Dos Españas frente a la inflación: unos cambian de hábitos, otros solo ahorran menos

Las subidas de precios impulsan los comercios de bajo coste y las marcas blancas, y desincentivan el uso del coche

Los miembros de la familia Sánchez (Elena, Amelia, Laura, Chechu, Carolina, Pablo y Jorge) posan en la playa de Costa Ballena, el viernes en Cádiz.
Los miembros de la familia Sánchez (Elena, Amelia, Laura, Chechu, Carolina, Pablo y Jorge) posan en la playa de Costa Ballena, el viernes en Cádiz.Fernando ruso

El verano de la inflación está siendo tórrido, con olas de calor que han puesto a sudar a España, pero en el ambiente flota otro tipo de transpiración, esta fría y también causa de insomnio, que nace de un fenómeno ajeno al termómetro: la subida de precios, del 10,8% en julio, está cambiando los hábitos de consumo de millones de ciudadanos.

Pablo Sánchez Carmenado, responsable de negocio en la agencia de publicidad Alcandora, y Elena Jiménez, mánager de la empresa de ventanas Velux, padres de cinco hijos de entre 9 y 19 años, son de los que han adaptado sus costumbres. Dejaron de llevar a los niños a clase en coche por el precio de la gasolina, y ahora usan el transporte público salvo dos días a la semana en que se turnan con otros padres para recogerlos; han sustituido el plan mensual de cine y pizzas fuera por el de Netflix y pizzas caseras; calculan un ahorro mensual de casi 50 euros al pasarse a la marca blanca en el queso de untar, los cereales y los yogures, y han comprado dos ventiladores para no encender el aire acondicionado.

A diferencia del verano pasado, cuando no viajaron, esta vez no han perdonado las vacaciones. Tres semanas en la provincia de Cádiz donde tampoco tiran la casa por la ventana: se han llevado las bicicletas, y recorren sobre dos ruedas distancias kilométricas, incluso de noche, para acercarse al surtidor lo menos posible.

Nadie escapa de la inflación, pero cada uno la sufre a su manera. Desde el momento en que alguien enciende el interruptor, compra en el supermercado o saca el coche del garaje, el contador empieza a sumar. El efecto puede parecer el mismo: euros y más euros viajando del bolsillo de españoles y europeos hacia eléctricas, productoras de gas y petroleras con solo poner una lavadora o llenar el depósito del coche, pero la factura es dispar. Más elevada para quien trabaja lejos de casa y quema combustible para llegar. Más cuantiosa para las familias numerosas, donde los desembolsos en ropa, alimentación o viajes se hacen como mínimo por triplicado. Más difícil de sobrellevar para jóvenes sin ahorros, parados y hogares de menos ingresos, a los que devora una parte mayor de su patrimonio.

La inflación viaja, por tanto, a varias velocidades: mientras una parte de la población cambia su comportamiento económico limitando el uso del coche, comprobando la hora más barata de la electricidad, eliminando gastos superfluos y dedicando más a energía, alimentación y vivienda, hay otra a la que le basta con reducir la cantidad que antes ahorraba, y mantiene intacto su ritmo de vida, o como mucho introduce pequeños cambios en sus patrones de consumo.

El Banco de España alertaba este mes de esa fractura interna en una publicación sobre el impacto de la inflación. “Las perspectivas relativas al gasto en vacaciones han mantenido un perfil de recuperación incluso tras el estallido de la guerra, excepto en los hogares de menores ingresos, que disponen de un menor margen para absorber los incrementos de inflación sin reducir sus niveles de gasto y se han visto más afectados por el repunte en los precios de la energía”, concluía el texto. En él se constata la existencia de dos Españas frente a la inflación, una que recorta en calidad de vida y otra que no. “Los hogares con un colchón modesto de liquidez han reducido el gasto en otros bienes, a diferencia del resto de las familias, que habrían absorbido el incremento de precios mediante una reducción de sus tasas de ahorro”.

La pareja formada por el pamplonés Imanol Martín, de 35 años, sénior mánager de una consultora, y la barcelonesa Sandra Sabaté, de 32, country manager de una fintech, se cuenta entre las que no ha cambiado su estilo de vida. En julio dormían con el aire acondicionado puesto para lidiar con el intenso calor de su ático en Azca, el distrito financiero de Madrid; en agosto han cogido el coche para ir primero a Cádiz y luego a la Costa Brava, comen fruta y verdura de temporada a diario, y salen a cenar fuera dos veces a la semana. “No derrochamos, pero nos gusta estar cómodos. Aunque la factura de la luz nos ha subido 120 euros al mes, entre dos no es tanto. No tenemos hijos, no fumamos ni bebemos, y tratamos de ir caminando al trabajo porque vivimos cerca”, cuenta Martín al teléfono.

