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La asfixia de la ciencia argentina

El mejor instituto científico gubernamental de Latinoamérica cierra sus puertas al 80% de los doctores. El Gobierno minimiza la crisis

Marcha de Antorchas de trabajadores de Ciencia y Tecnología, en Buenos Aires, el 17 de abril.
Marcha de Antorchas de trabajadores de Ciencia y Tecnología, en Buenos Aires, el 17 de abril.

Enojo y hastío vibran en las voces de los científicos más experimentados. Tristeza y decepción, en la de los jóvenes. Es por la abrupta disminución del financiamiento del sistema científico argentino denunciado ya a través de tres cartas públicas por 240 directores de institutos de investigación, 1.167 científicos de todo el mundo y 11 premios Nobel. Ninguno ha recibido respuesta del gobierno.

"Lo que ocurre es que me han dicho algo que ya sabía: que hay menos presupuesto, que hay que apostar a la ciencia. Es algo que jamás he negado. No había una propuesta que tuviera que ser analizada más allá de aumentar el presupuesto y eso lo estamos haciendo. Estamos tratando de aumentarlo”, responde telefónicamente el secretario de Gobierno de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, José Lino Barañao. Para él, que administra la cartera desde el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, “no es la peor situación por la que ha pasado la ciencia argentina” y si bien “es verdad que hay menos fondos, eso no implica que toda la ciencia esté en peligro”. A pesar de los numerosos científicos del país y del mundo que expresan su malestar, el funcionario lo restringe a un grupo específico. “Estamos haciendo muchas cosas que tal vez no son las que la comunidad científica abocada a la investigación básica ve. La mayor parte de los voceros del reclamo vienen de ese sector que reconozco que es el más perjudicado, pero bueno, se establecen prioridades en un contexto de emergencia”.

La comunidad científica discrepa. “Hoy los investigadores no pueden pagar los servicios mínimos de higiene y seguridad. Están limpiando los laboratorios ellos porque no hay dinero para pagarle a las cooperativas que se encargaban de esto. En los años 90, el entonces ministro de Economía, Domingo Cavallo, nos mandó a lavar los platos mostrando el desprecio que tenía el gobierno neoliberal por la ciencia. Hoy estamos limpiando los laboratorios”, sentencia Roberto Salvarezza, ex director del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), el principal organismo de ciencia de Argentina y actual presidente de la Comisión de Ciencia y Tecnología de la Cámara de Diputados de la nación.

El CONICET es la mejor institución gubernamental de ciencia en Latinoamérica, según el último ranking de Scimago, una evaluadora internacional de instituciones científicas. En su última convocatoria fueron rechazados 2.145 doctores de los 2.595 que se habían presentado. El 80%, afuera. “Esto produce una terrible desilusión en estos jóvenes que se han formado durante casi 14 años y en los que el Estado argentino, es decir todos nosotros, invertimos en su formación. Algunos se presentaban por segunda o tercera vez. Han quedado afuera jóvenes con más de 90 puntos”, cuestiona la doctora en Ciencias Químicas Ana María Franchi, directora de un centro de investigación especializado en reproducción humana.

La situación ha sido denunciada ya a través de tres cartas públicas por 240 directores de institutos de investigación, 1.167 científicos de todo el mundo y 11 premios Nobel. Ninguno ha recibido respuesta del gobierno

Barañao disiente: “Si no han entrado más es porque no llegaban a los niveles de exigencia que el CONICET establece para las distintas disciplinas. El resto tiene que insertarse en el sector productivo o en las otras áreas de gobierno”. El mismo funcionario admite, sin embargo, que ese Consejo de Investigaciones es el único organismo del estado que incorpora personal. Los demás, no lo hacen o los despiden.

Desde que asumió el poder, el Gobierno ha reducido el presupuesto para ciencia y tecnología del 0,35% del PBI en 2015 al 0, 25% en 2019, según datos oficiales y del directorio del CONICET. Además de los 2.145 doctores que no continuarán sus investigaciones, los 450 que sí podrán hacerlo, lo harán con un salario mensual en torno a los 38.000 pesos (unos 760 euros), apenas por encima de la línea de la pobreza (estimada en unos 580 euros para una familia tipo). El año pasado degradó a Secretaría el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva. En tres años han regresado al país un promedio de dos científicos por año mientras que el ritmo era, desde 2003, de 130. El único impulso que reciben, dicen, es hacia afuera. “Ese es un síntoma de la salud del sistema”, advierte Salvarezza, diputado nacional por el Frente para la Victoria, el partido kirchnerista. “La gente salía a especializarse, pero volvía porque acá había salario digno, equipamiento y perspectivas de progreso. Hoy no vuelve nadie”, concluye. Los retornos se promovían desde el Estado a través del programa Raíces, actualmente estancado.

