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COLUMNA

Putin, el “enemigo estratégico”

Europa afronta con dificultades la guerra no convencional con Moscú iniciada en 2014

La primera ministra británica Theresa May, en el centro, con el presidente francés Emmanuel Macron y la canciller alemana Angela Merkel, el pasado jueves en Bruselas.
La primera ministra británica Theresa May, en el centro, con el presidente francés Emmanuel Macron y la canciller alemana Angela Merkel, el pasado jueves en Bruselas. AP

Europa se ha librado, solo por el momento, de una guerra comercial con Estados Unidos. Pero mantiene otra —no convencional— con la tercera potencia militar del mundo y la más próxima a sus fronteras: Rusia. La enésima escalada de tensión comenzó hace cuatro años, tras el acercamiento de Ucrania a la Unión Europea, con la anexión por parte de Moscú de Crimea y la guerra en las regiones industriales de Donetsk y Donbás. Los europeos impusieron a Rusia sanciones, y ello agudizó el desencuentro hasta llegar a las acusaciones occidentales contra Moscú de emprender una guerra híbrida a través de tramas rusas que han intoxicado a las opiniones públicas en favor del Brexit, el separatismo catalán y los partidos ultraderechistas en Alemania (AfD) y Francia (FN).

El envenenamiento del exespía ruso Serguéi Skripal y su hija en suelo británico el 4 de marzo ha recrudecido las hostilidades. El Kremlin rechaza cualquier responsabilidad sobre lo ocurrido pero la primera ministra británica, Theresa May, ha declarado a Rusia “el enemigo estratégico de Europa”, ofreció datos de su investigación a sus socios europeos en el Consejo Europeo de la semana pasada y sus argumentos han sido convincentes a la luz del cierre de filas occidental —OTAN incluida— con la expulsión masiva de diplomáticos, medida a la que se han sumado dos aliados de gran relevancia por razones distintas —Estados Unidos y Ucrania—.

Esta crisis no favorece a ninguna de las partes, pero los hechos indican que la tensión exterior tiende a consolidar el liderazgo de Vladímir Putin, en el poder desde hace dieciocho años. Con cada guerra librada ha aumentado su popularidad. Ocurrió con la de Chechenia, con la de Georgia, la anexión de Crimea y su intervención en Siria, una contienda inconclusa que Putin ya ha ganado manteniendo, contra viento y marea occidental, al tirano Bachar el Asad. El enemigo exterior sigue funcionando. El nacionalismo, también; sobre todo en un país que siente como una afrente la pérdida de su antiguo poderío y ansía recuperarlo.

El expresidente francés Nicolas Sarkozy hizo recientemente en Abu Dabi un desacomplejado elogio de los liderazgos fuertes y entre ellos citaba a Putin. Él, como Xi Jinping o el príncipe saudí Mohamed ben Salman, dijo, están menos sometidos a cortos mandatos y —se puede añadir— al juego de contrapoderes. “Las democracias destruyen los liderazgos”, afirmó. No añadió lo obvio: que esos líderes fuertes destruyen (o lo intentan) las democracias. Las recientes elecciones rusas estuvieron plagadas de irregularidades, además de haberse celebrado con la oposición acallada. Pero parece evidente que cuenta con el apoyo masivo del electorado. Con un perfil más agresivo que nunca y un programa de rearme grandilocuente, obtuvo el 76,6% de los votos. El liderazgo blando de la UE tiene serias dificultades para enfrentarse a un enemigo como este.

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