Imanol Martín y Sandra Sabaté, en una fotografía cedida por ellos.
Imanol Martín y Sandra Sabaté, en una fotografía cedida por ellos.

Tampoco mira el precio de la comida Laura, que sale de un supermercado Sánchez Romero —el más caro de España, según la organización de consumidores OCU—, en el madrileño barrio de Salamanca. “Prefiero seguir comprando alimentos frescos y cocinados de calidad e ir a otros sitios para gastar menos en productos de limpieza”.

Junto a las rentas medias y altas del sector privado, el economista Javier Santacruz incluye a los pensionistas y a los funcionarios entre los que denomina como “colectivos protegidos”, porque sus ingresos suelen actualizarse al alza cuando suben los precios, algo que no siempre sucede en la empresa privada, dado que no todas cuentan con cláusulas de revisión salarial. Cree que ellos están sosteniendo el consumo. “Son siete millones de entre los 47 millones de españoles”, calcula.

Santacruz identifica tres fases en el proceso de subida de los precios: una primera en que se atisba que la inflación no va a ser transitoria y el cambio de expectativas lleva a las familias de renta media baja a suprimir gastos prescindibles (uso del coche particular, viajes, ocio, turismo, hostelería, seguros...) para redirigir parte de ese dinero hacia alimentos, energía y vivienda. Una segunda etapa en que reducen el consumo total —conformado en un 70% por productos y servicios básicos y en un 30% por otros menos necesarios—. Y una última donde incluso rebajan el desembolso en productos esenciales empeorando su nivel de vida.

El coche retrocede

Si la pandemia aceleró cambios como el menor uso del efectivo y el crecimiento del teletrabajo, la inflación puede animar otros, como retrasar la edad a la que se empieza a conducir o directamente renunciar a ello. El madrileño Pablo Rodríguez, de 26 años, no tiene coche. Ni siquiera se ha sacado el carnet. Ingeniero en una empresa de energías renovables, acaba de firmar su primer contrato indefinido tras varios meses como becario, y aunque le gustaría disponer de vehículo, aún vive con sus padres, por lo que antepone otras prioridades. “Cuando empiezas a trabajar tienes que ser pragmático con el dinero. Primero es más interesante ahorrar para una vivienda e independizarte, porque en una gran ciudad te puedes mover con bono transporte”.

Enrique Lorca, presidente de la Confederación Nacional de Autoescuelas, percibe un ligero descenso de alumnos frente al verano anterior, cuando la salida del confinamiento animó a muchos a sacárselo para evitar el riesgo de contagio en el transporte público. Y reconoce que si la inflación daña la recuperación, no serán inmunes. “Cuando la sociedad es consciente de que puede haber una recesión, es más probable que sean precavidos y limiten su gasto”. El responsable patronal asegura que el sector navega la subida de precios con dificultades: no pueden repercutir los incrementos del carburante a los alumnos que se inscribieron hace meses, y se han quedado fuera de las ayudas del Gobierno al transporte.

El modo de concebir la movilidad es diferente incluso entre los que obtienen la licencia. Ganan terreno opciones más baratas, como el coche compartido, en el que solo se paga por su uso durante minutos, horas o días. Y la competencia también crece con las bicicletas y los patinetes eléctricos, cada vez más usados entre los jóvenes. La venta de automóviles no remonta. En el primer semestre se vendieron 407.000 turismos, frente a los más de 690.000 de antes de la pandemia, y el sector acaba de vivir el peor julio desde 2012.

La vivienda aguanta

Opuesto es el caso de la vivienda. Pese al golpe inflacionista, la falta de alternativas para sacar rentabilidad al ahorro en un entorno de tipos por los suelos en el que los depósitos apenas ofrecen incentivos a los inversores, y sobre todo, los bajos intereses de las hipotecas, ha llevado al mercado inmobiliario español a su mejor semestre de los últimos 15 años, convirtiéndose en un refugio del que se benefician los propietarios, que pueden trasladar la subida del IPC al alquiler, pero no los inquilinos.