Degradación institucional

El problema no es solamente económico. Para el doctor y bioantropólogo Rolando González, quien lleva 40 años en la investigación, la “degradación institucional” es igualmente preocupante. “El presidente del CONICET [Alejandro Ceccatto] está de baja por enfermedad, la presidenta a cargo ya tiene su mandato vencido. Hay dos miembros del directorio, los premiados doctores Kornblihtt y Pecheny, que fueron electos hace un año y todavía no han sido designados por el presidente Macri y en nuestro cuerpo no se han renovado autoridades. El secretario [Barañao] prácticamente no toma decisiones presupuestarias”, detalla.

Para él, esta situación refleja “una serie de desorganizaciones insitucionales” que afectan a la vida interna del organismo. “Todo esto genera un microclima de trabajo muy pernicioso, muy negativo que termina impactando en el desempeño científico. Nuestro tipo de trabajo requiere una estabilidad laboral que no sólo pasa por lo financiero, que es muy importante, sino también por lo institucional”, asevera visiblemente molesto. La solución sobre este aspecto sería, para él, fácil: “Es una cuestión de decisión política. Si Jefatura de la Nación o Presidencia quieren regularizar el organismo, designan a un presidente, nombran a los miembros que fueron elegidos por los investigadores para que se sumen al directorio, se llevan adelante los concursos que tienen que hacer y listo. No es muy complicado”.

Para presionar sobre las dilaciones, esta semana ha renunciado a su cargo directivo la representante del área de Ciencias Sociales del CONICET, Dora Barrancos, quien considera “inaceptable” la situación. Barañao ha prometido, antes de conocer esa baja, que el decreto que designa a los miembros pendientes estaría listo para junio. “Barrancos sabía esto, pero decidió tomar esta decisión. Nunca nos creyó”, opina el funcionario. El trámite incluirá excenciones impositivas para importaciones relacionadas con la investigación y modificaciones estructurales sobre las que no se brindaron detalles.

A investigar a otra parte

Las voces que relativizan este estancamiento son pocas, tímidas y reservadas. Para el secretario de Ciencia es porque sienten miedo. “Hay un fuerte componente ideológico. En muchas instituciones hay temor en muchos investigadores a tener una posición más razonable o comprensible por miedo a ser tildados de oficialistas, algo que parece ser inadmisible. Me consta porque hay investigadores que me manifiestan privadamente su apoyo pero me dicen que no pueden hacerlo públicamente porque los segregan en su facultad”. Reconoce, en todo caso, que “es cierto que no hay un modelo de país formulado que apueste fuertemente al desarrollo tecnológico”. El doctor Mario Albornoz es asesor de la Secretaría de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, investigador jubilado del CONICET y experto en política y gestión de la ciencia. Para él,  “el sector público no puede reemplazar al sector privado, especialmente cuando no hay empresas públicas. La inversión privada está vinculada a la producción y los bajos valores dan cuenta de que se trata, en general, de empresas poco innovadoras. El país debe modificar esa situación, pero eso no pertenece al ámbito de la política científica”.

El centro de investigación científica Instituto Leloir creó la plataforma #SOSCiencia para reunir firmas y solicitar al gobierno argentino la promulgación de una Ley de Financiamiento para Ciencia y la Tecnología con metas concretas para elevar la inversión en el sector

Para estimular el desplazamiento de las científicas y científicos al sector privado, el gobierno kirchnerista implementó en 2009 el FONARSEC, un fondo destinado a proyectos de I+D para sociedades público-privadas, pero hace casi un año que está congelado. El laboratorio universitario que dirige el Doctor Gerardo Acosta, dedicado a la robótica y la inteligencia artificial, compró costosos equipos y empleó personal para desarrollar Electronbyte con ese Fondo, pero el dinero no llega. Los equipos de última tecnología que alcanzaron a comprar con la primera entrega se cubren de polvo en un armario y el personal, angustiado, busca otra salida laboral. Ni efectivo ni respuestas. Solo tediosas dilaciones. “En nuestro grupo de trabajo, el desfinanciamiento se ve además en el retraso de pago de cuotas a los proyectos de investigación, la suspensión de otros de transferencia importantes, como por ejemplo el desarrollo de un vehículo autónomo submarino a la empresa mixta Y-TEC que fue desfinanciado antes de que pudiera concluirse. También un proyecto financiado por la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica tuvo que prorrogarse debido a que ese organismo ha realizado desembolsos por debajo del 5% del total del proyecto y permanente pone trabas burocráticas insólitas para realizarlos”, se queja Acosta.

