IDEAS / UN ASUNTO MARGINAL
Columna
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Lo urgente y lo importante

Luchar contra las desigualdades no implica cuestionar el sistema ni querer un mundo de pobres pero iguales

Harry Truman y su sucesor Dwight Eisenhower saludan en el coche que los lleva al Capitolio el día de toma de posesión el 20 de enero de 1953.
Harry Truman y su sucesor Dwight Eisenhower saludan en el coche que los lleva al Capitolio el día de toma de posesión el 20 de enero de 1953. AP

Dwight Ike Eisenhower es el tipo de presidente que uno añora en estos tiempos. Le gustaba jugar al golf y a las cartas, no leía mucho más que novelitas de Zane Grey y minimizaba sus éxitos y sus fracasos: según él, el mayor desastre de su vida fue que lo rechazaran en el equipo de béisbol de West Point, y su acto más heroico fue dejar de fumar. Tenía sentido del humor. Y dos virtudes extraordinarias: podía resolver problemas caóticamente gigantescos (el desembarco en Normandía, por ejemplo) y percibía las corrientes profundas de la historia. Era un conservador sin prejuicios ideológicos.

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Sus métodos de organización y planificación han sido estudiados durante décadas en las escuelas de negocios. Él los resumía con una broma: “Lo urgente nunca es importante, y lo importante nunca es urgente”. Sabía perfectamente, sin embargo, que a veces lo importante es muy urgente y lo urgente es muy importante. Dejó la Casa Blanca en manos de John Kennedy con el discurso de despedida más trascendente desde el pronunciado por George Washington: advirtió de que el “complejo militar industrial” había adquirido un poder muy peligroso.

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Vivió en un mundo distinto al de hoy. Durante su mandato, los estadounidenses que ganaban más de 200.000 dólares anuales pagaban un impuesto sobre la renta del 92%. Cuesta imaginarlo. También cuesta imaginar que un hombre con tan buen criterio eligiera como vicepresidente a Richard Nixon. Cosas de la condición humana.

Sería formidable poder preguntarle a uno de los mejores planificadores del siglo XX qué es hoy urgente y qué es importante. La pregunta no es posible. Recurramos a una de sus definiciones de Perogrullo: “Lo urgente es lo que no puede esperar”. Indudablemente, el cambio climático es una bomba de relojería. Incluso sin discutir el grado de responsabilidad humana (las evidencias indican que es alto) en el fenómeno, hay que prepararse para sus consecuencias. El liderazgo político en auge, los Trump y compañía aupados por el malestar social, considera sin embargo que lo del clima es una patraña.

Los objetivos presidenciales de Eisenhower se resumían en cuatro puntos: sanear el presupuesto, acabar con la guerra de Corea, contener la expansión del comunismo por la vía de la disuasión nuclear y mejorar las condiciones sociales de los estadounidenses. No le parecía posible poner en práctica sus planes con un Partido Republicano atrincherado en posiciones ultraconservadoras y aislacionistas. Antes de asumir la presidencia planteó al partido un ultimátum: o cambiaba, o él se iba. Y ganó.

Quizá hoy sería consciente de que no se pueden afrontar cuestiones como el cambio climático sin resolver antes esa crisis que está ahí, crispando la vida planetaria y envenenando sus mecanismos políticos, ante la aparente impotencia de todos: la creciente desigualdad de rentas. Ya saben, lo del 1% que posee más del 50% de la riqueza y las diferencias que se ahondan en todos los países, ricos y pobres. Luchar contra eso no implica cuestionar el sistema ni querer un mundo de pobres pero iguales (los argumentos del neoliberalismo), sino engranar a miles de millones y frenar una alienación que cada vez se parece más a la que caracterizó los momentos más negros del siglo XX.

Recuerden: con el conservador Ike Eisenhower, en el bastión del capitalismo se pagaba un IRPF del 92%. Y nunca Estados Unidos fue más fuerte.

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