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Marcos, 10 años, 13 kilos

Bastaría que hubiera una sola persona hambrienta en el planeta para no cesar de denunciarlo. Pero la inmensidad de la cifra, 815 millones, los convierte en la no noticia. Esta es la historia de uno entre ellos

Según la clasificación establecida por Elvira Lindo en una de sus columnas en este periódico hace unos meses, si usted ha visto el vídeo de arriba y le afecta (algo) es que debe ser uno de esos estúpidos buenistas que viven en los mundos de Yupi y se cuestionan por qué debe haber en el planeta, en este siglo XXI, personas en tal situación de desnutrición y enfermedad que solo se las puede clasificar en un género: el de los moribundos. No ya muertos vivientes, alguien que una vez existió y anda resucitado, vagando por la Tierra e interpretando exitosas series de Hollywood, si me perdonan la ironía... No. Ni siquiera.

Hablamos de gente muerta en vida o antes de vivirla: gente cualquiera, anónima, que no se queja, ni grita, ni pronuncia palabra, ni tiene oportunidades ni acceso a redes ni tecnología. No pueden. La energía de los alimentos (que no tienen) no les da ni para melancolías. Esos hambrientos y desnutridos suman más de 815 millones hoy en día en la Tierra. Gente ideal para tenerla como ciudadana, pensarán los políticos corruptos y los bien pragmáticos y los de tendencia neofascista y los que no son nada de lo anterior, pero prefieren no darle importancia y consienten. Consentimos todos ante la desigualdad del mundo. “Pobres hubo y debe haber siempre, es lo natural...". He aquí el titular de una de las mayores fake news de nuestra historia. Y hay otras muchas:  “Algo habrán hecho ellos [los pobres del mundo] para merecer esto”. ¿Estamos seguros? ¡Ay, el trumpismo!

Seguro que algo ha hecho Marcos Daniel para merecer esto. Este niño, de 10 años, 13 kilos de peso, se encontraba hace unos meses en la unidad de desnutrición del hospital municipal Nossa Senhora da Paz en Cubal (Angola). Un lugar agradable, varios pabellones con salas enormes y caleadas, suelos de cemento, camas y equipamiento espartano. Allí un equipo médico pequeño, pero internacional e inasequible al desaliento, atiende enfermedades infecciosas en grado de multirresistencia varia (sida, tuberculosis, malaria, esquistosomiasis…); una lucha sin cuartel para la que escasean armas y tratamientos, como contamos en el artículo Agua, caracolillos y humanos del especial Enfermedades Olvidadas. Hay bichos que gustan mucho de este rincón pleno de vegetación y de esta cálida temperatura africana y que se nutren de la falta de medios, de higiene, de educación debida, de saneamiento, agua corriente, infraestructuras… De la falta de intención política, en definitiva.

"Hasta hace nada teníamos paritorios pero tuvimos que cerrarlos… por falta de fondos", nos va contando y guiando la hermana Milagros Moreno, ante un portón con cadenas. Ella lleva ya 25 años en esta misión de las Hermanas Teresianas, prácticamente desde que era solo un simple dispensario de salud y hasta convertirse en el centro sanitario de referencia en tuberculosis y sida que es hoy, y que en momentos distintos ha sido financiado por Manos Unidas, Cáritas, Cruz Roja Internacional o el CRS (Servicios de Auxilio Católico estadounidense). Este hospital es una institución en esta localidad, Cubal. Y lo es más allá: sobre lo mucho que aquí ocurre en el plano sanitario hablamos ya en Planeta Futuro: Cubal, el pueblo donde los enfermos no saben que están enfermos; El pueblo de Angola que se resiste a morir de malaria...

Marcos, se levanta para demostrar que se encuentra mejor en una de las salas de desnutridos del hospital, en Cubal (Angola).
Marcos, se levanta para demostrar que se encuentra mejor en una de las salas de desnutridos del hospital, en Cubal (Angola).

Y allí, de repente, en un rincón aparece Marcos, muy quieto, sentado en una silla de ruedas. Ojos enormes, una sombra. Costillas que se pueden contar una a una. Sus piernas como dos bastones. Brazos del diámetro de monedas. Nos da la mano; una que no llega ni a ocupar un tercio de la nuestra, y que estrechamos despacio, pareciendo como parece cristal. Una vez recuperada la compostura tras el impacto (un periodista no gimotea jamás, dice el libro de estilo que llevamos dentro) y lanzados los exabruptos debidos (¿cómo es posible que un chaval de 10 años se encuentre en este estado?¿cómo es posible esto en un país que tiene riqueza, petróleo, familias que engrosan las listas de las más ricas del continente y del mundo? ¿quién merece penar así, vivir así durante una década, sin poder apenas crecer, correr, jugar?…) recordamos cuántos Marcos más existen en esta situación de emergencia alimentaria en el mundo: unos 105 millones. Se sabe. Lo sabemos. Tenemos datos y mejores estadísticas en este siglo XXI. Disponemos de más medios para contarlo. Pero no lo hacemos. Ya lo explicaba Chéjov en otro siglo, en una cita que recoge El oprobio del hambre, de David Rieff: "Y este orden, evidentemente, es necesario; evidentemente, el feliz se siente bien, solo porque los infelices llevan su carga callados, y sin ese callar, la felicidad sería imposible. Es una hipnosis general".

