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La caricia y la bofetada

Lo que más admiro en Sánchez Ferlosio es su insumisión frente a la dominación y el poder, ya sea del Estado, la iglesia, el ejército o las instituciones culturales

Policías en una protesta antifascista en Santander, en el año 2005.
Policías en una protesta antifascista en Santander, en el año 2005. AFP/ Getty Images

El que la caricia consista en un movimiento tangencial de la mano sobre la mejilla nos revela, igualmente, la heteronomía de su origen: tal tangencialidad toma el sentido de aprobación, de amor o de amistad precisamente por contraposición a la perpendicularidad de la otra, más primitiva, acción de la mano sobre la mejilla, eso es, el cachete o bofetada, que tiene el opuesto sentido de reprobación, desamor u hostilidad”. Encuentro estas palabras de Rafael Sánchez Ferlosio en La policía y el Estado de derecho, epílogo que escribió para el libro Amedo, el Estado contra ETA, de Melchor Miralles y Ricardo Arques (1989). La cita es un paréntesis en una larga disquisición sobre cómo se gestó la idea que sustenta que el Estado tiene el monopolio del ejercicio de la violencia, un tema que aparece asiduamente en la obra ensayística de Sánchez Ferlosio. En este epílogo (disponible también en el volumen 2 de sus ensayos reunidos, editados por Debate), Sánchez Ferlosio hace un recorrido desde Tucídides hasta Carl Schmitt, explorando la relación entre guerra, justicia, derecho y legitimidad de la violencia del Estado. Expone que “la noción misma de legitimidad no había podido nacer del idílico modelo que la funda en el libre y pacífico consenso, pues bajo tal supuesto habría sido una noción perfectamente innecesaria. Su necesidad remite, por contraposición y corrección, al modelo diametralmente opuesto; el de la capitulación por el que el vencido hace legítimo sobre sí mismo y aun contra sí mismo el derecho de guerra del vencedor”. La caricia no se origina de por sí, sino por el imperativo de la bofetada; el gesto que apacigua nace del gesto que agrede. La heteronomía de la obediencia es, entonces, el imperativo de la violencia.

La característica que más admiro en el pensamiento de Sánchez Ferlosio es su insumisión frente a la dominación y el poder, ya sea el que irradia del Estado, la iglesia, el ejército o las instituciones culturales. Era insumiso ante los esquemas que reducen la realidad a interpretaciones simplistas y maniqueas, ya que éstas incitan al aborregamiento, al pensamiento único y de ahí a la violencia, al rechazo del que es diferente a mí. Construir la identidad propia en la superioridad frente a otro, ya sea por motivos políticos (quién pertenece o no a una comunidad de deseo nacional, quién dependiendo de su origen y situación económica es bienvenido en mi país, etcétera.), ya sea por motivos morales (quién es bueno, quién malo; quién es decente, quién indecente; quién es normal, quién no), nos convierte, según Sánchez Ferlosio, en “débiles morales”. Así lo propone en el texto titulado La conciencia débil se lava con sangre, donde poniendo como ejemplo el personaje de “she­riff justiciero” señala que “el débil moral, el riguroso, el duro justiciero, trata al presunto malo como a un perro, para poder decirse: Es un perro, un verdadero perro”. Esta interpretación simplista lleva a una violencia extrema porque cuando convertimos al otro en perro desde esa seguridad y superioridad moral, la conciencia deja de ejercitarse, tenemos toda la justificación (que no la justicia) para borrar su humanidad. “Matado el perro, se acabó la duda”, concluye Sánchez Ferlosio.

Leer a Sánchez Ferlosio hoy ilumina nuestro presente. Piensen en cuánto sheriff justiciero anda suelto en nuestro panorama político actual. Por desgracia, este lúcido pensador ha muerto, pero nos quedan sus textos, donde siempre podremos encontrar la caricia y la bofetada.

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