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Los bañistas

Cuando alguien insiste en ponerse en la piel de otro, todo termina en una gigantesca parodia

La ministra noruega de Inmigración e Integración, Sylvi Listhaug, flotando en el mar junto a la costa de Lesbos.
La ministra noruega de Inmigración e Integración, Sylvi Listhaug, flotando en el mar junto a la costa de Lesbos. REUTERS / NTB SCANPIX

Una ministra noruega ha querido sentir lo que siente un refugiado. Dicho y hecho se llevó a Lesbos un traje de buzo de doble revestimiento y una lancha salvavidas; se echó sobre las olas, dejándose llevar unos metros, y se subió a la lancha con una sonrisa: “Ha sido una experiencia muy especial”. Debió de serla: empieza a pegar el calor en Madrid y daba envidia la señora, mecida por el mar. Por un momento, viéndola, daban ganas de ser refugiado. Que es exactamente lo que ocurre cuando alguien insiste en ponerse en la piel de otro: que todo termina en una gigantesca parodia.

En la política, en el periodismo y en la vida querer sentir lo que siente un tercero es una tentación habitual. Suele perseguir un grado de empatía, una forma de aproximarse con el fin de gobernar o escribir mejor. La ministra noruega defiende una política dura de control de las fronteras y entendió que quizás hacer el muerto un rato al sol en el Mediterráneo le procuraría sensaciones inéditas con las que gobernar mejor. Ahora podrá hacerlo: gobernar mejor a Briatore en Cannes, recomendándole más protección solar.

“Hay que ponerse en el lugar del otro”, se aconseja. Y el consejo se entiende al revés: o sea poniéndose literalmente. Ese patetismo de la imagen de la ministra revela vicios más crudos, más sutiles, en los que solemos caer con facilidad. Ni siquiera sin el traje de buzo, y sin lancha salvavidas, y en la peor de las tormentas, la ministra noruega podrá nunca sentir lo que siente un refugiado. Para ello tendría que serlo de verdad: tener el contexto y la profundidad, salir de un pueblo bombardeado y perseguido, dejarse a tres hijos en su “experiencia especial” y ser consciente de que lo que se va a encontrar al llegar a Europa es a gente como ella; ministros que les cierran las puertas, que los persiguen con linterna como a ratas y que los confinan antes de expulsarlos.

La única manera de que un ciudadano del primer mundo sienta lo que siente un refugiado es tirarse, con todo el neopreno del mundo, a una charca de tiburones. Hay otro ejercicio, más introspectivo, más Stanislavski, que es el de sentir lo que siente un ministro de Inmigración partidario del cierre de fronteras. Se necesita más empatía, pero la experiencia especial de participar en una catástrofe humanitaria es algo que quizás ayude a comprender la fatiga moral de quienes anteponen la política pequeña y local, condicionada por intereses electorales, al sacrificio que exige de verdad ponerse en el lugar de otro: dejarlo entrar en casa para poder hacerlo, no tener que tirarse al mar.

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