Marcos nació con sida; su padre lo tenía; su madre se contagió… Y cuando lo supo se quitó la vida. Padre e hijo y hermanos vagaron por calles de la capital, Luanda, según aseguraba el primero, enfermo también y postrado en una de las camas del centro. Sida significa "Stop" en Angola, un país africano que ocupa el puesto número 149 en el Índice de Desarrollo Humano, con una de las tasas de mortalidad infantil más alta del mundo (según UNICEF aquí uno de cada cinco niños no pasa de los cinco años; 3.000 personas murieron de malaria en 2016, la mayoría menores), un sistema de salud pésimo, una tasa de pobreza mayor de la que nunca reconocerá su Gobierno férreo desde la independencia y una desigualdad que salta a la vista en cuanto pisas y recorres la capital, Luanda. Allí conviven el hiperlujo del centro (ahora deslucido por la burbuja inmobiliaria) con el chabolismo del extrarradio. Olvidados quedaron esos versos de Agostinho Neto, líder de la liberación e independencia colonial y fundador del partido aún hoy gobernante en Angola: "Yo soy. Existo / Mis manos colocaron piedras/ en los cimientos del mundo/. Tengo derecho a mi pedazo de pan…".

Esos hambrientos y desnutridos suman más de 815 millones hoy en día en la Tierra

Sida y tuberculosis se traducen aquí en “esto es un tratamiento costoso”. Y supone largo tiempo de ingreso hospitalario, nos contaban. Salta a la vista, viendo a Marcos, sin fuerza, que nadie lo atendió debidamente. Dice el padre que un día oyó que este de Cubal era un buen centro y... Un coche los descargó una noche frente a la entrada. “Estaba Marcos en tal grado de desnutrición que no podíamos creerlo. Ahora ya, tal cual lo ves, está bastante recuperado. Y sí, hemos tenido más casos de pequeños así. Al último lo perdimos”, afirmaba la médica internista Eva Gil, llegada desde la Unidad de Enfermedades Tropicales del Hospital Vall d'Hebron de Barcelona y con dos años de intenso trabajo en Cubal. Marcos nos miraba. Intentaba decir algo. No se le entendía. Sólo sus grandes ojos hablaban. Se levantó de la silla de ruedas, quiso hacerlo, como se aprecia en el vídeo. Quería mostrar sus progresos.

En octubre se celebró el Día Mundial de la Alimentación y, recordando a Marcos, preguntamos de nuevo a Gil, ya de regreso a España, por su estado actual. Y esta fue su respuesta vía mail: “Marcos mejoró y mejoró muchísimo. Cuando le viste en Cubal ya habíamos empezado la medicación con la leche F100, antirretrovirales y los antituberculostáticos. Poco a poco conseguimos quitarle la sonda nasogastrica y empezó a alimentarse por la boca sin atragantarse. Comenzó a aguantar más tiempo sentado; hasta que un día ya lo sacamos a tomar el sol. Ahí vimos que iba a salir de esta...". Y cuenta Gil cómo todos los días se pasaba Marcos la mañana aireándose en la puerta de la sala 10, observando a los otros enfermos, a sus familiares; cómo llegó a ponerse de pie ya habitualmente y a andar luego. Y cómo poco después su padre pidió el alta. "En Luanda se habían quedado el resto de hermanos. Y tenían morriña, padre e hijo, así que negociamos con ellos y se fueron. Lo necesitaban".

Historias como la de Marcos, sigue Gil, vio bastantes en Angola. Pero de esta lo que le llamó la atención fue la entereza del padre: "Cuando llegaron él estaba igual que su hijo. Estuvo ingresado en el centro de tuberculosis y fueron las enfermeras y las hermanas las que se hicieron cargo del pequeño. Pero se recuperó rápido y desde entonces no se separó de su hijo ni un segundo".

Unidad de desnutrición del hospital municipal Nossa Senhora da Paz en Cubal (Angola).
Unidad de desnutrición del hospital municipal Nossa Senhora da Paz en Cubal (Angola).

Cuando los médicos reciben casos de malnutrición, dice, lo fundamental es averiguar el porqué se ha llegado a tal estado. "Cuando son bebés lo habitual es falta de nutrición, pero siendo mayores, como Marcos, es posible que exista una enfermedad oculta, que esté consumiendo a esa persona. En Cubal, ante esos casos, debes ir a buscar el VIH y la tuberculosis, por la alta prevalencia de ambas. Esto hace que estos pacientes con malnutrición severa sean complejos de manejo y tratamiento. Necesitas un personal volcado en la atención y mimo y mucha medicación y muy variada".

 Niños como Marcos no se recuperan a niveles o parámetros de normalidad

Y enumera: Marcos llevaba el aporte nutricional de leche F100, tratamiento antirretroviral y antituberculosotaticos, desparasitantes... "Estos fármacos los empiezas de forma progresiva, no puedes hacerlo todo a la vez, su organismo no lo soportaría. Y... y es aquí donde viene el gran problema de Cubal: empiezas cuando tienes posibilidad y disponibilidad de medicamentos, cosa que desde hace un tiempo se ha convertido en el día a día del hospital: no hay tal disponibilidad y mucho menos de forma continuada. Ese es el mayor y más preocupante de los problemas". Porque contra todo pronóstico muchos de estos niños, confiesa, si reciben la atención y medicación adecuada, tienen posibilidades de salir adelante. "Es verdad que muchos, pese al esfuerzo, no lo consiguen pero no por ello hay que darse por vencidos".

- Y un chico a esa edad en ese estado, ¿recupera sus facultades, sus capacidades o esto le pasará siempre factura?, le preguntamos.

Respuesta: "No. Estos niños no se recuperan a niveles o parámetros de normalidad. Tienen un déficit de nutrientes, anemia crónica e inmunodeficiencia. Sus defensas no funcionan como deberían y hay que estar alerta a cualquier infección. Son niños que tendrán un retraso de crecimiento y psíquico. Y en este caso y en su estado, Marcos nunca había ido a la escuela, con todo lo que ello representa”.

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