Sin embargo, esa financiación barata está desapareciendo con las subidas de tipos de los bancos centrales para combatir la inflación, que a su vez trae otro efecto indeseado para muchos hogares: hipotecas variables más caras que reducen la porción de ahorro disponible y amenazan con alimentar la morosidad.

Detrás de ese bum de la vivienda también está el ahorro embalsado. Para Lorenzo Codogno, ex secretario del Tesoro italiano, el estímulo fiscal introducido durante la pandemia y las restricciones físicas para gastar han resultado en un fuerte aumento del ahorro, que se ha mantenido relativamente alto por motivos de precaución, lo cual puede empujar la actividad. “Si las perspectivas de la economía y el empleo mejoran, y los hogares se sienten más seguros acerca de las perspectivas de sus ingresos, comenzarán a reducir el exceso de ahorro y apoyarán el consumo y el crecimiento económico”, vaticina.

Menos natalidad, más crédito

En paralelo, hay otros fenómenos menos halagüeños, en los que se intuye el mazazo de las subidas de precios: el uso de tarjetas revolving, que cobran intereses muy altos a sus dueños, normalmente hogares de bajos ingresos, ha crecido en junio a 11.419 millones, su nivel más alto desde el estallido de la pandemia, aunque todavía no alcanza umbrales alarmantes. Y según el último baremo de Asufin, casi uno de cada tres españoles tiene intención de pedir un préstamo, su máximo desde junio de 2020.

Otro estudio, este de Ipsos, señala que ante la escalada de los precios seis de cada diez españoles “va justo” para llegar a fin de mes. “Más allá de recortes en el ámbito del ocio y disfrute, vemos como también se plantean recortar su gasto en suministros y alimentación, y tirar de ahorros”, explican sus autores.

También aparece como acompañante la palabra inflación al tratar la baja natalidad española, que este año y el pasado rondó niveles de 1941. No como desencadenante principal, porque hay otros factores como el paro juvenil, el acceso de la vivienda o la emancipación tardía —29,8 años en España frente a los 26,5 años de media europea—, pero sí como una circunstancia más con potencial de influir en decisiones como reducir el número de descendientes.

El auge del bajo coste

En ese contexto turbulento, también hay ganadores. La cadena murciana Embargos a lo bestia, que vende electrónica, electrodomésticos y mobiliario para el hogar a bajo precio, y se presenta como una tienda “de gangas y chollos”, nació dirigida a los clientes de menos poder adquisitivo, pero asegura que su facturación está creciendo gracias a consumidores de clase media golpeados por el alto coste de la vida.

Una tienda de la cadena Embargos a lo bestia, en Écija (Sevilla).
Una tienda de la cadena Embargos a lo bestia, en Écija (Sevilla).PACO PUENTES

Su director general, Pablo Franco, lo expone así. “Si la lavadora se te rompe la tienes que cambiar, o si han pasado diez años y el colchón es incómodo. Por suerte para nosotros, o por desgracia para el país, vemos que el low cost tiene un largo recorrido. Nos estamos dirigiendo a una clase media que está descendiendo de escalón, pero acostumbrada a tener una tele de 50 pulgadas o un sofá cómodo que ya no pueden comprar en otros sitios, así que acuden a nosotros”.

La sensación es que la guerra y la inflación están provocando un empobrecimiento. Roland Gillet, profesor de Economía Financiera en la Universidad de la Sorbona de París y en la Universidad Libre de Bruselas, opina que la tesitura es peor para Europa que para EE UU, donde el mercado laboral convive con un pleno empleo casi estructural y su economía recuperó niveles prepandemia antes. “Nuestra inflación viene más de los precios de la energía, y eso es una catástrofe porque los estadounidenses compran mucha energía producida en suelo americano y el dinero se queda allí, pero nosotros la adquirimos a Rusia o países árabes, y en lugar de ir hacia el restaurante, esos fondos van fuera, a las reservas saudíes y al tesoro de guerra de Putin”.

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Sobre la firma

Álvaro Sánchez

Redactor de Economía. Ha sido corresponsal de EL PAÍS en Bruselas y colaborador de la Cadena SER en la capital comunitaria. Antes pasó por el diario mexicano El Mundo y medios locales como el Diario de Cádiz. Es licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla y Máster de periodismo de EL PAÍS.

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