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El tristísimo manto de la marmota

El máster ficticio de la señora Cifuentes no puede esconderse bajo la niebla de la nimiedad

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, el 19 de abril, tras el pleno de la Asamblea regional, donde respondió a cuestiones relacionadas con el polémico máster que cursó en la Universidad Rey Juan Carlos
La presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, el 19 de abril, tras el pleno de la Asamblea regional, donde respondió a cuestiones relacionadas con el polémico máster que cursó en la Universidad Rey Juan Carlos EFE

Tened cuidado con no convertir en nimiedades cosas que son consecuencia de una gran herencia de ordenada libertad, reclamaba a sus discípulos un gran diplomático estadounidense. Mucho cuidado, nos diría hoy, con convertir en trivialidades cosas que forman parte de los esquemas ordenados de libertades en nuestro país: el caso Cifuentes, por ejemplo, no es una nimiedad; la llamada ley mordaza, que permite encarcelar a personas cuyas expresiones pueden ofender, pero que no están incitando a hechos violentos concretos, no es una minucia; que los responsables de la Generalitat en Cataluña (el Estado) dieran instrucciones a un cuerpo armado, como los Mossos, para que facilitara la actividad de quienes iban a desobedecer a los tribunales no es un detalle irrelevante. Y no se pueden convertir en nimiedades porque afectan a principios básicos de los acuerdos de convivencia.

El PP ha renunciado a ocupar la agenda política con la acción de su Gobierno y nos ha metido a todos en una secuencia agotadora.

Hay dos cosas que se aprenden pronto en periodismo: es mucho más útil para la sociedad plantear la crítica sobre la acción del Gobierno (sea estatal o autonómico) que sobre los errores de la oposición y es importante lograr que los problemas políticos se planteen en términos exactos, no en el marco confuso en el que los interesados quieran confinarlo.

El Partido Popular, en el Gobierno, es un especialista en convertir todo lo que le hace objeto razonable de crítica en nimiedades. Los portavoces populares quieren reducir ahora lo ocurrido en la Comunidad de Madrid a un caso de malas prácticas administrativas. Pero el llamado caso Cifuentes es mucho más que todo eso porque Cristina Cifuentes no es una ciudadana particular que padece irregularidades administrativas ajenas a su voluntad, sino la presidenta de la Comunidad de Madrid, un cargo político en el que maneja un presupuesto de casi 20.000 millones de euros, y que se ha beneficiado de documentos públicos que, según todos los indicios, han sido manipulados ilegalmente. Hasta hace poco un juez podía condenar en Madrid por delito de estafa o receptación a una persona que utilizara un abono transporte ajeno o que manipulara el documento para cambiar la foto. Y aun ahora, sin pena de cárcel, la multa es cuantiosa. El máster ficticio de la señora Cifuentes no puede esconderse bajo la niebla de la nimiedad, salvo que demos por bueno que una marmota gigantesca ha caído sobre este país: ¿cuantos días iguales hay que soportar antes de salir de este bucle? ¿Cuánto va a mantener Ciudadanos a los madrileños atrapados en el tiempo, como si esta ciudad fuera el diminuto condado de Punxsutawney y todos sus habitantes Bill Murray? ¿A qué hay que esperar para que Ángel Gabilondo devuelva el pulso, hasta las próximas elecciones, a una comunidad cansada y triste?

¿Cuánto va a mantener Ciudadanos a los madrileños atrapados en el tiempo, como si esta ciudad fuera el diminuto condado de Punxsutawney y todos sus habitantes Bill Murray?

Es cierto que el Partido Popular se ha encontrado en esta legislatura, porque así lo ha querido (o porque su presidente, Mariano Rajoy, pensó que era la única manera de conservar el poder), en una situación extraña, sin mayoría parlamentaria y sin acuerdo suficiente de gobierno, pero la estrategia adoptada a continuación ha agravado los problemas en lugar de aliviarlos. El PP ha renunciado a ocupar la agenda política con la acción de su Gobierno y nos ha metido a todos en una secuencia agotadora. Conste sin embargo que su obligación sigue siendo actuar, tomar la iniciativa política y demostrarnos que tiene algo que decir para salir del día de la marmota, en Madrid, en Cataluña y en donde sea. Es tristísimo que un Gobierno, sujetado con pinzas por Ciudadanos, que solo parece pensar en sus intereses electorales, sea incapaz de plantear sus propias opciones y de debatirlas públicamente con todo aquel que lo desee. Tristísimo un Gobierno que convierte en nimiedad parte de la buena herencia de libertades ordenadas.

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