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En 2018 ha habido 113 incidentes con armas de fuego en colegios de EE UU

Familiares de las víctimas de varios ataques en escuelas se manifestaron en Washington en diciembre de 2018.
Familiares de las víctimas de varios ataques en escuelas se manifestaron en Washington en diciembre de 2018. Getty

Durante el fin de semana del 15 de marzo se suicidaron dos estudiantes sobrevivientes de la masacre de Parkland (Florida, EE UU), en la que en 2018 un joven de 19 años asesinó a 14 compañeros y 3 profesores. Los medios estadounidenses conectan estas muertes a otros suicidios recientes, como el del padre de una víctima de la matanza de Sandy Hook, donde fueron asesinados 20 niños y 6 adultos en 2012. No son casos excepcionales. Después de estas terribles masacres, el riesgo de suicidio entre familiares y supervivientes es muy elevado. Se habla de “la culpa del superviviente”, el término psicológico que explica la carga de aquél que, sin entender los motivos, sobrevive a una tragedia colectiva y se pregunta —en algunos casos hasta caer en la desesperación que lleva al suicidio— por qué él sigue vivo y otros, según él más merecedores de la vida, murieron. Se pregunta también si no podría haber hecho algo para salvar al otro y no a sí mismo, si la vida, que en realidad no vive, le pertenece.

Este tipo de evento traumático conlleva una pérdida irreparable a nivel colectivo e individual. Aquellos que escapan de la tragedia sin heridas físicas no sólo son susceptibles a los peligros de sentir culpa como supervivientes, también pierden la confianza en los lazos de seguridad que unen a cualquier persona con su comunidad. ¿Cómo volver a confiar en el ser humano después de haber visto a un compañero de instituto asesinar sin pestañear a tu mejor amigo, a tu compañera de clase, a tu profesora? Los que sobreviven con secuelas físicas graves recordarán a través de sus cicatrices, de sus enfermedades relacionadas, de su pérdida de integridad corporal, la violencia sufrida. Porque las heridas de la supervivencia son en muchos casos físicas y psicológicas. Aquellos que pierden a seres queridos (hermanos, amigas, novios, hijas) sufrirán ante el vacío creado por la violencia arbitraria, sin sentido, repentina, inesperada. Una violencia que además normalmente viene de las manos armadas de un hijo de esa misma comunidad. En este sentido el impacto de la violencia es diferente al que pueda sentir una comunidad atacada por un terrorismo supremacista y externo a ella, como el de la reciente masacre en Nueva Zelanda.

En inglés se ha acuñado el término mass shooting para definir este tipo de acto de violencia, que traducido al español sería “tiroteo masivo”. Otro término ya muy habitual en las noticias de EE UU es school shooting, es decir “tiroteo en escuelas”. Según datos de la BBC, sólo en 2018 ha habido 113 incidentes con armas de fuego en colegios de EE UU, algunos con muertes, como en Parkland y también cerca de Houston (Texas), donde un adolescente asesinó a 10 estudiantes. En España todo esto nos suena lejano, por eso no hemos incorporado estos términos a nuestro lenguaje. Hemos sufrido diferentes formas de terrorismo organizado, pero de momento nos hemos librado de este fenómeno que en EE UU, desde la matanza de Columbine en 1999, se ha convertido en frecuente. Lo demuestra la terminología; también que haya protocolos en colegios y universidades para identificar a jóvenes sospechosos, asesinos potenciales. Y de repente ahora en España sale un iluminado que propone “un cambio radical urgente” en la ley sobre tenencia de armas y argumenta sobre la necesidad de autodefenderse, los mismos argumentos que han llevado a que tantos jóvenes en EE UU hayan sido asesinados en sus colegios y universidades, a que tantas familias y comunidades estén destruidas, a que los dos adolescentes supervivientes de la matanza de Parkland se hayan quitado la vida.

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