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ANÁLISIS

Hipótesis para una tragedia

Por una parte está la Rusia oficial y por otra parte la Rusia de las personas físicas y jurídicas, que se mueven en una zona opaca

Un hombre recoloca la bandera de Rusia en el consulado ruso de Londres este miércoles 14 de marzo.
Un hombre recoloca la bandera de Rusia en el consulado ruso de Londres este miércoles 14 de marzo. Getty Images

La primera ministra británica Theresa May ha dirigido contra Vladímir Putin su dedo acusador por el envenenamiento del exagente ruso Serguéi Skripal y su hija Yulia. “Es trágico que el presidente Putin haya elegido actuar así”, ha dicho la mandataria ante una opinión pública cuya reacción (en el Reino Unido y en Rusia) se basa en factores como la confianza hacia sus dirigentes y sus medios de información, su nivel de conocimiento de la realidad y de la historia y también de sus estereotipos.

La prueba directa del delito no es pública, pero, sea cual sea la realidad, conviene recordar que, al etiquetar como “rusa” la sustancia funesta empleada en Salisbury, la propia May estableció dos categorías, por una parte los dirigentes del Estado ruso y por otra, sujetos sobre los que el Estado habría perdido el control.

Sin asumir las conclusiones de May, tal vez sea útil mencionar algunos rasgos del funcionamiento del sistema ruso actual. Por una parte está la Rusia oficial, que formalmente actúa de acuerdo con sus leyes y se organiza en torno a las “verticales” de poder que convergen en el Kremlin. Por el otro, está la Rusia de las personas físicas y jurídicas, que se mueven en una zona opaca. Son “guerreros, propagandistas y contratistas” que pueden cumplir misiones diseñadas por el Kremlin, pero también ejercer sus propias iniciativas. Estas dos Rusias discurren por carriles distintos y los encuentros entre ellas suelen ser discretos y sin focos mediáticos. Las pruebas, cuando las hay, suelen ser casuales y al alcance de avispados, como una foto en las redes sociales o un personaje polémico sorprendido en la antesala de un poderoso. La relación entre estas dos Rusias, que ha jugado distintos papeles en la anexión de Crimea, la guerra en el Este de Ucrania, y también en Siria, tiene una regla de oro: el Estado se adjudica los éxitos y se desentiende de los fracasos. Es lo que la politóloga rusa Yekaterina Shulman califica como un “offsourcing” de servicios.

Si de Rusia viene la perniciosa sustancia neurotóxica detectada en Salisbury, sería posible pensar que los manipuladores de la misma son sectores que tienen acceso a ella y están relacionados de algún modo con la “dimensión técnico guerrera” del Estado. El envenenamiento ocurrido en vísperas de las elecciones en Rusia puede tener repercusiones sobre la imagen del presidente (tanto a favor como en contra, según qué se presuponga y ante qué público). ¿Podrían los sectores más aguerridos y más antioccidentales del “Putin colectivo” que gobierna en Rusia tratar de crear una situación sin vuelta atrás para construir así mejor una Rusia fortaleza? ¿Se podría hablar de una “fidelización” del presidente para una causa radical y militarista? Lo dicho no procede de un conocimiento de los hechos concretos sino de un intento de considerar distintas hipótesis. Una inteligente colega rusa opina que hay matices entre la muerte del exagente Litvinienko (a partir de una implacable lógica de facto que establece el castigo de los “traidores) y el envenenamiento de Skripal, con dimensiones más difíciles de captar. En este segundo caso parece haber más elementos de provocación que en el brutal crimen de lógica gremial, pero ¿de quién y para quién?

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