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La ruta de Lisboa

Mientras Europa resistía en las sombras de la II Guerra Mundial, la capital lusa era la ciudad más fascinante de Occidente

Café de Lisboa, retratado por el fotógrafo francés Henri Cartier-Bresson. Ampliar foto
Café de Lisboa, retratado por el fotógrafo francés Henri Cartier-Bresson. MAGNUM (CONTACTO)

Lisboa vuelve a estar de moda. No hay crisis, terremoto, incendio o revolución que pueda con ella. Fue capital de un imperio universal. Conoció el esplendor, la caída y la destrucción. Surgió de sus propias cenizas. Sabe superar sus melancolías, sus derrotas, conviviendo entre la tristeza de sus cantos y los alegres barrios de casas de varios colores. Ciudad que sube y baja, lenta y estética como sus tranvías amarillos, todavía símbolos de una ciudad abierta, antigua, moderna. Hoy más cerca de lo alternativo que de lo señorial.

Hace cuarenta años fue noticia universal por su revolución con claveles. Sorpresa, alegría y envidia de los españoles que querían ser demócratas. Pero para conocer algunos de sus momentos más espléndidos hay que volver la vista a la ciudad de hace más de setenta años. Unos tiempos en que Europa ardía, se enfrentaba y huía de unos monstruos engendrados en su centro y en su periferia. Ciudad con la libertad restringida y las luces encendidas. Mientras Europa resistía en sombras, Lisboa era la ciudad más fascinante de Occidente.

Un libro reciente, La ruta de Lisboa, de Ronald Weber, nos devuelve a ese mundo de ficción al que no solo querían llegar Ilsa y Victor Laszlo escapando de Casablanca ayudados por Rick, sino donde en la realidad arribó toda una fauna que huía de los nazis. Lisboa fue la capital más luminosa, divertida y mejor abastecida durante la II Guerra Mundial.

“Wolframio de día y fornicación de noche”, así definía la vida lisboeta la mujer de David Eccles. La vida cotidiana de los diplomáticos, espías, ricos y otros gozadores de una ciudad en paz. Así vivieron en la “canallesca capital del doctor Salazar” judíos que huían del fascismo, demócratas que deseaban otra vida o destronados reyes como Carol II de Rumania, que viajaba con su amante, sirvientes, perros, fusiles, cuadros de Rembrandt y sus sellos.

Ciudad neutral, escala jovial para llegar a la tierra prometida de Nueva York, era el lugar con mejor doble vida de Europa. Una ciudad que era otra, ella y sus heterónimos, la verdad de sus mentiras. Navegó entre el espionaje y el contraespionaje, entre el rumor y el negocio, mirando la guerra desde un plácido balcón al Tajo, desde los hoteles de lujo o los casinos de Estoril. Ciudad sin armas, en guerra de especulaciones, traiciones y secretos. Ideal para pasar unas vacaciones mientras el mundo se destrozaba. David Walker escribió: “Estábamos sentados al borde de la guerra con los pies colgando hacia fuera”. Por allí bebieron y esperaron su partida a América Peggy Guggenheim y su amante Max Ernst, Chagall, Saint-Exupéry, Jean Renoir, Man Ray, Cecil Beaton, Franz Werfel, Thomas Mann, Julien Green o los duques de Windsor.

No todos estaban de paso. Algunos decidieron quedarse en Lisboa. Uno de los más interesantes fue el millonario armenio Calouste Gulbenkian. Decidió instalarse en el dulce clima de la ciudad, en el lujoso hotel Aviz, donde vivió con su servidumbre, su amante, sus animales. Compró parte de la colección de pintura de Henri Rothschild, asesorado por Kenneth Clark, y acabó dejando sus fondos a una fundación que sigue siendo una de las joyas de la ciudad.

Capital en ebullición de un pueblo de gentes prudentes y, sin embargo, aventureros. Pragmáticos, comerciantes, melancólicos y elegantes. Neutrales por las gracias de su situación. Frente al gris de Londres, el corsé de París, la decadencia de Berlín, el Madrid arrasado o una Roma cerrada, Lisboa era la ciudad de la luz. La azul, cristalina, blanca, dorada y colorida. Una ciudad ideal para pensar que, a pesar de la caída de los dioses, de los ídolos, de la muerte por las ideas, del enfrentamiento de las ideologías, la vida podría merecer la pena.

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