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¿La siesta engorda?

Desmontamos éste y otros mitos de una práctica que cautivó por igual a Winston Churchill que a los maestros del yoga

CORDON

En verano, nos ayuda a regular la temperatura corporal frente al calor exterior, pero, si se duerme de forma adecuada, ofrece otros beneficios en niños (mejora su capacidad de aprendizaje) y mayores (previene infartos). Estas son las claves de la siesta perfecta.

¿Quién se está echando la siesta?

Que los españoles somos el país más aficionado a la siesta es un tópico que la revista Neurology desmintió en un estudio publicado el pasado mes de febrero. Alemanes, italianos e incluso británicos nos llevan ventaja. El 22 % de los germanos, el 16 % de los italianos y el 15 % de los británicos afirman que se echan un sueñecito al menos tres tardes por semana. Los españoles, con un 8 %, ocupamos la cuarta posición.

“El cerebro autorregula la temperatura corporal. Si hace frío genera calor y, si las temperaturas son altas, lo libera. La función de la siesta en la España mediterránea y rural, desde el punto de vista histórico, era cortar en las horas centrales del día y durante ese descanso regular la temperatura corporal”, explica el doctor García-Borreguero. Paradójicamente, ahora es en vacaciones cuando más dormimos la siesta, compensando con el sueño los calores playeros.

Mirando al pasado, tenemos a Winston Churchill, que durante la II Guerra Mundial no perdonó ni un día su cita con la siesta. Según cuenta en sus memorias: “La naturaleza no había tenido la intención de que la humanidad trabajara desde las ocho de la mañana hasta la medianoche sin el refresco del bienaventurado sueño que, incluso si solo tiene una duración de 20 minutos, es suficiente para renovar las fuerzas vivas”.

También agrada esta práctica a los habitantes de China, donde, por cierto, el derecho a la siesta está recogido por su Constitución. Muchos oficinistas la duermen apoyando la cabeza sobre sus brazos encima de su escritorio. O a los maestros del yoga, que dicen experimentar un sueño lúcido (yogic sleep) que supone el estado de máxima relajación al que el hombre puede aspirar sin perder la consciencia.

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