Salvarezza, quien además de ser diputado es investigador superior del CONICET, le da razones. “Hablan del emprendedurismo como la salida, pero la verdad es que es muy difícil hoy armar una Empretecno – una empresa de I+D público-privada cuando tenés tasas de interés del 60% o 70%. Los capitales van donde tienen asegurada la ganancia y no donde hay riesgo como las Empretecno. En otra economía esa podría ser una salida, pero en ésta no”.

El Estado, entonces, sigue siendo la principal salida laboral en este campo y, al mismo tiempo, una deuda. “Las afirmaciones acerca de la reducción presupuestaria en estos últimos años son ciertas, cualquiera lo sabe porque lo mismo pasa en otras esferas, pero deben ser matizadas: los ingresos a la carrera del investigador no se interrumpieron, se redujeron. El CONICET siguió creciendo, aunque a menor ritmo. Aquí cabe una pregunta ¿Cuánto debe crecer?”, se pregunta Albornoz. Hasta llegar a 5 investigadoras o investigadores cada 1.000 personas económicamente activas, contesta la comunidad científica. Esa es la meta fijada en el Plan Argentina Innovadora 2020 que el mismo secretario de Ciencia y Tecnología, Lino Barañao, firmó en 2013, cuando era ministro del mismo área.

Exilio, subempleo y TV

Con el organismo científico más prestigioso de América Latina paralizado, aparecen el exilio y el subempleo y hasta concursos televisivos. La pasada semana, una bióloga que dirige un equipo del CONICET que investiga curas para el cáncer participó en la versión argentina de ¿Quién quiere ser millonario? y lloró frente a las cámaras por la falta de fondos para continuar investigando y la necesidad de retener a sus becarios. A Barañao le parece “una forma muy creativa de llevar el tema a la opinión pública. A los efectos de llamar la atención sobre la importancia de la ciencia en el país, es positivo”. En relación a la problemática expuesta, admite que “efectivamente" hay un retraso en la concreción de las cuotas, "pero vamos a cumplir con todos los pagos porque hay contratos firmados. El tema es que pagamos en la medida en que se recauda, tratamos de que sea lo antes posible”.

El secretario de Gobierno de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, José Lino Barañao, cree que no es "la peor situación por la que ha pasado la ciencia argentina” y si bien “es verdad que hay menos fondos, eso no implica que toda la ciencia esté en peligro”

Mientras tanto, las actividades al interior de los equipos se limitan a reclamar respuestas infructuosas, a actualizar presupuestos según el dólar de cada día y a avanzar en lo que se pueda sin gastar. “Lo bueno de la universidad es que nos pagan el gas, la luz, los servicios y nos dan un dinero para el mantenimiento del instituto, pero hay otros que no están en las universidades”, sopesa Franchi, directora del Centro de Estudios Farmacológicos y Botánicos que funciona en la Universidad de Buenos Aires. Su equipo trabaja en el área biomédica y sanitaria, especialmente en la prevención del parto prematuro. El grupo avocado a estudiar las fallas implantatorias en la fertilización asistida acaba de perder a una becaria de excelencia por el recorte del CONICET. “Estuve charlando con los jóvenes y hay una desilusión muy grande. No saben qué van a hacer; irse al exterior o trabajar por debajo de su formación. Muchos se van a dar clases a la educación secundaria. Estaría buenísimo que hubiese doctores en las escuelas, pero apuntaban a otra cosa y le sacan el lugar a quienes se formaron específicamente para ser docentes en ese nivel. Si fuese su elección estaría bien, pero son empujados”, lamenta Franchi. Al secretario de Ciencia no le parece mal “porque probablemente eso permita despertar vocaciones en muchos chicos que tal vez no hubieran considerado una carrera científica de haber sido formados por un docente tradicional”.

Los otros organismos científicos del Estado tampoco están en condiciones de ofrecer soluciones. El Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) echó a 800 investigadores – el 20% de su planta – , el Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI) a 258 – 10% de su personal – , el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (SENASA) a 213 y el Servicio Meteorológico Nacional (SMN) a 255. También hubo despidos en la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) y el Servicio Geológico Minero Argentino (SEGEMAR), entre otros. Con el sistema científico en demolición, el único impulso que sienten las y los investigadores, es hacia afuera.

