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LA PUNTA DE LA LENGUA

El agujero sospechoso

A veces no queda claro qué quiere decir ese sustantivo, del que se abusa en los medios

Manifestación de trabajadores de Nueva Rumasa cuando una treintena de sus empresas estaban en preconcurso de acreedores.
Manifestación de trabajadores de Nueva Rumasa cuando una treintena de sus empresas estaban en preconcurso de acreedores.

El término “agujero” aparece con frecuencia en el lenguaje periodístico, por culpa de los casos de corrupción o de gestión engañosa en administraciones, empresas, bancos o cajas. En esas ocasiones se utiliza bien, pero en otras algunos medios han llegado a hacer un uso abusivo.

La prensa empezó a acuñar en los años ochenta esta nueva acepción de “agujero”, formada por vía de metáfora. Así, “agujero” acompañó a nombres propios como Rumasa o Banesto, entre otros pufos, por lo que adoptó una connotación peyorativa.

Ocurrió con esta palabra lo que sucede ahora con “involucrado”, término que se puede aplicar sin problema a gente honrada. Pero ya se habla de tantos delincuentes “involucrados” en algo turbio, que si nos dicen que un amigo está involucrado en la venta de unas joyas pensaremos sin duda que algo malo habrá hecho. Aunque tenga una joyería.

Pues eso mismo ha pasado con “agujero”, pero a lo bestia. Así que la Academia decidió añadirle en 1992 un nuevo sentido: “Deuda, falta o pérdida injustificada de dinero en la administración de una entidad”.

Por tanto, queda clara en esa definición la tacha de “agujero” como algo chungo; y así lo sugiere también el Diccionario de voces de uso actual (1994), de Manuel Alvar Ezquerra: “Déficit financiero o presupuestario, por lo general elevado y no previsto o no reflejado en una contabilidad”. Y el Diccionario del Español Actual (1999) dirigido por Manuel Seco: “Déficit financiero o presupuestario, generalmente no reflejado en la contabilidad de una empresa o entidad”.

Sin embargo, cada cierto tiempo leemos titulares como “Fulano deja la presidencia de la empresa con un agujero de cinco millones de euros”, “El agujero del sistema de pensiones crece cada año” o “LG ganó 393 millones de euros pese al agujero de su división móvil”. Y si uno va luego a la letra de noticias como ésas, observará que las pérdidas fueron contabilizadas, que pueden no responder siquiera a una mala gestión y que a menudo tienen causas conocidas: crisis económica, reducción del mercado, caída del consumo, quiebra de empresas clientes o reducción de créditos fiscales, por ejemplo. A veces, incluso el mal tiempo.

La aplicación del adjetivo “injustificada” que incluye la definición académica o la idea de “no reflejado en la contabilidad” que recogen los citados diccionarios de uso desaconsejan que se emplee alegremente este sentido de “agujero”, salvo que las irregularidades estén demostradas. Y cuando eso ocurre, la figura delictiva no suele andar lejos.

De otro modo, convendría acudir a opciones como “déficit”, “pérdidas”, “resultado negativo” o “desequilibrio patrimonial”, entre otras posibilidades y según cada caso. No son éstas palabras agradables tampoco, pero ninguna empresa se halla exenta de pasar una mala época. Ahora bien, cuestión aparte es que se acuse a sus gestores de negligencia, de ocultación o de robo.

Pero retrocedamos a las definiciones de los dos citados diccionarios de uso: en ellos se dice que “agujero” se refiere a irregularidades “por lo general” o “generalmente”. Es decir, que caben otros usos aunque sean menos habituales.

Y es ahí donde navegan algunos manipuladores que intuyen esa borrosidad del vocablo pero conocen sus efectos demoledores para sugerir que un buen gestor está “involucrado” en unas pérdidas.

 

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