PLAN DE RECUPERACIÓN

Los expertos piden un gran pacto político para impulsar el ‘plan Calviño’

El consejo de sabios de Economía pone el acento en la búsqueda de consensos

La vicepresidenta Nadia Calviño, el pasado jueves en la Comisión de Asuntos Económicos del Congreso.
La vicepresidenta Nadia Calviño, el pasado jueves en la Comisión de Asuntos Económicos del Congreso.Juan Carlos Hidalgo / EFE

Cuatro millones de parados, una industria declinante y una deuda pública que supera la riqueza que produce España en un año. Los males de la economía española, condensados en esos tres datos, están diagnosticados desde hace décadas. El consejo de sabios de Nadia Calviño cree que el plan de recuperación recién remitido a Bruselas es una mirada a largo plazo para apoyar la salida de la crisis e intentar el mil veces prometido cambio de modelo productivo. Pero los grandes saltos modernizadores no se hacen sin consenso: 15 de los 17 expertos, consultados por EL PAÍS, reclaman un pacto político para impulsar el plan.

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El Plan de Estabilización que sacó a España del siglo XIX en 1959 tenía tres estupendas páginas; en plena dictadura, los españoles abrazaron ese escueto proyecto, destinado a sacar al país de la autarquía. La entrada en la UE, a mediados de los ochenta, se resolvió con 685 folios de BOE que trasponían de un plumazo toda la legislación comunitaria: la ciudadanía respondió al consenso político general y años después hizo suyo algo tan retorcido como el concepto de “convergencia nominal”; los españoles asumieron que demasiada inflación y demasiado déficit les podían dejar fuera de Europa, la última utopía factible.

El nuevo plan de recuperación, llamado a protagonizar la tercera gran etapa de modernización en 60 años, tiene la friolera de 2.000 páginas: el mundo de hoy es más complejo que el de 1986 y el de 1959. Ese esquema, según el análisis compartido por los expertos de Calviño, permite responder al tremendo impacto de la pandemia y pone las luces largas en un país que suele pecar de cortoplacismo. Pero queda lo más delicado: los expertos exigen a Gobierno y oposición que la política no sea un freno para desarrollar el potencial de ese ambicioso plan. Y subrayan que solo funcionará si el país lo hace suyo de arriba abajo: de las empresas a los sindicatos, del establishment a las familias. “La política española lleva demasiado tiempo causando más problemas de los que debería: sería una decepción que en este ahora o nunca la política volviera a ser un lastre”, resume la socióloga Belén Barreiro.

Lo bueno

El plan presenta dos centenares de proyectos y reformas para gastar 140.000 millones. “Es un resumen de lo que ha parido la academia en los últimos 15 años y maneja el arte de lo políticamente posible”, apunta el economista Ángel Ubide como panorámica general. “Esta es una crisis con muy mala pinta y el plan es una especie de despertador, un revulsivo para hacer las reformas que necesitamos, por primera vez con dinero para compensar a los perdedores de esas reformas”, afirma Emilio Ontiveros, de la consultora AFI.

Hace 10 años, Europa exigía recortes; ahora el objetivo es cambiar el perfil de la economía española. José Juan Ruiz, del Real Instituto Elcano, lo define como “un trabajo técnico, diplomático y político de gran nivel en el que está lo que tenía que estar, y en el que puede que lo mejor es lo que se ha evitado que esté”. “Por primera vez en mucho tiempo hay una guía, una visión de hacia dónde queremos avanzar, un buen análisis de lo que nos pasa y de lo que necesitamos”, dice el consultor José Moisés Martín Carretero. También por primera vez “tenemos la oportunidad de pensar, con la intención de resolver, los grandes problemas de la economía española”, afirma Matilde Mas, del IVIE. “Es una apuesta por un proyecto de país”, añade Natalia Fabra, de la Carlos III.

Las dudas

Los expertos piden un pacto de Estado para ejecutarlo a la máxima velocidad y sin sobresaltos. Pero las 15 fuentes consultadas sospechan que la política española no está para esos trotes. “A España le falta optimismo y relato, y eso lo hace todo más difícil”, opina Ruiz.

“Nos jugamos transformar la economía o quedarnos como estábamos: cualquier partido que aspire a gobernar debería estar empujando”, critica Fabra. Alicia García Herrero, de Natixis, pide explícitamente “un pacto de Estado”, y Raymond Torres, de Funcas, reclama al Ejecutivo “que se abra a negociar” y al PP, “que no se instale en una negativa recalcitrante”. Para Ignacio Conde-Ruiz, de la Complutense, “deberíamos ponernos de acuerdo en cuatro cosas imprescindibles, y todas están en el plan. Fallar ahora es perder un tren que no volverá a pasar. La política debería restar incertidumbre, no añadir problemas a la lasaña de complejidades que debemos afrontar”.

Lo malo

La ejecución es lo que más dudas genera: “¿Está la Administración preparada para gestionar en tiempo y forma ese volumen de fondos?”, se pregunta Sara de la Rica, de Iseak. El economista Federico Steinberg apunta también que el plan “es un examen definitivo a la capacidad de la Administración”. A Diego Puga le preocupa que la necesidad de forjar consensos diluya “la ambición reformista, en especial para corregir las desigualdades intergeneracionales”. Martín Carretero critica que el Ejecutivo no haya incorporado más a las autonomías: “Falta diálogo con las comunidades, con los partidos, con la sociedad civil… Y ahí ha sobrado tacticismo y cortoplacismo en La Moncloa”. Sin embargo, Isabel Álvarez todavía ve margen para la participación desde abajo a través de consultas públicas: “Un buen número de propuestas están muy desarrolladas, pero alguna no lo está tanto”.

Coda: timing, transparencia y Sánchez Albornoz

La política económica española no es solo ese plan: tiene dos palancas adicionales, los Presupuestos y los fondos estructurales, para subsanar los problemas que vayan apareciendo. Pero algunos expertos se lamentan de los posibles problemas de calendario. Raymond Torres lanza un dardo cargado de veneno: “El timing del plan no es el mejor”. “Los fondos debían haberse adelantado a un primer trimestre malo, pero van a llegar cuando la economía ya esté rebotando: mal hecho. Y las reformas más difíciles habrá que cerrarlas cuando la legislatura esté expirando. Buena parte de ese calendario minado es culpa de Bruselas, pero da que pensar que España encare todas las crisis a contrapié”.

La transparencia tampoco ha sido la mejor virtud de Economía y La Moncloa mientras el plan se fraguaba, pero los asesores externos de Calviño aplauden el resultado final. “Incluso lo que se ha evitado que esté, el detalle sobre las reformas principales —laboral, pensiones y fiscal—, es un acierto porque quedan abiertas al consenso con los agentes sociales y de los pactos en el Parlamento”, desliza Ruiz.

El clima político de los próximos tiempos dependerá de esa negociación: la economía española está sobrediagnosticada y todo el mundo parece saber qué hacer, pero nadie ha conseguido ponerle el cascabel a ese gato. Claudio Sánchez Albornoz decía en 1960 que España era tan dual como un siglo antes: 60 años después, ese talón de Aquiles (con la enorme brecha entre contratos fijos y temporales) sigue ahí. “La calidad de las reformas más polémicas dependerá de nuestro talento político, pero el plan incluye esta vez un equilibrio interesante entre reformas e inversiones, algo que no hemos visto antes. Los técnicos han hecho un trabajo impresionante. Ahora le toca a la política estar a la altura”, concluye Barreiro.

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