Ciencia para no ser pobre

Los recortes en ciencia y tecnología descomponen toda una cadena productiva. Suspender el desarrollo del satélite de industria nacional ARSAT III frena la construcción de su plataforma de lanzamiento por parte de la empresa estatal INVAP, lo que detiene la fabricación de las estructuras metálicas con las que iba a edificarse. El científico, el herrero y el obrero de la construcción que han perdido su empleo, tienen el mismo problema. El secretario Barañao niega la suspensión de muchos proyectos estratégicos denunciada por la comunidad científica. “Ninguno se ha parado, están retrasadas las cuotas”, aclara. “El Arsat III no se paró por falta de fondos sino porque es una tecnología obsoleta. No hacemos el mismo tipo de satélites porque no dan servicios. Estamos desarrollando la nueva generación de satélites con otro tipo de motor, más chicos. No se ha descartado hacer el Arsat III porque de hecho, el Arsat II fue exitoso. Solo que no podemos seguir construyendo el mismo modelo. Es como seguir haciendo la rastrojero”, explica el funcionario comparando al satélite con una camioneta de la década de los 70.

“Si el gobierno quiere un país moderno e insertado en el mundo como dicen, deberían invertir en ciencia”, opina la doctora Franchi. “Tenemos 3 investigadores -con dedicación completa- cada 1.000 habitantes entre la población económicamente activa (según datos oficiales de 2011). No está mal para América Latina, pero es poco si nos comparamos con los países que decimos admirar”, cuestiona la científica. España, por ejemplo, tiene 6; Israel 15,9; Finlandia 14,9; Corea y Japón 10; Estados Unidos 9; Francia 8; Brasil 1,4; Uruguay y México 1, según el último Informe de la Ciencia de la Unesco, titulado Hacia 2030. La cantidad no implica calidad, pero las cifras suelen reflejar una correlación con los países que más porcentaje de su PBI invierten en ciencia.

La asfixia del sistema científico y tecnológico argentino se inscribe en un contexto de crisis económica generalizada, pero para la comunidad científica se trata de una decisión política. “El desfinanciamiento se debe a una cuestión ideológica. Este modelo no contempla un sistema científico sólido. No le interesa”, sentencia el bioantropólogo González. El secretario de Ciencia lo contradice. “Mucha gente quiere demostrar que no se está apoyando a la ciencia. Eso no es así. Lo que sí hay es una restricción económica producto de la situación que atraviesa el país”. Barañao aclara con frecuencia que está haciendo esfuerzos para que la situación no sea peor de lo que es y confía en que sea transitoria.

Argentina tiene una notable estima por su ciencia. De los cinco premios Nobel que tuvo, tres fueron científicos. El resto, pacifistas. El resto, pacifistas. Para el de Medicina (1947), Bernardo Houssay, la disyuntiva era clara. Así lo expresó en una entrevista concedida en 1967 al reconocido médico argentino Guillermo Jaim Etcheverry cuando éste era apenas un estudiante y Houssay presidía el CONICET: “O bien se cultiva la ciencia, la técnica y la investigación y el país es próspero, poderoso y adelanta; o bien no se la práctica debidamente y el país se estanca y retrocede, vive en la pobreza y la mediocridad. Los países ricos lo son porque dedican dinero al desarrollo científico tecnológico y los países pobres lo siguen siendo si no lo hacen. La ciencia no es cara, cara es la ignorancia”.

Grandes proyectos ahogados

  • Plan Nuclear. Central Atucha III. Está reformulado para construirlo en 2022 junto a capitales chinos con uranio enriquecido, un tipo de tecnología que Argentina no domina.
  • Plan Satelital. Satélite de Telecomunicaciones Arsat III. Desarrollo suspendido. La frecuencia reservada se mantiene con un satélite alquilado.
  • Planta Industrial de Agua Pesada (PIAP). Se quedó sin mercado principalmente por la suspensión de Atucha III que iba funcionar con agua pesada. Tiene problemas para pagar los salarios de sus trabajadores.
  • PoblAr. Centro Genómico de Referencia Poblacional. Biobanco base de la medicina de precisión. Información genética y no genética de todo el país para conocer estilos de vida y antecedentes de enfermedades. Iba a servir para desarrollar fármacos y políticas públicas sanitarias. Estancado desde 2015.
  • Desarrollo de Órganos Bioartificiales. Un avance médico para disminuir el rechazo en trasplantes. Esta investigación aplicada sirve para probar nuevas terapéuticas en un órgano similar al natural. El Instituto ganó un subsidio en 2016 de 5 millones de pesos, con el dólar a 20 pesos. Hoy ronda los 45. Recibió menos de la quinta parte y perdió becarias en el último ingreso del CONICET.
  •  Robótica submarina. ICTIOBOT 1000. La empresa Y-TEC (una asociación entre la petrolera del Estado, YPF, y el CONICET) encargó a una Universidad el desarrollo de un vehículo autónomo para explorar la plataforma submarina a 1000 metros de profundidad, con capacidad para detectar fuentes de petróleo y daños en estructuras sumergidas. Totalmente suspendido.
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