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¿Quién manda aquí?

En democracia, el poder está en todas partes y en ningún sitio. Es un lugar de tránsito, inestable

Carles Puigdemont (c), durante el acto con los alcaldes independentistas en Bruselas el 7 de noviembre.
Carles Puigdemont (c), durante el acto con los alcaldes independentistas en Bruselas el 7 de noviembre. AFP

Desde hace algún tiempo, la pregunta más oportuna e inquietante es: ¿quién manda aquí? Esta interrogación es lógica si se tiene en cuenta que el poder, en buena medida, se ha desplazado del Estado-nación a conglomerados anónimos que tienen una localización incierta, escapan a las obligaciones de control político y no han de dar cuentas ante ningún electorado. A la vista del desorden global, inmersos en procesos ingobernables y sujetos a dinámicas de las que nadie se hace cargo, tratar de identificar a alguien como responsable —autor, competente o destinatario de nuestra protesta— no es solo un alivio psicológico, sino un requisito para ejercer nuestros derechos democráticos. De ahí que no sea ninguna exageración hablar, como Anthony Giddens, de un mundo desbocado, fuera de control.

Este carácter disperso, extraoficial, distribuido, caótico y limitado del poder, tiene una dimensión positiva que ha de interpretarse como el resultado, más o menos intencional, de una larga marcha de la humanidad por descentralizarlo. En la democracia, el poder está en todas partes y en ningún sitio, en el sentido de que no pertenece propiamente a nadie, ni siquiera a los que lo ejercen. Las democracias tienen procedimientos para que nadie ocupe ese lugar, para someterlo a la confirmación popular o revocarlo. Para que el poder sea democrático no puede ser monopolizado ni estabilizado para siempre, ni capturado por nadie. El poder es un lugar de tránsito, inestable: se ejerce pero no se detenta, y generalmente esto ocurre de manera acordada, limitada y compartida.

Debemos a Claude Lefort la mejor explicación, en mi opinión, de este estado de hechos cuando definía el poder en una democracia como un lugar vacío. El poder no pertenece a nadie; es un lugar ocupado solo provisionalmente. De este modo, Lefort está poniendo al conflicto —la diversidad de opiniones, la ausencia de un saber incontestable, los poderes que se neutralizan mutuamente, la falta de una garantía absoluta…— en el centro de nuestras sociedades. El Homo democraticus está en un entorno de incertidumbre que, lejos de responder a una ausencia o vacío de sentido, está ligada a su pluralización: elecciones contradictorias que no se le imponen con absoluta evidencia, rodeado por regímenes de vida diferentes, pertenencias múltiples, alternativas posibles, crítica y contestación.

Esto no quiere decir que no exista ninguna instancia desde la que se ejerza dominación, sino que el poder no pertenece propiamente a nadie, lo que se verifica por el hecho de que es vigilado y contestado, sometido regularmente al sufragio de los electores. Los polos de identificación que se encargan de designar “lo común” —la nación, el pueblo, el Estado, Europa, la humanidad— nunca son plenamente actualizables o definitivos, y no se expresan más que a través del conflicto de sus interpretaciones. Todo poder se deriva del pueblo, ciertamente, pero eso no se hace sino de forma plural y conflictiva; su identidad no se realiza jamás del todo, sino que se reitera y se expresa a través de la división. La democracia es una forma de organización política de la sociedad en la cual el conflicto no es nunca definitivamente reabsorbido en la unidad de una voluntad común.

La desconfianza y la crítica, erigidas en posturas de principio, se han convertido en obstáculos más que en ayudas al pensamiento

Si esto es así, tenemos que pensar la crítica de otra manera. De entrada, ya no nos relacionaríamos con “el poder” en singular, sino con una pluralidad de poderes. Que el poder esté disperso no significa que no haya instancias desde las que se ejerce más e injustamente, que esa distribución no sea en ocasiones desproporcionada; significa que, por lo general, esos lugares no son estables, que nadie tiene todo el poder y que eso no nos impide criticarlo.

Esto no quiere decir que no haya poder, más bien al contrario: lo hay por todas partes, repartido de manera muy asimétrica, en la empresa, en la familia, en la escuela… En lugar de una identificación o un desenmascaramiento definitivo, lo que tenemos es una “microfísica del poder” (Foucault), una diseminación que es propia de las sociedades democráticas, con sus ventajas y sus inconvenientes. El poder no es algo que se pudiera suprimir de una vez por todas. También los académicos, los periodistas e incluso los profesionales de la crítica tienen su micropoder, y tal vez les ocurra a los intelectuales lo que Foucault advertía: que no han cortado la cabeza del “soberano” en sus teorías, obsesionados todavía por la búsqueda de un lugar del poder al que oponer una revuelta definitiva, un rechazo enfático. Contra las grandes imputaciones —del poder, el rechazo, la inculpación, la hegemonía—, la razón crítica consiste hoy en avanzar por la línea modesta pero efectiva de mejorar las limitaciones al poder, la resistencia y la construcción colectiva de la responsabilidad.

Del mismo modo que hay malos usos del poder, también hay malos usos de la crítica, por ejemplo, esa caricatura de pensamiento crítico que es el conspiracionismo o pensar desde el supuesto de que todo poder debe ser desenmascarado, denunciado en tanto que tal, sea cual sea su naturaleza y el modo como se ejerce. La desconfianza y la crítica, erigidas en posturas de principio, se han convertido en obstáculos más que en ayudas al pensamiento y a la emancipación.

Hablar del poder en singular nos permite tratar una noción que cubre un conjunto de prácticas como si se tratara de una entidad real, dotada de contornos definidos y, sobre todo, de intenciones capaces de explicar sus acciones. Pero en realidad el poder en una sociedad avanzada es, al mismo tiempo, de una complejidad y de una fragilidad extrema, sobre todo en razón de la multiplicidad de instancias que intervienen y de las resistencias que genera. Esta es una de las razones por las que el deseo revolucionario está tan desconcertado: no hay cabezas que guillotinar, ni “huida a Vincennes” que impedir, ni palacio de Invierno que asaltar, y aunque todo esto pudiera hacerse, la transformación de la sociedad seguiría siendo una tarea pendiente. Ya no existe un punto de Arquímedes para mover el mundo, y por eso los conspiradores, los revolucionarios y los controladores son personajes de otro tiempo. Todos ellos tienen una idea muy simple de lo que es el poder; no pueden imaginarse un poder que no sea una dominación absoluta.

El deseo revolucionario está desconcertado: no hay cabezas que guillotinar, ni “huida a Vincennes” que impedir, ni palacio de Invierno

El esquema de una oposición entre un poder absoluto y unos individuos desasistidos pertenece a una metafísica del poder que ya no es operativa. Carece de sentido ejercer la crítica social como si el poder estuviera absolutamente fuera del alcance de los dominados (lo que no puede ser del todo así en una sociedad donde hay accionistas, votantes, tuiteros y ­hackers, por mucho que éstos ­tampoco puedan tanto). Ni unos pueden tanto ni otros están tan dominados, lo que en absoluto quiere decir que no haya dominación, sino que hemos de pensarla y combatirla de otra manera.

Quien quiera descubrir los poderes del mundo, asignar las responsabilidades apropiadas y ejercer la crítica ha de comenzar controlando su propia teoría. La propia perplejidad de los que protestan forma parte del gran desgobierno en el que nos encontramos. Nunca se han solucionado los problemas cuando no se han identificado correctamente.

Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía Política e investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco.

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