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(Casi) todo lo que sé sobre ellas

Fue la abuela de Rafael Gumucio quien le enseñó a descifrar esa mente femenina que tanto ha explorado en su obra

A su madre debe el escritor chileno el goce de una cercanía casi incestuosa con el otro género. Y gracias a su esposa e hijas cree haber resuelto, al fin, el misterio de las mujeres

Imagen de Lisbeth Salas en la que recrea 'collage' en los que aparece el autor de este artículo.
Imagen de Lisbeth Salas en la que recrea 'collage' en los que aparece el autor de este artículo.

¿Qué se siente al meterse en la piel de una mujer? ¿Cómo se logra con barba y bigote pensar como una señora de 60 años? Son preguntas que he tenido que responder últimamente con cierta frecuencia. Mi última novela, Milagro en Haití (Literatura Random House), sucede en gran parte en la cabeza de una mujer chilena que tiene la desafortunada ocurrencia de hacerse una cirugía plástica en Puerto Príncipe. Mi libro anterior, Mi abuela, Marta Rivas González (Ediciones UDP), era la biografía de una de las mujeres que me formó y me informó sobre justamente las cosas que suceden y dejan de suceder en la cabeza de las mujeres.

Mi abuela fue también la que me enseñó a desconfiar de las mujeres. Se felicitaba de tener solo nietos hombres. Solía encontrar a las otras mujeres chinchosas y cursis. Detestaba la vaguedad con que las mujeres hablaban del Amor, con A mayúscula. Era alérgica también a la palabra pasión, que creía era la causante de la mayor parte de los errores y horrores que podían cometer las personas inteligentes. Hallaba irreversiblemente ­ciega a la gente que iba a terapia para “encontrarse con su propio ser”. Partidaria fanática de los anticonceptivos y el aborto, encontraba el divorcio una falta total de sentido común, como también le parecía inadmisible que una mujer tuviera más de dos hijos (ella tuvo tres).

A pesar de no usar nunca falda y cortar rigurosamente su pelo de la manera más masculina posible, yo sabía que mi abuela era mujer. Al escribir sobre su vida pude descubrir hasta qué punto el Amor con A mayúscula y la pasión irrazonable habían sido parte de su vida. Logró apartarla, logró acallarla, logró cerrar la puerta perpetuamente abierta de esa fortaleza que era su cuerpo, pero quedaban huellas de la batalla. Esa furia contra su propio género, la manera en que podía subrayar una frase dicha al pasar para desmontar entera la personalidad de cualquiera, era plenamente femenina. Detestaba a la gente que amanece adorando u odiando muebles, ropa, países y personas, pero sus arbitrariedades, nutridas por una cultura y una inteligencia infinita, eran famosas entre todos los que la conocieron.

Logró que su hijo se graduara del colegio sin haber ido a clase más que los días viernes y sorprendentemente consiguió un trabajo que nadie quería darle en la Sorbonne llamando a su posible jefe y diciéndole que no tenía ningún interés en hablar con él. Era esa capacidad de solucionar problemas insolubles, mover montañas y atravesar murallas con sus ojos azules lo que me hizo escribir sobre ella. Hay muchas mujeres racionales, y muchas mujeres razonables incluso, pero debo confesar que no son las que me interesan a mí. Cuando pienso en cómo meterme en la cabeza de una mujer lo hago generalmente por esa puerta, la de las arbitrariedades, la de las intuiciones sin freno, la de los sueños casi siempre premonitorios de mi abuela o de mi madre. Culpable esta última, más que ninguna otra mujer, de esa cercanía casi incestuosa que tengo con el otro género.

'Collages' en los que aparece Rafael Gumucio ampliar foto
'Collages' en los que aparece Rafael Gumucio

Tuvo ella que lidiar con el exilio con dos niños hombres a los que no podía dejar en ninguna parte porque no soportábamos estar con nadie más. No le quedó otra que tratarnos como si fuésemos apéndices de su cuerpo. Nos llevaba a todas partes sin preguntarnos si queríamos o no pasar la tarde en probadores o en sus turnos de asistente social de un hogar para madres adolescentes abandonadas por sus padres. Una de esas tardes mi madre nos llevó a la trastienda de una peluquería. Ahí, sin avisarnos, se acostó en una camilla que parecía un instrumento de tortura. Una señorita le levantó la falda y empezó a untarle las piernas con un líquido caliente y nauseabundo. Yo vi espantado cómo la quemaban. Desesperada, apretaba mi mano para salvarse del dolor que solo aumentó cuando secaba la extraña mezcla y la mujer tironeaba la cera como quien salva un árbol de su corteza.

