange periodista

Julian Assange, fundador de WikiLeaks, tras ser detenido por la policía en la Embajada de Ecuador en Londres el pasado 11 de abril.
Julian Assange, fundador de WikiLeaks, tras ser detenido por la policía en la Embajada de Ecuador en Londres el pasado 11 de abril. Reuters

Ver en el fundador de WikiLeaks a un informador es una falacia. Los periodistas no roban información legalmente protegida

UNA DE LAS COSAS de las que más se oye hablar en Palo Alto, la meca de la nueva tecnología, es de periodismo. Solo en lo que va de año se han celebrado tres eventos distintos en la Universidad de Stanford relacionados con él —El papel de los robots en la elaboración de noticias, Ataques contra el periodismo crítico (una serie) y Estar conectado en la era digital—. Muchos de los sabios locales son conscientes de los perjuicios que sus inventos están causando a la convivencia ciudadana y a la democracia y buscan cómo el viejo oficio del periodismo puede ayudar a paliarlos.

No es necesariamente un mal tiempo para el ejercicio de la profesión, por mucho que la industria que conocimos en su entorno se desmorone. Para algunas generaciones educadas en el periodismo tradicional, la transición a la que obligan las nuevas tecnologías ha resultado muy difícil, casi imposible, y algunos tiran la toalla anunciando la muerte del oficio a manos de diabólicos algoritmos.

No, no es la tecnología la mayor amenaza para el periodismo. Los creadores de la tecnología están interesados en adaptarse a sus necesidades y los periodistas deberíamos estar interesados en adaptarnos a las exigencias de esa tecnología, principalmente porque no hay vuelta atrás.
La principal amenaza para el periodismo viene desde dentro.

Ha surgido al respecto un debate interesante a raíz de la detención de Julian Assange, que se llama a sí mismo periodista. “Assange publica información verdadera que es de interés público. Creo que eso es exactamente la definición de un periodista”, ha dicho su abogado, Barry Pollack. Como el hombre encargado de procurar que Assange recupere su libertad, es comprensible que el señor Pollack se esfuerce en dibujar el mejor perfil posible de su defendido. Es más desconcertante, sin embargo, que la propia profesión del periodismo no sea capaz de definir con claridad su función y de distinguir que Assange no es uno de los nuestros. ¿Podría Assange decir que es médico? ¿Tendrían los verdaderos médicos alguna dificultad para identificar a Assange como un impostor? Assange distribuyó en alguna ocasión información valiosa, ciertamente. Pero solo supimos que era valiosa y que su publicación era adecuada cuando una serie de periodistas profesionales la leyeron, la analizaron, la seleccionaron y, en la medida de lo posible, la certificaron.

Los periodistas no roban información legalmente protegida, no violan las leyes de los Estados democráticos, no distribuyen los documentos que les facilitan los servicios secretos sin haberlos verificado. Los periodistas se cuidan de no causar daños innecesarios con su trabajo, les dan a las personas aludidas la ocasión de defenderse, buscan la opinión contraria a la que sostiene la fuente principal de una información, no actúan con motivación política para perjudicar a un Gobierno, un partido o un individuo. Los periodistas no defienden más causa en una sociedad democrática que la del ejercicio de su trabajo en libertad.

Assange tiene derecho a la libertad de expresión, por supuesto. Es legítimo también su esfuerzo por evitar la extradición a Estados Unidos —tanto, por cierto, como el derecho de EE UU a reclamarla—. Pero no es periodista. Ser periodista, como ser médico, es un hecho, no una opinión. Assange no practica el periodismo, no cumple sus reglas ni acepta sus obligaciones.