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OPINIÓN i

¿Qué te ha pasado (con los niños), Europa?

La llegada a de niños y niñas migrantes no acompañados a través de la frontera sur ha aumentado más del 150% durante los dos últimos años

Rescate de una patera en el Mediterráneo el pasado diciembre.
Rescate de una patera en el Mediterráneo el pasado diciembre. AP

Un niño muere en el mar, una niña en la costa, un bebé en los brazos de su madre en una barca, de noche, en invierno. Apagamos la televisión. Nos impacta. Realmente lo hace. Pero no exigimos un cambio. Hemos bajado los brazos. ¿Qué nos ha pasado? ¿Qué te ha pasado, Europa?

Durante siglos, las personas vivieron migrando dentro y fuera de sus —aún no definidas— fronteras. Familias enteras buscaban nuevos pastos y cosechas, nuevas fuentes de agua y de ingresos. El Romanticismo y el auge del nacionalismo trajeron la formación de Estados y países con fronteras que se definieron con guerras y conflictos de por medio, algunos arrastrados a día de hoy. Pero aún entonces, mujeres, hombres y niños vivían donde podían, dentro y fuera de sus fronteras de origen. Entonces vinieron las Guerras Mundiales, producto de complejos, miedos, populismos y odio a lo diferente. Afortunadamente, tras ellas, Europa se puso de acuerdo: de acuerdo en que había una esencia que nos unía como naciones y seres humanos, unos valores y unos mínimos comunes indiscutibles. El esfuerzo y la sangre de muchos se tradujeron en códigos éticos expresos, en normas explícitas aceptadas por todos, en estándares mínimos sin los cuales, simplemente, se decidió no vivir nunca más. Estos conforman los Convenios de Derechos Humanos. Nos han regido durante la segunda mitad del siglo XX, probablemente, una de las épocas más prósperas y pacíficas de nuestro continente.

Y de repente… El siglo XXI irrumpe con sus miedos y frustraciones. Las condiciones laborales y las cuasi seguridades de nuestros padres han desaparecido. Resultado de ello, los ciudadanos buscamos seguridad, uniformidad ante lo diferente y, por tanto, fronteras altas, muros elevados, muchos muros. De repente, lo que era un mínimo indiscutible y nuestra esencia como pueblos y civilizaciones, es ahora un máximo al que aspiramos las organizaciones y agrupaciones que luchamos por los Derechos Humanos de manera inamovible.

Como bien sabemos, la Convención sobre los Derechos del Niño, junto con las convenciones de derechos de migrantes y refugiados, promulga principios y derechos subjetivos que ponen la infancia en el centro de nuestras políticas sin lugar a dudas, sin mayor discusión. Si bien es cierto que nunca se consiguió el máximo recorrido de la Convención ni la aplicación práctica en su totalidad de estos derechos para niños y niñas migrantes, también lo es que andábamos acercándonos a ello, que sabíamos cuál era nuestra meta final como país y hacíamos esfuerzos para lograrlo.

Nos inquieta que lo que era una hoja de ruta a alcanzar, reflejada en estas convenciones y en los recientes Pactos Globales de Migraciones, pueda ponerse en duda. Europa podría haber hecho mucho más por estos niños y niñas migrantes que llegan solos a nuestro continente. Confiamos en que España, acogedor principal y receptor de niños y niñas, incorpore nuestras propuestas para mejorar la protección de los derechos de estos niños.

Apoyemos a cada niño, a cada niña, con un impulso decidido que los saquen de la pobreza, de la adversidad, de la guerra, de la falta de proyecto vital

La llegada a de niños y niñas migrantes no acompañados a través de la frontera sur ha aumentado más del 150% durante los dos últimos años. Solo en 2018, 6.063 niños no acompañados llegaron al país por mar. España se ha convertido en la primera puerta a Europa de personas migrantes, con más de 65.300 llegadas en 2018. Actualmente, 13.012 niños migrantes no acompañados viven bajo tutela de las comunidades autónomas, según las cifras oficiales del Ministerio del Interior.

Aunque el sistema de registro tiene algunos fallos, estas cifras constituyen las más elevadas para España desde que se convirtió en país receptor de inmigración. Se trata de niños y que llegan a nuestro país sin la compañía de un adulto responsable de ellos. Niños que dejan el suyo por falta de futuro o huyendo de la violencia. Niños y niñas que proceden mayoritariamente de Marruecos (68%), Guinea Conakry (8,4%), Argelia (5,2%), Malí (4,5%) y Costa de Marfil (3,5%). Niños y niñas que necesitan protección y a los que el Estado Español, conforme a los tratados internacionales que ha suscrito, como la Convención sobre los Derechos del Niño, debe proteger.

Y, sin embargo, la última noticia que hemos recibido es que España y Marruecos han alcanzado un acuerdo para frenar los flujos de inmigración irregular, que incluye medidas como que Salvamento Marítimo podrá desembarcar en puertos marroquíes a una parte de los migrantes rescatados.

Si los argumentos jurídicos y morales no son suficientes para Europa, las organizaciones y los que luchamos por mantener los derechos humanos como pilar de Europa debemos generar con fuerza un relato positivo, de no retroceso, de empuje con fuerza a los movimientos que la lastran. No podemos quedarnos parados. No podemos dejar que estos derechos queden amenazados. Apoyemos a cada niño, a cada niña, con un impulso decidido que los saquen de la pobreza, de la adversidad, de la guerra, de la falta de proyecto vital. No cedamos. Tiremos de ellos con orgullo, a sabiendas de que podemos y debemos salvarlos de algo más que del mar.

Maite Pacheco es directora de Sensibilización y Políticas de Infancia de Unicef Comité Español.

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