Pensé que la operación tan dolorosa y extraña era de vida o muerte. Después supe que tenía como único objetivo permitir que unas medias que se acababa de comprar pudieran ajustarse mejor a sus piernas. Esta experiencia me hizo entender lo que, creo, separa fundamentalmente a los hombres y las mujeres: nuestro umbral de dolor es completamente distinto, y también lo es esa cosa que llamamos placer.

Me lo confirmaron anoche dos amigas recién divorciadas que tratan de recuperar como pueden el tiempo perdido, pero que se encuentran muertas de frío cuando el señor que conocen apenas duerme a su lado de la cama. A la hora del orgasmo se supone que compartimos un mismo placer casi al mismo tiempo, pero si somos científicamente exactos, la naturaleza, la duración, la forma misma del placer son completamente distintas. Para los hombres el orgasmo es breve, contundente, terriblemente físico, la descarga de un látigo, el final de una espera que va directo a la nada. Lo que uno busca en él son los segundos después en que deja de pensar en sexo, en que por fin y al fin vuelve a estar solo como antes de nacer, sin necesitar nada ni nadie que justifique su presencia en el mundo. Esos segundos después del orgasmo en que justamente la mujer suele querer abrazos, caricias, confirmación de que estás ahí, justo cuando el placer del hombre consiste en no estar ni ahí ni en ninguna parte. Después del sexo los hombres recuerdan nombres de películas, direcciones de hoteles, gente que olvidaron por completo. Restituye el pasado, se deja ir en la irrelevancia. Las mujeres hablan de proyectos, de viajes que quieren hacer, de exposiciones que ir a ver, proyectos y más proyectos. El sexo que suele hundir a los hombres en la más deliciosa inac­tividad parece despertarlas a ellas.

 A la hora del placer, como a la hora del dolor, el tiempo de las mujeres y de los hombres es radicalmente distinto. Para los ­hombres el pasado es el refugio en que arrancan del presente. Para las mujeres no hay acto que no tenga consecuencias. Mi madre, cuando cocinaba la comida que nunca se sentó a la mesa a comer con nosotros, pensaba en los kilos de más que dejarían. Evitaba el ajo por lo que podía hacer con su sudor y su aliento. En la nieve no veía blancura y monos de nieve, sino resfríos, caídas y posibles visitas al hospital. En la lluvia veía abrigos, en el sol cremas, en los niños que traíamos a la casa los estúpidos adultos que serían. Todos sus sueños eran premonitorios y se cumplían punto por punto. Las tarotistas y quirománticas a las que consultaba sin parar siempre la llamaban a convertirse en una de ellas. Quizás por esa facultad, todas las noches le preguntaba si mañana iba a ser un buen día. No sé cómo se me podía ocurrir que mi madre fuese capaz de decirme que mañana iba a ser un mal día.

Esta sensación de que mi suerte dependía del todo de lo que las mujeres me decían pasó de mi madre a mis compañeras de curso que me empezaron a gustar. Stendhal definía el amor como una promesa de felicidad. Pero muchas de las mujeres que amé prometían, sin engañarme siquiera, sufrimiento, culpa y delicioso arrepentimiento a las dos de la madrugada. No las amaba menos por ello. Las amaba más por todo lo que iba a sufrir por una mirada o una sonrisa de ellas. Entrenado por mi madre en esperar en las zapaterías y las salas de espera de los ginecólogos, me acostumbré a penetrar en el único lugar de su cuerpo en que me dejaban entrar sin preservativo: sus cabezas. No sabía que era el más fértil y el más contagiable de los órganos femeninos.

Al escucharlas, yo dejé de ser un hombre peligroso para convertirme en el escriba que anotaba sus decretos y secretos

Les sorprendía tanto que un hombre las escuchara sin interrumpir que iban explayándose a territorios de sus mentes que estaban seguras de no querer revelarle a ningún hombre. Yo dejaba de ser eso, un hombre peligroso y deseable, para convertirme en el escriba que tenía que anotar sus decretos y secretos, el intérprete del extraño lenguaje en que decían algo y al mismo tiempo su contrario.

