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La presidenta y los ‘hechos alternativos’

La actitud de Cifuentes es insoportable: no importa la verdad, sólo eludir la dimisión

Cristina Cifuentes este miércoles durante su comparecencia en la Asamblea de Madrid.

He visto a estudiantes hechos y derechos a los que les temblaba la voz cuando presentaban su TFM, la tesina del máster. He visto la inseguridad que embargaba a muchos de ellos antes de enfrentarse al tribunal, sus dudas y temores. He asistido al esfuerzo que les suponía a algunos el compaginar la asistencia a clase, las lecturas, el estudio, con su vida laboral. He asistido a su alivio y a su inenarrable felicidad cuando consiguieron superarlo. Por eso me resulta insoportable la banalidad con la que la presidenta de Madrid, Cristina Cifuentes, lo liquida diciendo que es una cosa de diez-quince minutos —¡falso!— y que, bueno, ¿para qué conservar el texto? Total, tampoco se trata de una tesis doctoral.

He visto a jóvenes investigadores dejándose horas y horas de trabajo organizando cursos, seleccionando alumnos, invitando a conferenciantes externos, rellenando papeles, pasando inspecciones de autoridades académicas, sacrificando su tiempo, su valioso tiempo, para construir un currículo académico personal en nombre de un interés colectivo, el de la institución universitaria. Ahora a todos ellos les resultará insufrible escuchar que ha sido una labor vana; que hay quien puede sortear la indescriptible maraña de procedimientos y requisitos burocráticos establecidos gracias a sus contactos personales de naturaleza política.

Pero no sólo eso. Si la presidenta de Madrid obtuvo el máster ignorando todas las normas es porque, dice, así lo quisieron las autoridades académicas. Recordemos la justificación básica de Cifuentes: ¿qué culpa tengo yo de que los responsables universitarios hagan excepciones a las normas que rigen para cualquier mortal? Si buscan un culpable, no me miren a mí, miren a la universidad que permitió que me saltara todas las reglas.

Si hay algo que nos molesta a los españoles es eso que vulgarmente se llama “hacer el primo”; prueba de ello es que resulta casi imposible traducir esta expresión a otros idiomas. Así se deben sentir los miles de estudiantes que han cursado un máster o los innumerables profesores que han hecho el esfuerzo de organizarlos. Por eso la intervención de Cifuentes en la Asamblea de Madrid resulta insoportable. Porque saca a la luz la iniquidad y frivolidad con la que se juega con el esfuerzo ajeno; porque sólo se seleccionan los hechos que encajan con la estrategia de justificación buscada, ignorándose todos los demás; porque pone bajo sospecha las prácticas de la universidad en su conjunto; porque, en definitiva, y esto es lo más grave, no importa la verdad, importa la definición de la realidad que encaja con el fin buscado: eludir la dimisión.

Lo triste es que, en línea con las premisas de la posverdad, habrá quien sienta que Cifuentes es sincera, quien esté dispuesto a otorgarle el beneficio de la duda, quien vaya a votarla “a pesar de los hechos”. O sea, quien renuncie a la actitud auténticamente universitaria, la búsqueda de la verdad, no la obtención de este u otro título.

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