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Octavio Paz y el grillo cósmico

Siguiendo la tradición pitagórica, las estrellas hacen música y los grillos son los insectos encargados de interpretarla

Visitantes del Observatorio Astronómico de Albanyà, el centro con el cielo más oscuro de toda Europa, durante las perseidas percibidas en la noche del 12 al 13 de agosto. Ampliar foto
Visitantes del Observatorio Astronómico de Albanyà, el centro con el cielo más oscuro de toda Europa, durante las perseidas percibidas en la noche del 12 al 13 de agosto.

En diciembre de 1990, durante la cena de gala ofrecida por el Ayuntamiento de Estocolmo a los premios Nobel, mientras el champán caía en cascada, el escritor mexicano Octavio Paz arrancaba su discurso inspirado por el estímulo mágico que tiene lugar entre la Naturaleza y la Literatura cuando ambas se identifican por completo. Frente a las autoridades y demás invitados a la recepción, el escritor contaba que uno de los gestos más antiguos del ser humano consiste en alzar la cabeza para contemplar las estrellas.

Con esto, Octavio Paz siguió contando que, en una ocasión, hacía ya muchos años, mientras contemplaba con asombro el cielo estrellado, se dejó envolver por el mantra nocturno de un grillo, lo que le llevaría a escribir un tanka, poema escueto de tradición japonesa con el que recogió aquel preciso instante.

Es grande el cielo

y arriba siembran mundos.

Imperturbable,

prosigue en tanta noche

el grillo berbiquí.

Asociar el temblor de las estrellas con la música de los grillos es algo más que un motivo poético, es la evidencia pitagórica de que el movimiento de los cuerpos celestes se rige siguiendo proporciones numéricas armoniosas que, a su vez, son proporciones musicales cuya sonoridad llega a nuestros oídos gracias a la mediación de los citados insectos. De esta manera, y parafraseando a Octavio Paz, el entendimiento entre naturaleza y música se nos presenta como una “extraña correspondencia entre la palpitación nocturna del firmamento y la musiquilla del insecto”

Llegados aquí, hay que recordar el descubrimiento de Pitágoras cuando, al hacer vibrar una cuerda estirada, se produce una nota. Si dividimos la cuerda en un número exacto de segmentos, iremos reconociendo notas armónicas a lo largo de la cuerda. La sabiduría pitagórica elevó tal asunto a escala cósmica, resultando que las distancias entre planetas corresponderían a intervalos musicales.

Por ello, siguiendo la tradición pitagórica, las estrellas hacen música y, ya puestos, los grillos son los insectos encargados de interpretarla. Como prueba, sirva el experimento que realizó el cantante y compositor estadounidense Jim Wilson, una noche en la que grabó el canto de los grillos de su patio. Cuando llevó la grabación al estudio con el fin de experimentar con ella, Wilson se dio cuenta de que, al ralentizar la grabación, sonaba como si un coro estuviese interpretando la música de las esferas. “Suena celestial, suena como un coro de ángeles”, diría su amigo Tom Waits al respecto.

Lo asombroso es que aquel coro bajado del cielo no utilizaba voz alguna para interpretar, pues los grillos carecen de nuestro atributo humano. Por contra, lo que hacen los grillos es levantar sus alas y frotarlas entre sí para producir una música que recibe el nombre de estridulación y que, bien mirada o bien oída, tiene brillo sideral. “Extraña correspondencia” a decir de Octavio Paz, entre “la musiquilla” del grillo y el compás del titileo de las estrellas; extraña correspondencia entre la estridulación del insecto y esa luz musical que percibe el espíritu, por decirlo ahora con las mismas palabras de ese otro poeta, tan nombrado como tan poco leído, me refiero a Federico García Lorca que, en su poema Hora de estrellas, decía salir desnudo a la calle y maduro de versos perdidos para dejarse envolver por “lo negro, acribillado por el canto del grillo”.

De la misma manera, buscando los acordes que dan sentido al Universo, el escritor Octavio Paz viajó a través de la oscuridad, concentrado en la musiquilla de un grillo que taladraba la noche, dejándose llevar por ella, sintiéndose un eslabón de la cadena vital del universo, un vínculo orgánico que palpitaba al ritmo de las estrellas, tan eterno como perecedero y próximo a la filosofía narrativa donde los sabios griegos se figuraban que los cuerpos celestes viajaban alrededor de la tierra encerrados en esferas de cristal, ya puestos (y en otra escala), semejantes a esas burbujas que contienen las copas de champán de las recepciones literarias.

El discurso de Octavio Paz al que se hace alusión en este artículo fue publicado en un volumen de ensayos titulado Al paso (Seix Barral) y lleva por título Brindis en Estocolmo. Posteriormente (2014) el citado texto fue incluido en el volumen que recopila poemas de Octavio Paz bajo el título El fuego de cada día, también en la misma editorial.

El hacha de piedra es una sección donde Montero Glez, con voluntad de prosa, ejerce su asedio particular a la realidad científica para manifestar que ciencia y arte son formas complementarias de conocimiento

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