Un amigo decía que hablar con una mujer es como hablar con un brasileño. Idiomas en que todo lo que no se entiende son justamente las palabras que se parecen a las nuestras. Palabras como Amor, con A mayúscula o minúscula, o la palabra pasión que tanto detestaba mi abuela justamente porque su imprecisión le permitía a las mujeres decir con la misma palabra según el día, la hora y la dirección del viento precisamente lo contrario. Vocabulario ilimitado que ella iba tañendo como una cítara, extrayendo más que frases, armonía y disonancias, escalas sin fin de notas que aprendí de a poco a no traducir, porque todo lo que importaba de ellas era justamente lo intraducible.

Viví toda mi adolescencia alrededor de ese secreto que no se revelaba nunca del todo. Sufrí mucho y gocé mucho tratando de entender el misterio de las mujeres. No fue hasta que nacieron mis hijas que comprendí en qué consistía. No fue hasta esa mañana en que mi mujer y yo fuimos en el auto de mi hermana a enfrentarnos a una cesárea, que comprendí hasta qué punto eran razonables las dietas suicidas de mi mamá y las citas en que me dejaban esperando mis novias a los 20 años. Hasta que no tomé la mano fría de mi esposa esa mañana también helada de octubre, no supe hasta qué punto la verdad, toda la verdad de mi vida y la suya estaba en esa galaxia desconocida que es su vientre.

Toda la moral propia de las mujeres, todo ese portugués o italiano lleno de equívocos en que hablan, empezó a tener sentido porque eso que mi mujer se aprontaba a hacer yo sabía que no podía hacerlo yo, y no solo fisiológicamente. Porque esa gratuidad, porque ese peligro, porque ese milagro y ese dolor no podía ser racional ni razonable, porque necesitaba de ese Amor con A mayúscula que odiaba mi abuela, y esa imprecisa pasión que destruye a tantos pero resucita a tantos otros.

Al final de la tarde ya no éramos una pareja sino una familia. De mi mujer había salido otro ser que era y no era ella. Una niña, me dijeron, como si fuese capaz yo, que he vivido por y para las mujeres, de engendrar algo más que niñas. Sabía que era mi hija pero no podía asegurarlo (aunque mi hija tuvo el sentido común de parecerse mucho desde el primer instante). Mi destino estaba atado a una serie de verdades que solo mi mujer sabía a ciencia cierta. Yo podía arrancar, morir, quedarme, daba lo mismo. Atada mi hija a su madre, eran una sociedad, un mundo, una historia de la que me tocaba ser algo más que el espectador en primera fila.

Cuando veo a una mujer de falda o pantalón, una mujer conduciendo un taxi, un avión, esperando un café, corriendo sobre tacones altos, cuando veo a una mujer llorar, reír, probar el rouge, o bailar sola en una discoteca, veo también ese abismo al borde de sus pies: todas ellas pueden morir, o al menos sufrir mucho, para engendrar gente. Todas ellas son una familia, una sociedad, una tribu, un país ellas solas. Son, para bien y para mal, el mundo. Muchachas frágiles, niñas que tocan el piano, delicadas caminantes entre las flores paren entre sangre y gritos algo que duele y resucita. El machismo patriarcal es, con toda su violencia, solo una forma de impotencia, una forma de equilibrar el poder inmenso de esos seres que llevan en sus vientres la prolongación de nuestros miedos, torpezas y ganas.

Como si se cumpliera alguna maldición, yo que viví tratando de entender a las mujeres vivo en una casa donde solo hay eso: dos niñas, una esposa, y un gato recién castrado. Cansado de rogar por besos a mujeres imposibles, salgo ahora con dos niñas que me llaman papá y no pueden negarse a besarme las mejillas. En medio de la normalidad donde todo esto transcurre, a veces me detengo a pensar en la sorpresa de tener en mi casa, mi vida, toda la belleza, todo el misterio, todo el espanto como si fuese la cosa más natural del mundo. Me sorprende que habiendo tratado toda mi vida de comprender a las mujeres, he llegado a comprender que no había nada que comprender, que había que simplemente vivirla, y dejarlas vivir.

elpaissemanal@elpais.es